6.1. Historia de la dama asesinada y del joven su marido

image001Comendador de los creyentes, ha de saber Vuestra Majestad que la dama asesinada era mi esposa, hija de este anciano, que es mi tío paterno. Apenas había cumplido doce años, cuando me la dio en matrimonio, y desde entonces han mediado otros once. Tuve de ella tres hijos, que están vivos, y debo hacerle la justicia de que nunca me dio el menor disgusto, pues era juiciosa, de buenas costumbres y cifraba todo su afán en complacerme.
Por mi parte, yo la amaba mucho y me anticipaba a todos sus deseos, muy lejos de contrariarlos. Hace dos meses cayó enferma: la asistí con cuanto esmero cupo en mi cariño, echando el resto para proporcionarle prontísima curación. Al cabo de un mes empezó a hallarse mejor y quiso ir al baño. Antes de salir do caen., me dijo:
__Primo porque siempre me llamaba así, tengo deseo de comer manzanas, y me darías mucho gusto si pudieras proporcionarme alguna ; hace tiempo que tenia este antojo, y te confieso que ha llegado a ser tan vehemente, que temo me suceda alguna desgracia si no queda pronto satisfecho
__Haré cuanto pueda para complacerte __le respondí.__ Al punto fui en busca, de manzanas a todas las plazas y tiendas, pero no pude hallar una sola, aunque ofrecía por ella un cequí. Volví a casa, desazonado de haberme tomado inútilmente tanta molestia, y en cuanto a mi esposa, cuando volvió del baño y no vio las manzanas, sintió un pesar que no la dejó dormir en toda la noche. Madrugué y recorrí todos los huertos; pero con tan poco éxito como el día anterior. Encontré únicamente a un labrador anciano, quien me dijo que, por mucha molestia que me diese, no las hallaría sino en el huerto de Vuestra Majestad en Bassora.
Como yo amaba entrañablemente a mi mujer y no quería culparme de no echar el resto en complacerla, tomé un traje de viajero, y después de haberla enterado de mi intento, marché a Bassora. Dime tanta prisa, que estuve de vuelta a los quince días y traje tres manzanas que me habían costado un cequí cada una. Eran las únicas que había en el huerto, y el hortelano no había querido dármelas mas baratas. Al llegar se las presenté a mi esposa, pero me halle con que ya se le había pasado el antojo; así que se contentó con recibirlas y ponerlas junto a sí. Continuaba, sin embargo, enferma, y no sabia qué remedio aplicar a. su dolencia.
A los pocos días de mi llegada, hallándome sentado en mi tienda, en el paraje público donde se venden toda clase de ricas telas, ví entrar un grande esclavo negro, de muy mala catadura, llevando .en la mano una manzana que conocí ser una de las tres que yo había traído de Bassora. No podía dudarlo porque sabía .jun no había ninguna en Bagdad ni en todos los huertos de los alrededores.
Llame al esclavo. __Buen esclavo __le dije__, infórmame en dónde has cogido esa manzana.
__Es un regalo que me ha hecho mi querida __respondió son- riéndose__ Hoy fui a verla y la halle algo enferma. Ví que tenía allí tres manzanas, y le pregunté de donde se las había agenciado, y me respondió que su marido había emprendido un viaje de quince días sólo para ir a buscárselas, y que se las había traído. Cenamos juntos, y al marcharme he cargado con ésta.
Semejante especie me causó un trastorno indecible. Me levanté, y después de haber cerrado la tienda, corrí ansioso a mi casa y subí al aposento do mi mujer. Miré al pronto si estaban las tres manzanas, y no viendo más que dos, pregunté qué se había hecho de la otra. Entonces mi mujer, volviendo la cabeza hacia donde estaban las manzanas, y no viendo sino dos, me contestó con despego:
__Primo, yo no sé lo que se habrá hecho.
A semejante respuesta creí desde luego que era cierto lo que me había dicho el esclavo, y, arrebatado de celos, desenvainé un cuchillo que llevaba en la cintura y lo clavé en la garganta de aquella desdichada. Luego le cortó la cabeza, la descuarticé y forme un lío que oculté en un cesto, y después de haberlo cosido con hilo de lana encarnada, lo encerré en un cofre que me eché al hombro después de anochecido y lo arrojé al Tigris.
Mis dos hijos menores estaban ya acostados y dormían, y el tercero estaba fuera a la vuelta le hallé sentado junto a la puerta y llorando amargamente. Pregúntele la causa de su llanto.
__Padre ­­__me dijo__, esta mañana le tomé a mi madre, sin que lo advirtiera, una de las tres manzanas que le trajisteis. La he guardado mucho rato, pero cuando estaba jugando en la calle con mis hermanos, un esclavo alto que pasaba me la ha quitado, y llevándosela, he corrido tras él pidiéndosela mil veces, pero por mas que le dije que era de mi madre que estaba enferma y que vos habíais hecho un viaje de quince días en su busca, no ha querido devolvérmela, y como yo le seguía clamando, se ha vuelto, me ha pegado, y luego ha echado a correr por varias calles extraviadas, de modo que le he perdido de vista. Desde entonces he ido a pasearme fuera de la ciudad aguardando que volvieseis para rogaros, padre, que no le digáis nada a mi madre, por temor de que esto empeore su dolencia. Al acabar estas palabras, se puso a llorar de nuevo.
La declaración ingenua de mi hijo me causó una aflicción indecible. Conocí entonces lo sumo de mi maldad, y me arrepentí,  pero demasiado tarde, de haber dado crédito a las imposturas de  aquel desastrado esclavo, quien había fraguado, sobre lo que le  había dicho mi hijo, la funesta fábula que yo había tenido por una  verdad. Mi tío, que esta aquí presente, llegó en aquel momento ;  venia a vera su hija; pero, en lugar de hallarla con vida, vino  a saber por mi que ya no existía, porque no le ocultó nada, y sin  aguardar que me condenara, me declare el más criminal de todos  los hombres. Sin embargo, en vez de hacerme justas reconvenciones, juntó sus lagrimas con las mías y estuvimos llorando al par tres días continuos; él la pérdida de una hija que siempre había amado entrañablemente, y yo la de una mujer que estaba idolatrando y de que me había privado por un término tan cruel y dando crédito con sobrada ligereza a las mentiras de un esclavo.
Esta es, Comendador de los creyentes, la sincera confesión  que Vuestra Majestad ha exigido de mí. Ya sabéis todas las circunstancias de mi crimen, y os ruego humildemente que dispongáis mi castigo. Por riguroso que sea, no me quejaré de él y lo consideraré muy benigno. .  .  retornar a las tres manzanas        volver a índice

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