7.3. Historia contada por un médico judío

Señor, en la época  en que yo estudiaba medicina en Damasco, fui llamado para ver a un enfermo a la casa del gobernador de la ciudad. El paciente era un joven de gallarda presencia, el cual, en vez de la mano derecha, me presentó la izquierda para que le tomase el pulso. No dejó de chocarme esta circunstancia, hasta que al cabo de diez días, y curado ya el enfermo, noté que le faltaba la mano derecha; Paseando un día los dos solos por los jardines del gobernador, pregunté al joven el motivo del defecto de que adolecía, y entonces me contó su historia.
__He nacido en Mosul __dijo__, de una de las familias mas notables de la ciudad, y fui educado con sin igual esmero. Mi padre y mis tíos, mercaderes opulentos, determinaron hacer un viaje a Egipto a las orillas del Nilo, de ese río prodigioso cuyas aguas’ fertilizan aquellas comarcas, haciéndoles las más ricas del mundo, y yo, mayor ya y apasionado de los viajes, pude conseguir de mi padre que le acompañase, dándome una participación en los negocios que iba a emprender; pero debía quedarme en Damasco mientras ¿mis parientes continuaban su excursión a Egipto Atravesamos la Mesopotamia y el río Éufrates, y desde Alepo pasamos a Damasco, donde me quede, según lo convenido, gozando en una casa magnifica de las ganancias obtenidas en la venta de mis mercancías. Una mañana llegaron a mi tienda dos damas de la ciudad para hacer algunas compras, cuando’ una de ellas fue atacada de violentas convulsiones y expiró en mis brazos en medio de la mas espantosa agonía. La otra huyó en el interin y tuve sospechas de que hubiese envenenado a su amiga. Con las mayores precauciones, hice enterrar el cadáver en el patio de mi casa después cerré y puse mi sello a las puertas, pague un un año de anticipado de alquiler al propietario del edificio, y me fui a en busca de mis. tíos, con pretexto de negocios urgentes que allí reclamaban mi presencia. Tres años permanecí en El Cairo yen Egipto, y al cabo de ese tiempo regresé a Damasco, y en el salón encontré un collar de oro enriquecido de gruesas, perlas, alhaja que reconocí, porque era la que llevaba al cuello la Joven que había muerto envenenada en mi habitación. Algunos meses después de mi llegada. a la ciudad., me si obligado por las circunstancias a vender el collar, y fui a la tienda de un joyero, el cual me ofreció cincuenta scherifes, aunque reconoció que la prenda valía más de dos mil. Apurado por la escasez de dinero, consenti tan pequeña suma. Salió a la calle el joyero con pretexto de buscar metálico en la tienda de un vecino suyo, pero volvió con un oficial de policía a quien me denunció como ladrón, suponiendo le había robado la prenda hacia tres años y que había tenido la osadía de ir a venderla por la miserable cantidad de cincuenta scherifes siendo así que valía más de dos mil, El oficial mando que me diesen cien palos para que confesase la verdad, y la violencia del castigo me hizo declarar que, en efecto-, yo había robado el collar de oro. Entonces. no hubo remedio, y en castigo de mi supuesto crimen me cortaron la mano derecha. Deshonrado aborrecido de todos, Y sin atreverme a. volver a. Mosul, permanecí en la mayor aflicción y aislamiento cuando a los tres días fui conducido entre soldados a la presencia del gobernador de Damasco, porque se había descubierto que el collar de perlas perteneció a una de sus hijas, desaparecida de la ciudad hacia tres años. Es decir, que sobre mi persona recayeron hasta sospechas de que yo fuese autor de -un asesinato. Referí al bondadoso Gobernador todo lo sucedido con esa sencilla elocuencia que sólo tiene el lenguaje de la verdad. El Gobernador convencido de mi inocencia me dijo:
__Hijo mío, permíteme que desde hoy te dé este dulce nombre ; has de saber que he sido. el padre mas desgraciado del mundo. La mayor de mis hijas, arrebatada por la pasión; de los celos, envenenó a su hermana, que es la que fue a morir a tu casa, y los remordimientos la hicieron confesar su delito pocos momentos antes de morir agobiada bajo el peso de la conciencia. En medio del delirio reveló que su victima llevaba ese collar de perlas el día
del fallecimiento y he mandado hoy traerte aquí para esclarecer el misterio que envolvía el desgraciado fin de mi pobre hija. Todavía me queda otra y te la ofrezco en matrimonio, y como parte de dote los bienes que confiscaré del infame joyero que te ha calumniado.
Y así se verificó todo; a los ocho días uní mi suerte a la de la hija del gobernador de Damasco, en cuyo palacio vivo dichoso como veis, gozando de la herencia de mis tíos y de mi padre, muerto hace poco en Mosul, después de larga vida.
He aquí la historia del joven __continuó el médico judío__, y el origen de la pérdida de la mano derecha.  volver a historia del jorobadito  ..  volver a índice

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