6. Las tres Manzanas

image002n día el califa Haroun-al-Raschid avisó al gran visir Giafar para que se hallara en Palacio la noche siguiente
__Visir __le dijo__, quiero dar una vuelta por la ciudad y Saber lo que se dice, y sobre todo enterarme de si están 0o no contentos de los oficiales encargados de administrar justicia Si hay alguno de quien haya motivo de queja, lo depondremos. y substituiremos con otro que cumpla mejor sus obligaciones Si al contrario los hay dignos de elogio, guardaremos con ellos los miramientos que merecen.
El gran Visir se presentó en Palacio a, la hora señalada: el Califa, él y Mesrour, jefe de los eunucos, se disfrazaron para no ser conocidos, y salieron los tres juntos.
Pasaron por varias plazas y mercados, y al entrar en una callejuela, vieron, a la claridad de la luna un anciano con barba cana, de estatura aventajada, que llevaba unas redes sobre la cabeza y asía con una mano un cesto de hojas de palmera y un palo nudoso.
__Al parecer, este anciano está. menesteroso -__dijo el Califa__; acerquémonos y preguntémosle cual es su suerte.
__Buen hombre __le dijo el Visir__, ¿quién eres?
Señor __le respondió el anciano__, soy pescador; pero el más escaso y desdichado de mi profesión. He salido de-casa a pescar a las doce del día, y desde entonces hasta ahora ni siquiera he cogido un pez. Sin embargo, tengo esposa e hijos menores, y no me queda arbitrio para mantenerlos
El Califa, movido a compasión, dijo .al pescador :
_¿ Tendrías ánimo para volver atrás y echar las redes una sola vez? Te daremos cien cequíes por lo que saques.
A esta propuesta, el pescador olvidó el cansancio del día, cogió al Califa la palabra y volvió hacia el Tigres con él, Giafar y Mesrour, diciendo para consigo:
__Estos señores parecen muy honrados y discretos para que no me gratifiquen por mi trabajo, y aun cuando no me dieran mas que la centésima parte de lo que me prometen, sería mucho para mí.
Llegaron a la orilla del Tigris ; el pescador echó las redes, y habiéndolas retirado, sacó un cofre muy cerrado y pesadísimo.
El Califa mandó al punto al gran Visir que le contara cien cequies y le despidió. Mesrour se echó al hombro el cofre por orden de su amo, que volvió prontamente a Palacio, ansioso de saber lo que había dentro. Allí abrieron el cofre, y hallaron un gran cesto de hojas de palmera cerrado y cosido con hilo de lana encarnada. Para satisfacer la impaciencia del Califa, no se tomaron la molestia de descoserlo; cortaron prontamente el hilo con un cuchillo y sacaron del cesto un lío envuelto en una mala alfombra y atado con cuerdas. Desatadas éstas y desenvuelto el lío, se horrorizaron con la vista de un cuerpo -de mujer, más blanco que la nieve y sajado a trozos.
Júzguese cuál sería el asombro del Califa ante un espectáculo tan pavoroso. Pero su pasmo hizo lugar a la ira, y echando al Visir miradas enfurecidas:
__¡Ah, desastrado! __le dijo__. ¿Así estás celando las acciones de mis pueblos? ¡Se están cometiendo a mansalva en tu ministerio asesinatos en mi capital y arrojan a mis súbditos al Tigris para que clamen allá venganza contra mí el día del juicio final. Si no vengas prontamente la muerte de esta mujer con el suplicio de su asesino, juro por el sagrado nombre de Dios que te mandare ahorcar con cuarenta de tus parientes.
__Comendador de los creyentes __le dijo el Visir__, ruego a Vuestra Majestad que me conceda algún tiempo para hacer mis pesquisas.
__Te doy tres días __repuso el Califa__; recapacita bien lo que haces.
El visir Giafar se retiró a su cana confuso y apesadumbrado. __¡Ay de mi! __ decía__ ¿Como podré yo hallar al asesino en una ciudad tan populosa como Bagdad, cuando probablemente habrá cometido este crimen sin testigos, y quizá ya está fuera de la población? Otro en mi lugar sacaría do la cárcel a un desdichado y le mandaría dar muerte para contentar al Califa; pero yo no quiero manchar mi conciencia con este delito, y prefiero morir a salvarme en tales condiciones.
Mandó a los oficiales de policía y justicia que estaban a sus órdenes que hicieran una pesquisa esmerada del reo. Estos pusieron en movimiento a su gente, y aun salieron ellos mismos, creyéndose tan interesados como el Visir en aquel asunto; pero todos sus afanes fueron infructuosos, y por grande que fuese su diligencia, no lograron descubrir al autor del asesinato, y el Visir juzgó que, a no ser por un favor del Cielo, estaba perdido.
En efecto, cumplidos los tres días, llegó un mujer a casa del desgraciado ministro y le intimó que le siguiera. Obedeció éste y el Califa le preguntó dónde estaba el asesino.
__Comendador de los creyentes __respondió Giafar todo lloroso__, nadie ha podido darme la menor noticia.
El Califa le reconvino con mucho enojo y mandó que le ahorcaran delante de la puerta del palacio, y con el a cuarenta de los Barmecidas.
Mientras estaban levantando las horcas y prendian en sus casas a los cuarenta Barmecidas, un pregonero recorrió por orden del Califa todos los barrios de la ciudad gritando:
__El que quiera tener el gusto de ver ahorcar al gran visir Giafar y cuarenta Barmecidas sus parientes, acuda a la plaza que está delante del palacio.
Cuando estuvo ya todo dispuesto, el juez de lo criminal y gran número de guardias del palacio trajeron al gran Visir con los cuarenta Barmecidas, los colocaron cada uno al pie de la horca que les estaba destinada, y les pasaron alrededor del cuello el doga correspondiente. El pueblo, que se agolpaba en la plaza, no pudo presenciar tan lastimoso espectáculo sin amargura y sin derramar lágrimas ; porque el gran visir Giafar y los Barmecidas eran bien vistos por su honradez, generosidad y desinterés, no sólo en Bagdad, sino también en todo el imperio del Califa.
Nada podía estorbar la ejecución de la orden de aquel Príncipe adusto en demasía, e iban a quitar la vida a los hombres mas honrados de la ciudad, cuando un joven, de agradable aspecto y bien vestido, atravesó la muchedumbre, se Llegó al Visir, y, después de haberle besado la mano:
__Soberano Visir __le dijo__, Comendador de los emires de esta corte, refugio de los pobres, no sois reo del crimen porque os traen aquí. Retiraos y dejadme purgar la muerte de la dama arrojada al Tigris. Yo soy su asesino y merezco ser castigado.
Aunque esta aregan causase suma alegría al Visir, no por eso dejó de apiadarse del joven, cuya fisonomía, en vez de ser aciaga, tenía sumo aliciente, e iba a responderle, cuando un hombre, alto y de edad avanzada, se abrió paso por medio del concurso, y, acercándose al Visir, le dijo:
__Señor, no deis crédito a lo que os está diciendo ese joven: yo fui el que maté a la dama hallada en el cofre, y sobre mi solo debe recaer el castigo. En nombre de Dios, os ruego que no castiguéis al inocente por el culpado.
__Señor repuso el joven encarándose con el Visir__, os juro que yo fui el que cometí esa maldad, y que nadie en el mundo fue cómplice en ella.
__Hijo mío __interrumpió el anciano__, la desesperación os ha traído aquí y queréis anticipar vuestro destino; en cuanto a mí, hace tiempo que estoy en el mundo y debo no tenerle apego. Dejadme, pues, sacrificar mi vida por la vuestra. Señor __añadió volviéndose al Visir__, os repito de nuevo que yo soy el asesino; mandadme dar muerte sin tardanza.
La pugna entre el anciano y el joven obligó al visir Giafar a llevarlos a ante el Califa, con el beneplácito del juez de lo criminal, que se complacía en favorecerle. Cuando estuvo en la presencia de aquel Príncipe, besó siete veces el suelo y hablo de este modo:
__Comendador de los creyentes, traigo a Vuestra Majestad este anciano y este joven, que se culpan cada cual del asesinato de la dama.
Entonces el Califa preguntó a los delincuentes cuál de los dos había asesinado tan cruelmente a la dama y la había arrojado al Tigris. El joven aseguró que era él; pero el anciano sostenía por su parte lo contrario.
__Llevadlos __dijo el Califa al gran Visir__, y que los ahorquen a entrambos.
__Pero, señor __dijo el Visir__, si uno solo es delincuente, fuera injusto matar al otro.
A estas palabras, el joven prosiguió.
__Juro por el Dios todopoderoso que ha levantado los cielos a la altura en que se hallan, que yo fui el que mató a la dama y la arrojó al Tigris cuatro días atrás. No quiero participar con los justos del día del juicio final, si lo que digo no es cierto. Así yo soy el que debo ser castigado.
El Califa quedó atónito con aquel juramento, y le dio tanto mas crédito cuanto el anciano nada replicó, y por lo tanto, encarándose con el joven:
__Desastrado __le dijo__, ¿por qué razón cometiste un crimen tan horroroso? ¿Y qué motivo puedes tener para haberte presentado a recibir la muerte?
__Comendador de los creyentes__respondió__, si se escribiera todo lo que ha ocurrido entre esa dama y yo, seria una historia que pudiera ser utilísima a los hombres.
__Refiérela, pues __replicó el Califa__ ; yo te lo mando.
El joven obedeció y empezó así su narración: historia de la dama asesinada y de su joven marido
El Califa quedó absorto con lo que el joven acababa de contarle; pero aquel Príncipe justiciero, juzgando que era más digno de compasión que delincuente, abogó por él.
__La acción de este joven __dijo__ es disculpable ante Dios y   tolerable entre los hombres. El pícaro esclavo es el único causante   de este asesinato, y él debe ser -castigado. Por lo tanto __añadió   encarándose con el gran Visir__, te doy tres días para buscarlo, y   si al cabo de ellos no me lo traes, sufrirás la muerte en su   lugar.
El desgraciado Giafar, que se había creído fuera de peligro,  quedó aterrado con esta nueva orden del Califa; pero como no  se atrevía a replicar al Príncipe, cuyo genio conocía, se alejó de  su presencia y se retiró a su casa bañados los ojos en lágrimas,  persuadido de que sólo le quedaban tres días de vida. Estaba tan  convencido de que no hallaría al esclavo, que no hizo la mas mínima pesquisa.
__Es imposible, __decía__ que en una ciudad como Bagdad, en  donde hay un sinnúmero de esclavos negros, encuentre al buscado. A menos que Dios me lo dé a conocer, como me descubrió al asesino, nada puede salvarme. Pasó los dos primeros días inconsolable con su familia, que  lloraba alrededor de él, quejándose de la severidad del Califa, y   habiendo llegado el tercero, se dispuso para morir con entereza  como un ministro íntegro que nada tenía que echarse en cara.  Mandó llamar cadíes y testigos, que firmaron el testamento hecho  en su presencia, y después abrazó a su mujer e hijos, y les dio el  postrer adiós. Toda su familia se deshacía en llanto, formando  una escena sumamente trágica. Al fin llegó un palaciego, quien  le dijo que el Sultán se empeñaba más y mas en saber noticias  suyas y del esclavo negro que le había mandado pesquisar.
__Tengo orden __añadió- de llevaros ante su solio.
__El Visir, afligido, se disponía a seguirle; pero, cuando iba a salir, le trajeron la menor de sus hijas, que podía tener cinco o  seis años. Las mujeres que la cuidaban venían a presentársela a  su padre para que la viera por última vez. Como la quería entrañablemente, pidió al palaciego que se  detuviera un momento, y acercándose a su hija, la tomó en brazos y besó repetidas veces. Al besarla advirtió que tenía en el pecho un bultito que despedía olor. –
__Hija mía __le dijo__, ¿qué traes en el pecho?
__Querido padre __le respondió-, es una manzana sobre la  cual está escrito el nombre del Calífa nuestro señor y amo. Nuestro esclavo Rian me la vendió en dos cequíes. Al oír las palabras manzana y esclavo, el gran visir Giafar  prorrumpió en un alarido de asombro con arrebatos de júbilo, .y  metiendo al punto la mano en el pecho de su hija, sacó la manzana. Mandó llamar al esclavo, que no estaba lejos, se encaró con él y le dijo:
__Bribón, ¿en dónde cogiste esta manzana?
__Señor __respondió el esclavo__, os juro que no la he robado  en vuestra casa ni en el huerto del Califa. El otro día, al pasar  por una calle junto a unos niños que jugaban, ví que uno la tenía  en la mano, se la quité y me la llevé. El niño vino. corriendo detras de mí diciéndome que la manzana no era suya, sino de su  madre, que estaba enferma; que su padre había emprendido un  largo viaje para satisfacer el deseo que tenía, y había traído tres, y que aquélla era una de tantas que le había quitado a su madre sin que lo advirtiera. Por más que me rogó que se la devolviera, no quise hacerlo; la traje a casa y la vendí por dos cequíes a vuestra hija menor. Esto es cuanto tengo que deciros.
Giafar estaba atónito, sin alcanzar cómo la bellaquería de un esclavo había sido la causa de la muerte de una mujer inocente y cómo de la suya. llevó consigo al esclavo, y cuando estuvo delante del califa, le hizo a este príncipe una puntual narración de lo ocurrido
Indecible fue la extrañeza del Califa, y no pudo contenerse, prorrumpiendo en carcajada. Al fin, recobró un aspecto grave, y le dijo al Visir que ya que su esclavo había causado semejante desmán, merecía un castigo ejemplar.
__Convengo, en ello, señor __respondió el Visir__. Pero su crimen no es irremisible. Sé una historia todavía más peregrina de un Visir del Cairo, llamado Nuredín-Alí y de Bedredin Hasán de Bassora. Como Vuestra Majestad se deleita en oír otras parecidas, estoy pronto a referírsela, a condición de que. si se le hace, más preciosa que la sucedida, indultéis al esclavo, porque la historia de las manzanas es muy extraordinaria. Giafar tomo la palabra y empezó a narrar la historia de Chemsedin Mohamed Nuredin-Ali y Bedredin-Hasan.

Cuando el visir Giafar hubo terminado la historia de Bedredin-Hasán, dijo al califa Haroun-al-Raschid:
Comendador de los creyentes, esto es lo que tenía que referir a Vuestra Majestad.

El Califa conceptuó la historia por tan maravillosa que concedió sin titubear el perdón del esclavo Rian, y para consolar al joven del dolor que tenia por haberse privado él mismo de una mujer a quien tanto amaba, aquel Príncipe le dio en casamiento una de sus esclavas, le colmó de bienes y le tuvo en suma privanza hasta su muerte…  volver a índice

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