6.2.3. Viaje de Chemsedin Mohamed en busca de Bedredin Hasán (parte 1)

viajeEChemsedin Mohamed tomó el rumbo de Damasco con su hija Reina de Hermosura y su nieto Ajib. Caminaron diez y nueve días seguidos sin detenerse en sitio alguno; pero al vigésimo, habiendo llegado a una hermosísima pradera poco distante de las puertas de Damasco, se apearon y dieron orden para que se levantaran las tiendas a orillas de un río que pasa por la ciudad y ameniza sus alrededores. El visir Chemsedin Mohamed manifestó que deseaba permanecer dos días en aquel precioso paraje, y que al tercero proseguirían su viaje; no obstante, permitió a los que le acompañaban que fueran a Damasco. Casi todos se valieron de aquel permiso; unos llevados de la curiosidad de ver una ciudad de la que habían oído hablar con tanto elogio, y otros para vender mercancías de Egipto que llevaban consigo, o comprar telas y curiosidades del país. Reina de Hermosura, deseando que su hijo Ajib tuviera también la satisfacción de pasearse por aquella ciudad famosa, mandó al eunuco negro que servía de ayo al niño, que le acompañara y tuviera cuidado de que no le sucediera nada desagradable.
Ajib, magníficamente vestido marchó con el eunuco, quien llevaba en la mano un grueso bastón. Apenas hubieron entrado en la ciudad, cuando Ajib, que era como un sol, llamó la atención de todos; unos salían de sus casas para verle mas de cerca, otros se asomaban a las ventanas, y los que pasaban por las calles no se contentaban con detenerse a mirarle, sino que le acompañaban para lograr el gusto de contemplarle por más tiempo. Finalmente, no había uno que no le admirase y echase mil bendiciones a los padres que tan hermoso niño habían engendrado. El eunuco y él llegaron por casualidad al umbral de la tienda de Bedredin-Hasán y allí se vieron rodeados de tal gentío, que les fue forzoso detenerse.
El pastelero que había prohijado a Bedredin-Hasán había muerto años atrás, dejándole, como a su heredero la tienda todos sus bienes. Bedredin era entonces amo de la tienda y ejercía tan primorosamente la profesión de pastelero, que gozaba de mucha reputación en Damasco. Viendo que tanta gente reunida delante de su puerta miraba atentamente a Ajib y al eunuco negro se puso también a mirarlos.
Bedredin-Hasán, habiendo echado- una mirada a Ajib, se sintió conmovido sin saber por qué. No le pasmaba como a los demás la peregrina hermosura de aquel niño; su turbación provenía de otra causa, para él muy recóndita: era la fuerza de la sangre que obraba en aquel tierno padre, el cual, dejando sus quehaceres se acercó a Ajib y le dijo en tono persuasivo:
__Señor mío hacedme el favor de entrar en mi tienda y comer algo, para que tenga el gusto de estaros contemplando a mi placer.
Pronunció estas palabras con tanta ternura, que le asomaron las lágrimas a los ojos. Ajibito se sintió enternecido, y, volviéndose al eunuco:
__Este buen hombre __le dijo__ tiene una fisonomía que me cautiva y me habla de un modo. tan cariñoso que no puedo menos de complacerle. Entremos en su casa, y comamos de sus pasteles.
__¡Por cierto __ le dijo el esclavo__ , que sería bonito ver al hijo del Visir comiendo en la tienda de un pastelero! No permitiré semejante desorden.
__ A la verdad, señor __exclamó entonces Bedredin-Hasán__, muy crueles son los que os confían a un hombre que os trata con tanto despego.
Luego, encarándose con el eunuco:
__Amigo mío __añadió__, no estorbéis a este joven el que me conceda el favor que le pido. No me déis tan malísimo rato. Hacedme el honor de entrar vos mismo con él en mi tienda, y así manifestaréis que si en el exterior sois moreno como una castaña, soís interiormente blanquísimo como ella, ¿Sabéis __prosiguió__ un secreto para volveros de negro blanco?
A estas palabras, el eunuco se echó a reír y preguntó a Bedredin que secreto era aquél.
__Voy a decíroslo __respondió__
Y al punto le recitó unos versos en alabanza de los eunucos negros, diciendo que por su ministerio estaba seguro el honor de los sultanes, príncipes y grandes. -‘E1 eunuco quedó prendado de aquellos versos, y cediendo a los ruegos de Bedredín, dejó que Ajib entrara en la tienda, acompañándole el mismo
Gozosísimo Hasán con su logro, volviéndose a su faena:
__Estaba haciendo __les dijo__ pasteles de crema ; es preciso que los probéis, y estoy seguro de que los hallaréis excelentes, porque mi madre, que es primorosa en este particular, me enseñó a hacerlos y todas las casas de esta ciudad se surten de mi tienda. Tras de estas palabras, sacó del horno un pastel de crema, y después de haberlo salpicado de granada y azúcar, se lo sirvió a Ajib, quien lo tuvo por exquisito. El eunuco, a quien Bedredin
presentó otro, fue del mismo parecer.
Mientras estaban ambos comiendo, Bedredin-Hasán contemplaba atentamente a Ajib, y representándosele, al mirarle, que acaso tenia un hijo semejante de la bella esposa de quien había sido tan pronta y cruelmente separado, aquella emoción le hizo prorrumpir en lágrimas.
Trataba de ir haciendo preguntas a Ajibito relativamente a su viaje a Damasco, pero el niño no tuvo tiempo de satisfacer su curiosidad; porque el eunuco, que le instaba a que volviera a las tiendas de su abuelo, se le llevó luego que hubo comido. Bedredin-Hasan no se contento con seguirlos con la vista, pues cerró su tienda prontamente y marchó tras
ellos. Bedredin-Hasán corrió, pues, en pos de Ajib y el eunuco, y los alcanzó antes que hubiesen llegado a la puerta de la ciudad. El eunuco, advirtiendo que los seguía, le mostró su extrañeza:
__Importunísimo sois ya __le dijo enojado__; ¿qué queréis?
__Mi buen amigo __le respondió Bedredin__, no os enfadéis:
tengo fuera de la ciudad cierta diligencia pendiente, de que ahora me he acordado, y a la que es preciso que acuda.
Esta respuesta no satisfizo al eunuco, quien volviéndose, Ajib, le dijo:
__Vos tenéis la culpa de todo; ya preveía yo que me arrepentiría de mi condescendencia; habéis querido entrar en la tienda de este hombre, y yo fui un imprudente en permitíroslo.
__Cabe __dijo Ajib__ que, en efecto, tenga algún negocio fuera de la ciudad, y los caminos están francos para todos. Al decir esto, siguieron andando sin mirar atrás, hasta que,
habiendo llegado junto a las tiendas del Visir, se volvieron para ver si Bedredin los iba siguiendo todavía. Entonces Ajib, observando que estaba a dos pasos de él, se coloreó alternativamente de encarnado y pálido, según los varios movimientos que le azoraban. Temía que el Visir, su abuelo, llegase a saber que había entrado en la tienda de un pastelero y que había comido pasteles, y así, cogiendo una piedra bastante gruesa que se hallaba cerca, se la tiró, y acertándole en la frente, le cubrió de sangre; echando a correr, se escapó a las tiendas con el eunuco, quien dijo a Bedredin-Hasan que no debía quejarse de aquella desgracia, pues la tenía merecida y él mismo se la había acarreado. Bedredin tomó el camino de la ciudad, atajando la sangre de la herida con el mandil que llevaba ceñido.
__Hice mal __decía para consigo__ en desamparar mi casa para molestar a este niño; porque sólo me ha maltratado creído de que yo ideaba algún proyecto en contra suya.
Habiendo llegado a su casa, se hizo curar y se consoló de aquella ocurrencia, reflxionando que había en la tierra gentes mucho mas desgraciadas que él.
Bedredin continuó ejerciendo la profesión de pastelero en Damasco, y su tío Chemsedin Mohamed se marchó de allí tres días después de su llegada. Tomó el camino de Emesa, pasó a Hamah, desde allí a Alepo, en donde se detuvo dos días. Desde Alepo cruzó el Eufrates, entró en la Mesopotamia, y habiendo atravesado Mardin, Musul, Senier, Díarbekir y otras muchas ciudades, llegó finalmente a Bassora y pidió audiencia al Sultán, quien se
la concedió, cuando supo la encumbrada jerarquía de Chemsedin Mohamed. Acogióle amistosamente y le preguntó la causa de su viaje a Bassora.
__Señor __respondió el visir Chemsedin Mohamed__, he venido en busca de noticias relativas al hijo de Nuredin-Alí, mi hermano, que tuvo el honor de servir a Vuestra Majestad.
__Hace tiempo que falleció Nuredin-Alí __replicó el Sultán__.
Por lo que toca a su hijo, todo cuanto podrán deciros es que, a los dos meses de la muerte de su padre, desapareció de repente, y que nadie le ha visto desde entonces, por grande que haya sido el afán con que le he hecho buscar; pero su madre, que es hija de uno de mis Visires, vive todavía.
Chemsedin Mohamed le pidió permiso para verla y llevarla consigo a Egipto, y consintiendo en ello el Sultán, no quiso diferir para el día siguiente el tener aquella satisfacción, y haciendo que le- mostrasen su vivienda, pasó al punto a ella, acompañado de su hija y de su nieto.
La viuda de Nuredim-Alí residía en la casa donde había vivido su marido hasta su muerte. Era un hermoso edificio, elegantemente construido y adornado con columnas de mármol; pero Chemsedin Mohamed no se paró a considerarlo. A su llegada besó la puerta y una lápida en la que estaba estampado en letras de oro el nombre de su hermano. Pregunto por su cuñada, y los criados le dijeron que se hallaba en un pequeño edificio en forma de cúpula, que le enseñaron en medio de un patio espacioso. En efecto, aquella tierna madre solía pasar la mayor parte del día y de la noche en el edificio que había mandado construir, para representar el sepulcro de Bedredin-Hasán, a quien creía muerto después de haberle aguardado en balde durante tanto tiempo. Hallábase entonces ocupada en llorar a aquel hijo querido, y Chemsedin Mohamed la encontró sumida en amarguísimo desconsuelo.
Saludóla con todo acatamiento, y habiéndole suplicado que suspendiera sus lagrimas, le dijo que era su cuñado yel motivo que le había obligado a marchar al Cairo y pasar a Bassora.
Chemsedin Mohamed, habiendo enterado a su cuñada de lo ocurrido en El Cairo en la noche del desposorio de su hija, y contado la extrañeza que le causaba el hallazgo del cuaderno cosido en el turbante de Bedredin, le presentó a Ajib y a Reina de Hermosura.
Cuando la viuda de Nuredin-Alí, que había permanecido sentada como una mujer que ya no tomaba parte en los negocios del mundo, hubo comprendido que el hijo querido que tanto lloraba podía estar aún vivo, se levantó y abrazó a Reina de Hermosura y a su hijo Ajib, en quien reconoció las facciones de Bedredin, prorrumpiendo en lágrimas muy distintas de las que antes derramaba, No podía cansarse de dar besos al niño, quien por su parte recibía sus caricias con todas las demostraciones de regocijo que le eran dables. – ‘
__Señora __dijo Chemsedin Mohamed__, ya es hora que pongáis término a vuestro dolor y que enjuguéis vuestras lagrimas: preciso es que os dispongáis a venir con nosotros a Egipto. El Sultán de Bassora me permite que os lleve, y no dudo que os avendréis a mi intento. Vivo esperanzado de hallar, por fin, a vuestro hijo y mi sobrino, y si esto sucede, su historia, la vuestra, la de mi hija y la mía, merecerán celebrarse y llegar a la posteridad mas remota.
La viuda de Nuredin-Ali oyó gustosa aquella propuesta, y al punto mandó hacer los preparativos de su viaje. Entretanto Chemsedin Mohamed pidió una segunda audiencia, y habiéndose despedido del Sultán, quien le honró con mil finuras y le dio un magnífico presente y otro aun mas rico para el Sultán de Egipto, se marchó de Bassora y otra vez siguió el camino de Damasco.
Cuando estuvo cerca de aquella, ciudad, mandó levantar las tiendas fuera de la puerta por donde debía entrar, y dijo que se detendría tres días para que descansaran las acémilas y comprar cuanto más hallase de peregrino y merecedor de presentarlo al Sultán de Egipto.
Mientras estaba ocupado en ir entresacando las mas hermosas telas que le habían traído a su tienda los principales mercaderes, Ajib rogó al eunuco negro, su ayo, que le llevara a pasear por la ciudad, diciendo que deseaba ver cuanto había visto antes muy de paso, y que tendría gusto en saber noticias del pastelero a quien había tirado una piedra. Vino en ello el eunuco y marchó con él a la ciudad, obtenido el beneplácito de su madre Reina de Hermosura.

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