4.3.1. Historia del palacio de las cuarenta princesas

¡Bienvenido, señor, bien venido!

__Hace tiempo dijo una de las Princesas__ que esperábamos a un caballero tan apuesto como vos, y creemos que no hallaréis desagradable nuestra compañía. Venid, sentaos a nuestro lado, y desde este momento somos esclavas vuestras, dispuestas a obedecer los que queráis ordenarnos.

Dicho esto, una de las jóvenes me presentó perfumes de exquisito aroma, otra un magnífico vestido, otra el vino y los manjares, sirviéndome las demás como si realmente como si realmente hubiesen sido mis eslavas. Comí y bebí y luego conté mis aventuras a aquellas hermosos jóvenes.

Cuando hube terminado, varias de ellas se me acercaron más para distraerme, mientras otras fueron a buscar lámparas encendidas, y volvieron con tantas que la sala parecía iluminada por la luz del sol.

Entretanto otras prepararon un banquete de frutas secas, dulces, vinos y licores exquisitos y algunas aparecieron provistas de instrumentos musicales.

Cuando todo estuvo preparado, invitaron me a ocupar mi sitio. Terminados el banquete, los conciertos y las danzas, díjome una de ellas:

__Estáis cansado del resultado del viaje que habéis hecho, y hora es ya de que toméis algún reposo; vuestro aposento está preparado; mas antes de retiraros, escoged entre nosotras una para que os sirva.

Era forzoso ceder; tendí mi mano a la que me había hablado en nombre de sus compañeras, y ella me condujo al dormitorio.

Así transcurrió la noche, y apenas brilló el sol del nuevo día, las restante treinta y nueve jóvenes entraron en mi aposento ataviadas con trajes diferentes de los que lucieron en la víspera. Condujéronme al baño y, a pesar de mi resistencia, ellas mismas me prestaron todos los servicios del caso y me vistieron con un traje mucho más rico y espléndido que el primero. Pasamos casi todo el día sentados a la mesa, y, llegada la noche, me rogaron que hiciera como la precedente.

Así transcurrió un año….

Al final de este tiempo entraron en mi habitación las  jóvenes y me dijeron con los ojos bañados en llanto:

__Adiós, querido Príncipe, adiós; es forzoso que os abandonemos.

Sus lágrimas me conmovieron y les rogué que me explicasen la causa de su dolor y de la separación de que me hablaban.

__La causa de nuestro llanto __me respondieron__ no es otra que la pena que nos ocasiona el separarnos de vos. ¡Tal vez no volveremos a vernos jamás! Sin embargo, esto puede evitarse si vos lo queréis y tenéis bastante dominio de vos mismo.

__No comprendo lo que me decís __contesté__, y os suplico que os expliquéis claramente.

__Pues bien __dijo una de ellas__; sabed que todas somos Princesas hijas de Reyes. Vivimos aquí con la alegría que habéis visto, pero al final de cada año estamos obligadas a separarnos por cuarenta días, para ciertos asuntos que no podemos revelaros, el año terminó ayer y es preciso que os dejemos: ya sabéis cuál es la causa de nuestra aflicción. Más, antes de salir, os dejaremos todas las llaves del palacio; pero os recomendamos para vuestro bien que no abráis la puerta de oro, pues de lo contrario, no volveréis a vernos.

Prometí obedecerlas y nos despedimos con lágrimas en los ojos.

Su partida me afligió sobremanera, y aunque la ausencia sólo debía durar cuarenta días, parecíame que deberían de ser siglos los que de ellas estaría separado.

Yo me prometí no olvidar la advertencia que me hicieron acerca de la puerta de oro; pero como, salvo aquella excepción, me estaba permitido satisfacer mi curiosidad, tomé según el orden que estaban colocadas, la primera llave.

Abrí una puerta y me encontré en un jardín frondosísimo, lleno de árboles frutales, tan asombradamente espléndido, que no osaría compararlo ni aun con el que, después de la muerte nos promete nuestra religión.

La simetría, la elegancia, la disposición admirable de los árboles, la abundancia y la diversidad de los frutos, su frescura, su belleza, todo él, en fin me fascinaba.

Le abandoné con el alma encantada y abrí otra puerta. En vez del jardín de frutas me hallé en un vergel de flores.

Imposible me sería narraros todas las maravillas que ví en los días sucesivos; sólo os diré que necesite treinta y nueve días para abrir las noventa y nueve puertas y admirar todo lo que se ofrecía a mi vista.

Llegado, finalmente, el cuadragésimo día de la partida de las hermosas mujeres, si no hubiera perdido el dominio e mi propia voluntad, sería hoy el más feliz de todos los hombres, mientras soy por el contrario, el más desdichado; la curiosidad triunfó sobre la solemne promesa que hice y penetré en mala hora en el sitio prohibido. Abrí la puerta fatal, y sentí un olor agradable, aunque contrario a mi temperamento, que me quitó la razón y caí al suelo desmayado. Vuelto en mí, no supe aprovecharme de esta especie de advertencia, y seguí adelante hasta poner el pie de una habitación alumbrada por mil bujías, que exhalaban un olor muy aromático. El pavimento estaba cubierto de azafrán, y en el centro ví un magnífico caballo negro que por la belleza de la forma y por el lujo oriental de los arneses, sobrepujaba a cuanto puede pensarse. Le saqué al patio por la brida para contemplarle mejor, le monté con objeto de que marchase, pero se quedó inmóvil como una piedra. Irritado entonces le apreté los ijares y el animal desplegó unas alas que yo no había visto, y relinchando de un modo horrible se remontó conmigo al espacio, mientras mi sangre se helaba de terror. Luego bajó desde una altura inmensa y se detuvo en ala azotea de un castillo, donde sin darme tiempo de echar pie a tierra, me sacudió con tal violencia que caí al suelo. El caballo me sacudió la punta de la cola en el rostro y me saco el ojo derecho; enseguida emprendió su vuelo, desapareciendo de mi vista.
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