4.2. Historia del segundo calenda hijo de Rey (parte 2)

Cuando recobré los sentidos me dijo el Genio:
__Ya has visto cómo tratan los Genios a las mujeres sospechosas de infidelidad. Ella te ha recibido aquí, esto es indudable; pero si estuviera seguro de que el ultraje había sido mayor, te mataría hora mismo. Así, pues, me contentaré con transformarte en perro, asno, en león o en pájaro.
__¡Oh Genio! __le repliqué sintiendo alguna esperanza__. Moderad vuestro furor y perdonadme, como el mejor de los hombres perdono a uno de sus vecinos que loe tenía una terrible envidia.
__¿Y qué sucedió a esos dos hombres?
__Escuchad,  pues.
Y le conté la Historia del envidioso y el envidiado
Cuando hube de haber contado la historia al Genio, le dije:
__Ya veis como el generoso Sultán perdono y aún colmó de beneficios al hombre que había atentado contra su vida. Perdonadme vos a mí y seguid tan noble ejemplo.
__Todo lo que pudo hacer por ti __me respondió__ es no darte la muerte, pero sentirás de otro modo el influjo de mi poderío.
Y asiendo mi cuerpo con violencia me transportó a lo alto de una montaña. Tomó un puñado de tierra, que me arrojó al rostro murmurando unas palabras que no comprendí, y me dijo:
__Deja de ser hombre y conviértete en mono.
Así se verificó en el acto, puntualmente, y me vi solo, lleno de dolor, bajo aquella forma extraña en mi país desconocido de todo punto y sin saber si estaba lejos de los dominios del Rey, mi padre.
Bajé de las montaña y al cabo de un mes de viaje llegué al borde del mar, desde donde ví a un buque que estaría a una media legua de la playa, No había tiempo para perder; arranqué las rama de un árbol, y montando en ella, sirviéndome de dos palos para remar, llegué al barco, cuya tripulación y pasajeros me contemplaron con asombro al ver los lugares a con que me encaramé por las cuerdas arriba.
Algunas personas supersticiosas creyeron que mi presencia en el buque era un mal presagio y que debía perecer instantáneamente, pero el capitán, sensible a las lágrimas que vertían mis ojos, me tomó bajo su protección, me hizo mil caricias, librándome de una muerte segura.
A los cincuenta días de navegación echamos el ancla en la bahía de la capital de un estado poderoso, y entre los que fueron a visitar el buque dar a todos la enhorabuena por la feliz llegada, iban varios oficiales del Sultán, con su pretensión de que los pasajeros de abordo escribiesen algunas líneas en su pergamino.
__Habéis de saber __dijeron para explicar lo extraño de su misión__ que el Sultán, nuestro amo, ha perdido a su primer Visir. El Sultán ha hecho juramento de no nombrar en su reemplazo más que a la persona que escriba con tanta perfección como el difunto, y hasta ahora no se ha encontrado a nadie capaz de sustituirlo.
Cuando los pasajeros acabaron de escribir me adelante hacia la mesa. Creyeron al principio que iba a destrozar el pergamino, pero yo les tranquilice haciendo señas de que quería escribir como ellos. Tomé la pluma en medio de la risa burlesca de los circunstantes y escribí las seis clases de letra que usan los árabes, y cada muestra consistía en un dístico o redondilla improvisada en alabanza del Sultán. Los oficiales presentaron el pergamino al Sultán, quien al ver mi letra dijo a sus servidores:
__Tomad el caballo mas hermoso que poseo, adornado de ricos arneses. llevad trajes de oro y de damasco para revestir a la persona que ha escrito y traédmela aquí enseguida.
Los oficiales se echaron a reír acordándose de mi, y el Sultán, irritado se disponía a castigarlos por tamaño atrevimiento, cuando le dijeron que no se trataba de un hombre, sino de un mono que habían encontrado a bordo del barco. Esta noticia aumentó la sorpresa del Sultán, que ratificó su orden para que fuese ejecutada sin demora.
Desembarqué, pues aquel mismo día, y montando en el caballos del Sultán, comenzó la marcha de la comitiva. El puerto, las calles, las plazas públicas, las ventanas y azoteas de las casas, todo estaba lleno de una inmensa multitud ansiosa de verme, porque cundió con la celeridad del rayo la noticia de que el Sultán había elegido a un mono gran Visir.
Al llegar a Palacio, entre los gritos y las aclamaciones del pueblo, encontré al Sultán sentado en su trono y rodeado de la Corte, sorprendida al notar las reverencias que yo hacía como un hombre que no ignoraba al homenaje debido al Sultán.
Concluida la ceremonia de recepción, me quedé solo con el soberano, con el jefe de los eunucos y con un joven esclavo que me miraba con ojos de extrañeza. Nos pusimos a comer y después escribí algunos versos que llenaron de entusiasmo al Sultán, y luego el relato exacto de mis desventuras. Jugamos tres partidas de ajedrez, de las cuales gané las dos últimas; suceso que contrarió un poco a mi real adversario, y para consolarlo escribí unos versos en los que dije que dos ejércitos poderosos se habían batido un día con arrojo y ardimiento, pero al caer la tarde se hizo la paz y juntos pasaron la noche tranquilamente en el mismo campo de batalla.
Todo esto redoblaba la admiración del Sultán hacia mi ingenio y quiso que su hija, hermosa joven a quien llamaba Sol de la Mañana, presenciase también el prodigio de mi inteligencia.
Vino la Princesa y sin quitarse el velo que cubría su semblante, le dijo al Sultán:
__No comprendo, señor, por qué me hacéis comparecer delante de los hombres con olvido de nuestras leyes y costumbres. Ese mono, a pesar de su apariencia, es un Príncipe, hijo de un gran Rey, y ha sido convertido por arte de encantamiento. Un Genio nieto de Eblis, le ha hecho ese mal después de arrebatar cruelmente la vida de la princesa de la isla de Ébano, hija del rey Epitomaros.
Admirado el Sultán, se volvió hacia mi como para preguntarme di era cierto lo que su hija decía, y yo contesté que si por señas, poniéndome la mano en la cabeza.
__¿Y cómo sabéis todo eso, hija mía? preguntó el Sultán. __Señor __respondió Sol de la Mañana__, en la época de mi infancia tuve a mi lado una señora, maga muy hábil, que ,me enseñó setenta reglas de su ciencia en virtud e la cual podría su quisiese trasladar esta capital al monte Cáucaso o en medio del Océano. Conozco también a todas las personas que están encantadas y, por consiguiente ni debéis extrañaros que haya reconocido al Príncipe.
__Entonces __replicó el Sultán__, te ruego, si puedes, que le hagas recobrar su primitiva forma.
__Estoy pronta a obedecer vuestras órdenes,
La Princesa fue a su habitación y trajo un cuchillo en cuya hoja se veían grabadas palabras misteriosas. Bajamos todos a un patio secreto de Palacio, y dejándonos en una galería, avanzó al centro donde describió un gran círculo trazando en él algunos caracteres llamados de Cleopatra.
Entro luego en dicho círculo a recitar algunos versículos, e insensiblemente se oscureció la atmósfera de tal modo, que casi nos vimos envueltos en las tinieblas de la noche. De repente, apareció el Genio que me había encantado, apareció bala forma de un león de espantosa magnitud.
__Monstruo __le dijo la princesa__, en vez de humillarte delante de mi, te presentas con esa horrible apariencia queriendo intimidarme.
__Y tú __ replicó el león__, ¿no temes faltar al convenio que hemos hecho de no estorbarnos el uno al otro?
Y abrió una boca enorme, dispuesto a devorarde la joven, pero ésta estuvo a tiempo de arrancarse un cabello e la cabeza, cabello que transformó en hacha, con la cual, dividió al león de un golpe en dos pedazos. Sólo quedo de la fiera la cabeza! Que al punto se transformó en escorpión; entonces la princesa tomó la forma de serpiente y se trabó un rudo combate, cuya peor parte fue para el escorpión, que huyó convertido en águila. La joven, convertida también en águila, le siguió al espacio con rápido vuelo, y los perdimos completamente de vista.
Poco minutos después se entreabrió la tierra y salió de ella un gato negro y blanco; traía el pelo erizado y maullaba de una manera triste. Perseguíale un lobo con tal pertinacia, que el animal se cambió en gusano, y fue a parar dentro de una granada, en la que se ocultó. La fruta aumento de tamaño elevándose hasta el techo de la galería, desde la cual cayó al suelo y se hizo pedazos. El lobo, trasformado ya en gallo, empezó a comer los granos de la granada, y cuando no vió ninguno se dirigió a nosotros con las alas abiertas, pero al volverse vió que había quedado uno a la orilla de un canal que por allí pasaba. Lanzóse a cogerlo con la rapidez del relámpago, pero el grano cayó en canal convertido en pescado. Tomo el gallo igual forma, y ambos permanecieron en el agua por dos horas enteras, hasta que oímos unos gritos tan horribles que se nos helo la sangre en las venas, y el Genio y la Princesa se presentaron en el patio rodeados el uno y la otra de humo negro y de unas llamas que amenazaban incendiar todo el palacio. El Genio en una de sus peripecias de lucha,, vino hacia nosotros arrojándonos torbellinos de fuego, y hubiéramos pereció de no ser por el socorro de la princesa, que voló enseguida a nuestro auxilio. Sin embargo, el Sultán perdió achicharrada la barba, el jefe de los eunucos quedó casi asfixiado y una chispa me abrazó a mi el ojo derecho.
De pronto vimos a la princesa en su figura natural,. Gritando: ¡Victoria! Y al Genio convertido a sus pies en un montón de cenizas. Sol de la Mañana pidió a su esclavo una taza llena de agua que virtió sobre mi cabeza, y en el acto volví a mi propia forma, pero con un ojo de menos.
Dí gracias a la Princesa, y ésta en vez de responderme, dijó a su padre con un acento dr amargura:
__He conseguido un triunfo que me cuesta muy caro, porque me quedas picos momentos de vida, y es imposible que se célebre la boda que proyectáis. Si hubiera visto el grano de granada, comiéndolo a semejanza de los demás, cuando estaba convertida en gallo, nada habría que temer; pero el Genio se refugió en él y tuve que recurrir al fuego para vencer al monstruo, como lo he conseguido. A pesar de mi superioridad, ha entrado en mi cuerpo una chispa que me está devorando las entrañas, y siento que se acerca mi última hora.
El Sultán y yo comenzamos a llorar y la Princesa a gritar con angustia: 《¡Socorro! ¡Que me abraso! ¡Socorro!》 hasta que después de horribles convulsiones y sacudimientos exhaló el postrer suspiro, quedando, como el Genio, reducida a un montón de cenizas.
Hubiera querido permanecer mono oda mi vida mejor que presenciar aquel horrible espectáculo, cuya pavura aumentaban los gritos del Sultán, loco de dolor por la pérdida de su adorada hija. Acudieron los oficiales y los señores de la Corte, por lo cual se esparció al momento la noticia de la catástrofe, y el pueblo afligido vistió siete días de luto por la muerte de Sol de la mañana, cuyas cenizas fueron puestas en un soberbio mausoleo colocado en el sitio en que murió la Princesa mi bienhechora.
El Sultán después de un mes de enfermedad que le causó la muerte de su hija, me dijo un día que hasta entonces había sido un hombre feliz, y que desde mi llegada a la Corte comenzaba la serie de desventuras, por la cual me ordenaba salir de su reino sin pérdida de tiempo, y si en algo estimaba conservarla vida.
Quise replicar y no pude; su resolución era irrevocable.
Antes de salir de la ciudad me hice afeitar la cabeza y la barba, y tomé el hábito de calenda para venir a Bagdad y presentarme a su gran Califa, generoso y noble como ninguno. Aquí encontré al otro hermano calenda que acaba de hablar, y ya sabéis señora, la causa de hallarnos en vuestro palacio. regresar a la ha. de los tres calendas y las 5 damas de Bagdag     Volver a índice

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