4.2.1. Historia del envidioso y el envidiado

image001n una inmensa ciudad Vivían dos hombres cuyas casa estaban una inmediata de la otra. Uno de ellos concibió tal envidia a su vecino, que éste determinó mudar de habitación. Pero no fue bastante a disminuir el odio de su rival, y así era que vendió la casa y con el poco dinero que pudo reunir, se trasladó a la corte del reino y en ella compró una pequeña quinta con jardín, en cuyo centro había una cisterna profunda, de la que nadie usaba

El buen hombre tomó el hábito de derviche para hacer una vida retirada e hizo en la casa varias celdas a fin de alijar a otros derviches; así es que la quinta se vio convertida a poco en una numerosa comunidad visitada por el pueblo todo y por los señores principales de la Corte, que ya conocían las virtudes del nuevo derviche. La fama de su reputación llegó a oídos del antiguo y envidioso vecino, quien determinó ir a la capital a tramar la pérdida y la ruinas del objeto de su odio. Fue al convento, que así podía llamársele a la quinta y dijo al superior que iba a comunicarle asuntos secretos de la mayor importancia. El derviche le recibió con agrado, mandó a los demás que retirasen a sus celdas, puesto que era una hora avanzada de la noche, y a su instancia del envidioso del envidioso infame bajó solo con él al jardín. Empezaron a dar paseos, y al llegar junto a la cisterna empujo el hombre perverso al honrado derviche, y éste quedó sepultado en el fondo sin que nadie presenciase acción tan criminal. Huyó el envidioso fuera del convento, apresurándose a regresar a su pueblo, bien convencido de que su antiguo amigo no existía. Pero la cisterna estaba habitada por hadas y por genios, que socorrieron al derviche de un modo tan eficaz que ni siquiera se hizo daño con el golpe tremendo de la caída. Pronto oyó una voz que le decía:

__¿Sabéis quién es el hombre que acaba de caer a la cisterna?

__No __respondieron otras.

__Pues bien _continuó la primera__, es una persona caritativa que abandonó la ciudad donde vivía con objeto de curar a uno de sus vecinos de la envidia que le devoraba el alma. El envidioso, lleno de ira al saber la justa estimación de que su rival goza en este país, vino a él para darle muerte, lo cual hubiese conseguido a no ser por el auxilio que hemos prestado a ese excelente hombre. Su fama es tan grande, que el Sultán debe llegar mañana para recomendarle a su hija, que está poseída de espíritus malignos.

__¿Y qué es lo que hará el derviche para librar de ellos a la Princesa?

__Voy a decíroslo __ replico la primera voz__, Hay en el convento un gato negro con una pequeña mancha blanca en la col, si se arrancan siete pelos blancos y después de quemarlos se perfuma con su olor la cabeza de la joven, está se verá para siempre libre del mal.

No perdió el buen derviche ni una palabra de la extraña conferencia de los genios y las hadas, que guardaron un silencio profundo el resto de la noche. Al día siguiente echó de ver el derviche un agujero por donde pudo salir con facilidad, y refirió en el convento a sus compañeros el crimen que se había querido perpetrar. Retirase luego a su celda, y cuando entró el gato negro a hacerle sus caricias de costumbre, le arrancó de la mancha los siete pelos blancos, de los que se serviría en caso de necesidad.

Llegó en efecto el Sultán acompañado de la Princesa, su hija, y de una brillante comitiva, y el derviche ejecutó puntualmente lo que había oído decir a las hadas en la cisterna, y con tal acierto y eficacia, que los espíritus diabólicos salieron del cuerpo de la Princesa, que enajenada de gozo al verse libre, se arrojó en brazos de su padre. Este beso con respeto la mano del derviche y preguntó, volviéndose a los cortesanos:

__¿Qué recompensa merece el hombre que ha curado a mi hija?

__Ser su esposo __ contestaron todos.

__Eso es justamente lo que yo pensaba __continuó el Sultán__, y la boda se celebrará en este momento.

Poco tiempo después murió el primer Visir, a quien sustituyo el derviche, y muerto también el Sultán sin dejar hijos varones, fue nombrado su yerno por aclamación para reemplazarle en el trono.

Iba un día por la calle seguido de su corte vio al envidioso dentro de la muchedumbre que agolpaba a su paso.

__Traedme aquí a ese hombre __dijo en voz baja a uno de los visires__, y cuidad de no intimidarlo.

Obedeció el Visir, y cuando el envidioso estuvo en presencia del Sultán, le dijo éste:

__Amigo mío, tengo una gran satisfacción en volver a veros __y dirigiéndose a uno de sus oficiales, continuó_

_: Que se den a este hombre mil monedas de oro, veinte camellos cargados de ricas mercaderías y una guardia que lo acompañe y escolte hasta su casa con toda seguridad.

Y despidiéndose del envidioso, prosiguió su interrumpida marcha.

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