3.1. Historia del Rey griego y su médico Dubán

image002abía en el Estado de Zuman, en Persia, un rey cubierto de lepra.
Sus médicos habían puesto en práctica todos los medios que su ciencia le sugería para curarle, aunque inútilmente, cuando llegó a la Corte un médico habilísimo llamado Dubán.
Este había aprendido cuanto sabía en los libros griegos, persas y turcos, y conocía al dedillo las cualidades buenas y nocivas de las plantas y de las drogas.
Sabedor de la enfermedad del Rey y de que había sido desahuciado por sus médicos, encontró el ,medio de hacerse presente al soberano.
__Señor __le dijo__, si me queréis conceder el honor de aceptar mis ser5vicios, me comprometo a curaros.
__Si hacéis lo que decís __repuso el Rey__, os aseguro que colmaré de riquezas a vos y vuestros descendientes.
Retiróse el médico a su casa e hizo un mazo de madera con el mango hueco, perforado de una manera casi imperceptible, en el que colocó la droga de que pensaba servirse.
Hecho esto fabricó una bola a su capricho, y provisto de ambos objetos se presentó al día siguiente a Su Majestad y le dijo que era preciso que montase a caballo y fuese a la plaza pública a jugar al mallo.
Obedeció el Rey y cuando estuvo en el lugar designado para el juego, se acercó el médico y le dijo, entregándole el mazo ya preparado:
__Tomad , señor; empujad esta bola con el mazo que os presento, hasta que a fuerza de hacer ejercicio sintáis la mano y el cuerpo bañado de sudor. El remedio medicinal que he puesto en el mango penetrará por los poros al contacto, del calor de la mano; entonces volveréis a palacio para daros un baño, acostándoos enseguida, y al amanecer estaréis curado completamente.
Obedeció el Rey los mandatos del médico sin apartarse de sus sabios consejos, y, en efecto al día siguiente se levantó con el cuerpo sano y limpio de tal suerte, que no quedaron huellas de la horrible dolencia que antes le afligís. Hizo comparecer ante si a los cortesanos para manifestarles el triunfo de Dubán, y todos manifestaron un gozo indecible.
Cuando el médico entró en el salón del trono y fue a postrarse a las plantas del Rey, éste le abrazó elogiándole como se merecía, y aun le invito a sentarse con él a la mesa real, favor insigne, desconocido por los súbditos de aquel país. Además, le dio dos mil cequíes, y le hizo, en una palabra, objeto de sus continuas deferencias.
Ahora bien, este Rey tenía un gran Visir avaro, envidiosos y capaza de cometer los más horrendos crímenes con tal de satisfacer sus malvados sentimientos.
__Señor__ le dijo__, es muy peligroso para un soberano confiar a ciegas en un hombre cuya fidelidad no ha sido probada. Colmáis de beneficios a Dubán, sin saber si es un traidor que se ha introducido en vuestra corte con ánimos de asesinaros. Estoy muy bien informado, y puedo afirmar sin temor a ser desmentido, que Dubán ha salido del corazón de Grecia y venido aquí con el horrible designio que acabo de hablar a Vuestra Majestad.
__No, no Visir __interrumpió el Rey__; estoy seguro que ese hombre al que calificáis de pérfido es el ,más virtuoso que existe en el mundo y al que más quiero. Comprendo lo que pasa: su virtud excita vuestra envidia; pero os aseguro que no me inclinaré injustamente en contra suya Recuerdo muy bien que un visir dijo al rey Sindbad, su señor para impedir que este diese muerte a su hijo.
__Señor __interrumpió el visir envidioso__, suplico a Vuestra Majestad que me perdone el atrevimiento de suplicarle que me refiera lo que el visir del rey Sindbad dijo a su señor para impedir que diese la muerte al príncipe, su hijo.
__Este visir __contestó el rey__, después de haberle expuesto como cometía una acción de la que luego tendría que arrepentirse si daba oídos a las acusaciones de su suegro, le contó, la historia del marido y el papagayo.

Cuando el Rey griego hubo concluido la historia que antecede:
__Y vos, visir __añadió__, impulsado por la envidia, queréis que de muerte al médico Dubán, que ningún daño os ha hecho; pero me guardaré muy bien de seguir tal consejo, para no arrepentirme como el buen hombre del cuento que mato a su papagayo.
__Señor __replicó el infame Visir, decidido a perder el médico__, cuando se trata e asegurar la vida de un rey, la simple sospecha, la acusación sola equivale a la certidumbre, y más vale sacrificar un inocente que salvar al culpable. Lo repito una vez más: el médico Dubán quiere asesinaros, y no es la envidia, sino el amor a mi soberano lo que me hace dar este aviso a Vuestra Majestad .
Señor, sino tomáis las debidas precauciones, os será funesta la confianza que tenéis en el médico Dubán; y yo con seguridad que es un espía infame, pagado por los enemigos de Vuestra majestad para atentar a su preciosa vida. Os ha curado, es verdad, pero quizá nada más en apariencia y no radicalmente
¿Quién sabe si sus remedios no producirán con el tiempo efectos mortales?
El Rey griego hombre de cortos alcances, no tuvo bastante penetración para conocer la negra perfidia de su Visir, ni tampoco suficiente firmeza de carácter para persistir en su primera resolución.
Las últimas palabras del Visir lo convencieron de lo que antes no quiso creer.
__Visir __le dijo__, tienes razón y tal vez halla venido ese médico a la corte a quitarnos la vida, lo cual le es muy fácil conseguirlo por el simple olor de una de sus drogas.
Cuando el Visir vio al Rey en la disposición de ánimo que quería, añadió que el medio más seguro de librarse de tan terrible enemigo consistía en prender al médico Dubán y cortarle enseguida la cabeza, horroroso designio que fue aceptado por el Rey.
Así, pues, llamó éste a uno de sus oficiales para que fuese en busca del médico, quien apenas recibió el aviso, se apresuró a ir a Palacio.
__¿Sabes __le pregunto el Rey__ para que te he hecho venir -No señor _-, respondió Dubán__, y espero que Vuestra Majestad se sirva de decirme el objeto de su llamada.
__Pues te he mandado buscar para librarme de tí quitándote la vida.
__Señor __exclamó el infortunado Dubán__, ¿por qué voy a morir? ¿Que crimen , ni qué delito he cometido?
__He sabido por buen conducto __replico el rey__ que eres un espía y que quieres atentar contra mi vida, y para evitarlo voy a arrancarte la tuya. Descarga el tremendo golpe __añadió dirigiéndose al verdugo que estaba presente.__, y que tu alfanje me liberte de un pérfido que se ha introducido en la Corte para asesinarme.
El médico recurrió entonces a la súplica y exclamó:
__Señor, prolongadme la vida, que Dios prolongará la de Vuestra Majestad; no me hagáis morir, porque Dios podría trataros del mismo modo….

__El Rey Griego _continuó__, en vez de condolerse a escuchar las plegarias del médico, replicó con excesiva dureza:
__Tengo necesidad absoluta de que perezcas para que no me quites la vida de una manera tan ingeniosa y sutil como me has curado.
El médico, anegado en amargo llanto, y vista la ineficacia de su ruego, se decidió, o por mejor decir, se resignó a recibir el golpe mortal. El verdugo le vendó los ojos, después de atarle las manos, y ya se disponía a desenvainar el alfanje, cuando los cortesanos, movidos a compasión, suplicaron al Rey que perdonase a Dubán, de cuya inocencia estaban prontos a responder.
Pero el soberano se mostró inflexible y les habló en términos tan duros, que nadie se atrevió a proferir ni una palabra más.
El médico ya de rodillas, y con los ojos vendados, dirigió por última vez la palabra al Rey y le dijo:
__Señor, puesto que Vuestra Majestad no quiere revocar la horrible sentencia, le ruego al menos que me permita ir a mi casa para dar el postrer adiós a mi familia, hacer algunas limosnas, y legar mis libros a personas que hagan buen uso de mi recuerdo.
Entre ellos hay uno que quiero regalar a Vuestra Majestad, libro precioso y digno de figurar entre los objetos de un tesoro. Contiene muchas cosas curiosas, y la principal consiste en que cuando me hayan cortado la cabeza, si Vuestra Majestad se digna abrir el libro a la sexta hoja y leer al lado izquierdo el tercer renglón, mi cabeza responderá a todas las preguntas que Vuestra Majestad se digne hacerle.
El Rey, lleno de curiosidad por ver tal maravilla, permitió a Dubán que fuera a su casa.
Puso el médico en orden sus negocios, y como se había esparcido el rumor de que a su muerte iba a verificarse un prodigio inaudito, los visires, los imanes, los oficiales superiores y toda la Corte, en fin fue al siguiente día a Palacio para ser testigo de la triste y a la par extraña ceremonia.
Compareció a la hora señalada el médico Dubán, el cual con un gran libro en la mano, avanzó hasta las gradas del trono y dijo al Rey:
__Tomad, señor, este libro; cuando mi cabeza esté separada del tronco, mandad que sea colocada en una palangana y la sangre cesará de correr; abrid entonces el libro, y la cabeza responderá a todas las preguntas que se le dirijan, pero permitídme, señor que implore otra vez clemencia de Vuestra Majestad; en nombre de Dios compadeceos de un hombre que es inocente.
__Tus ruegos son inútiles __replicó el Rey__; y quiero que mueras, aunque no sea mas que por el placer de oír a tu cabeza.
El Rey tomo el libro de manos del médico y ordenó al verdugo que cumpliese con su deber.
La cabeza fue cortada tan diestramente que cayó en la palangana y la sangre se detuvo al momento. Entonces y con gran asombro del Rey y de los espectadores, la cabeza del médico abrió los ojos y tomando la palabra dijo:
__Abra el libro Vuestra Majestad.
Obedeció el Rey, y como quiera que la primera hoja estaba pegada contra la segunda, se humedeció el dedo con la lengua para volverla sin dificultad, operación que repitió hasta la sexta hoja, en blanco, como las precedentes.
__Aquí no hay nada escrito:__exclamó el Rey.
__Volved aún algunas cosas más __ respondió la cabeza.
Y el soberano continuó siempre llevándose el dedo a los labios, hasta qué hizo su efecto el veneno de que estaba impregnado el papel del libro.
Cuando el médico Dubán, o su cabeza, hablando con propiedad, vio que no quedaban al Rey más que algunos
momentos de vida exclamó con acento sepulcral:
__¡Tirano! Así deben perecer los príncipes que abusando de su autoridad sacrifican a los inocentes. Tarde o temprano, Dios castiga siempre sus injusticias y sus iniquidades.
Apenas profirió estas palabras, perdió la cabeza lo pico que le quedaba de vida. Y el Rey exhaló el último suspiro regresar a historia de un pescador        volver a indice

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