2. El mercader y el genio

image001eñor, había en otros tiempos un mercader que poseía grandes riquezas en esclavos, tierras, mercancías y oro. Obligado de cuando en cuando a viajar para arreglar algunos asuntos de su comercio, montó un día a caballo, llevando buena provisión de galletas y dátiles para alimentarse en el desierto que iba atravesar. Terminados sus negocios emprendió el regreso a su casa.
Al cuarto día de marcha sintióse tan sofocado por los ardorosos rayos del sol que calcinaban la tierra, que separándose un poco de su camino, busco la sombra bajo la copa de unos árboles que se divisaban a lo lejos. Al pie de un nogal encontró una fuente de agua cristalina, y, echando pie a tierra, se dispuso a descansar.
Sentóse junto al manantial y saco del zurrón las provisiones que le quedaban. Al comer los dátiles arrojó a uno y otro lado los huesos, y terminado su frugal desayuno, lavóse el rostro, las manos y los pies, como buen musulmán, y rezo su oración de costumbre.
Estaba todavía de rodillas, cuando se le apareció un genio de gran estatura cuya cabeza estaba cubierta con la nieve de los años y que, adelántandose hacia él, espada en mano, le dijo con acento terrible:
__Levántate, porque voy a matarte como tu acabas de matar a mi hijo.
Asustado el mercader por la figura del monstruo y por sus tremendas palabras, respondió temblando:
__¡Ah, mi buen señor! ¿Que crimen he cometido para merecer tal suerte? No conozco ni he visto jamás a vuestro hijo.
__Pues qué, ¿Acaso no has arrojado los huesos de los dátiles?
__Es verdad; no puedo negarlo
__Pues bien __ replicó el genio__, mi hijo, que pasaba junto a tí, recibió un hueso en un ojo y quedo muerto en el acto. No hay compasión para tí y te voy a arrancar la vida,
__¡Misericordia, señor! __exclamó el mercader__ Si he matado a vuestro hijo, lo hice inocentemente y soy digno del perdón.
El genio en vez de contestar, asió, al mercader y, derribándole al suelo, levantó la espada para cortarle la cabeza, sin enternecerse por los lamentos de su víctima, que se acordaba de su esposa y de sus hijos.
Cuando el mercader vió que el genio le iba a cortar la cabeza, dió un grito horrible y dijo.:
__Por favor, deteneos y oídme una palabra. Ya que vaís a quitarme la vida, concededme un plazo que necesito para despedirme de mi familia, hacer mi testamento y arreglar mis asuntos, y juro por Dios del cielo y de la tierra que volveré puntualmente para someterme a vuestra voluntad.
¿Y cuánto tiempo necesitas? __pregunto el Genio.
__Os pido un año, pasado el cual me encontrareís junto a este mismo árbol dispuesto a renunciar a la vida
__¿Pones a Dios por testigo de tu promesa?
__Sí __replico el mercader__, y podéis descansar en la fe de mi juramento.
El Genio, al oír estas palabras, desapareció, y el mercader, con el ánimo más tranquilo que al principio, monto a caballo y continuó su camino. Su mujer y sus hijos lo recibieron con grandes manifestaciones de alegría: pero el infeliz se echo a llorar al recordar tal juramento, y, para explicar la causa de su tristeza, refirió cuanto le había sucedido en el camino.
La esposa y los hijos del mercader prorrumpieron en gritos de desesperación, y la casa toda presentaba un espectáculo conmovedor.
El mercader pagó sus deudas, hizo regalos a sus amigos y limosnas a los pobres, dió libertad a sus esclavos de ambos sexos, dividió los bienes entre sus hijos, y como había transcurrido el año le fue preciso partir.
Es imposible describir la escena que tuvo lugar al despedirse el mercader de su familia, que quería morir con él y no separarse ni un momento de su lado.
Después de muchas reflexiones y de inútiles consuelos, se desprendió de los brazos de su amante esposa y de sus hijos, fue al sitio designado junto a la fuente, y allí espero al Genio con la tristeza que es fácil de adivinar y propia de un hombre que va a morir.

Scheznarda, al llegar a este punto, noto que era de día, y como sabía que el Sultán celebraba entonces el  Consejo, guardo silencio.

Diznarda exclamó:

__¡Qué cuento tan maravilloso!

__Lo que queda es mejor todavía __dijo su hermana__, y te convencerías de ello si el Sultán me dejase vivir hoy para continuar esta noche la interrumpida historia.

Schariar, lleno de curiosidad, accedió a la indicación, levantóse y fue a presidir el Consejo.

El Gran Visir, entretanto, presa de cruel inquietud, no había podido dormir pensando en la triste suerte que aguardaba a su hija.

Su asombro no tuvo límites cuando, al entrar no oyó de la boca del Sultán la fatal sentencia.

Al día siguiente, y a la hora convenida, dirigió Diznarda a su hermana las palabras del día anterior, y el Sultán añadió con impaciencia:

__Sí, termina el cuento, porque anhelo ya saber su desenlace.

Scheznarda continuó así:  El genio y los tres viejos

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