2.1.2. Historia del anciano y de los dos perros negros

las mil y una noche edic. universales Bogotá»

 

image001
Sabréis,  _dijo el viejo__ , que nosotros somos tres hermanos, estos dos perros que veis y yo, que soy el tercero, nuestro padre al morir nos dejo a cada uno mil cequíes, y con esa suma abrazamos los tres la misma profesión y nos hicimos mercaderes. Algún tiempo después de abrir la tienda mi hermano quiso comerciar en países extranjeros y emprendió un viaje, llevándose mucho género.
Un año duró su ausencia.
Al cabo de este tiempo se presentó un pobre pidiendo limosna a la puerta de mi tienda.
__Dios te perdone __ le dije.
__Y a ti también __me respondió el mendigo__, ¿Es posible que no me reconozcas?
Entonces le miré con atención y vi que era mi propio hermano.
Le abrace, le hice entrar a mi casa, y le pedí noticias de su viaje y de su situación.
__Nada me preguntes __ exclamó__, porque te afligirás al saber el cúmulo de desgracias que han caído sobre mí de un año a esta parte.
Compadecido de su triste suerte, le dí mis mejores trajes y, además, la cantidad de mil cequíes, o sea la mitad de la fortuna que yo poseía, con cuyo auxilio se dedicó de nuevo a los negocios y vivimos juntos como en otro tiempo.
Poco tiempo después quiso viajar también mi segundo hermano.
Hicimos cuanto fue posible para que desistiese de su proyecto, pero todo fue inútil, y al cabo de un año volvió en la misma situación que el hermano mayor.
Le dí otros mil cequíes que tuve de ganancia durante el período de su ausencia, abrió una tienda nueva y continuó el ejercicio de su profesión
Sin que les sirviese de escarmiento lo que les había sucedido, me propusieron mis hermanos que emprendiese con ellos un viaje para comerciar en el extranjero, a lo cual me negué resueltamente, hasta que, después de cinco años de continúas súplicas, accedí a sus deseos. Tratóse de comprar los géneros y mercancías que eran indispensables, y confesaron que no poseían ni un solo cequí.
Ni una palabra de recriminación salió de mis labios; ví que era dueño de seis mil cequíes, di mil a cada uno de mis hermanos, me reserve igual suma para mí, y enterré lo restante en un sitio seguro para prevenirme contra las eventualidades que pudieran sobrevenir a nuestro comercio. Fletamos un barco por cuenta propia, y con un viento favorable nos hicimos favorablemente a la vela.
Después de dos meses de navegación, llegamos con facilidad a un puerto donde vendíamos tan ventajosamente nuestras mercancías, que gané en ellas el mil por ciento. Allí compramos géneros y productos del país para llevarlas a otros. Pocos días faltaban ya para el embarque y regreso a la patria, cuando encontré a la orilla del mar a una dama hermosa, pero vestida con suma pobreza.
La dama se acerco a mí, me besó la mano, y me rogó con insistencia que le permitiera embarcarse en nuestro buque. Yo, no sólo consentí en ello, sino que, cautivado por su hermosura y su porte, me casé con ella, y a los pocos días nos hicimos a la mar.
Durante la travesía descubrí tan buenas cualidades en la esposa que acababa de elegir, que cada día se fue aumentando mi cariño hacia ella.
Mis hermanos, llenos de envidia al ver que la felicidad me sonreía por todos lados, llevaron sus celos hasta el punto de conspirar contra mi vida, y una noche mientras dormíamos nos arrojaron al mar.
Felizmente, mi mujer era hada, y me salvó de una muerte cierta.
__Ya ves __me dijo__ que salvándote la vida no he recompensado mal el bien que me hiciste. Soy hada, habito en las orillas del mar, y adopte aquel pobre disfraz para probar la bondad de tu corazón, del cual estoy satisfecha: pero ahora es preciso que castigue a tus crueles hermanos sumergiendo el barco en que navegan.
__Te suplico que los perdones _le dije entonces__, porque prefiero ser con ellos tan generoso como hasta aquí.
Conseguí aplacarla con mis ruegos, me transportó a mi casa, y desapareció en seguida. Desenterré el dinero, y abrí la tienda, que se lleno de parroquianos y de vecinos que fueron a felicitarme por mi regreso. Al entrar en el patio de la casa encontré a estos dos perros negros, que me miraron con sumisión y humildad.
Ignoraba de donde procedían aquellos animales cuando vino mi esposa a decirme que una de sus hermanas, hechicera como ella, había sumergido el buque en que iban mis ingratos hermanos y reducidolos a la forma de animales irracionales, en la cual vivirán diez años como justo castigo a su perfidia. retornar al genio y los 3 viejos         Volver a índice

2 comentarios en “2.1.2. Historia del anciano y de los dos perros negros”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s