2.1. El genio y los tres viejos

image002ientras aguardaba en situación tan cruel, apareció un anciano con una cierva. saludaron se el uno y el otro, y el viejo le pregunto::

__Hermano mío, ¿para qué habéis venido hasta lugar inseguro y desierto que sólo pueblan espíritus malignos?

El mercader entonces refirió su aventura, y el anciano exclamó:

__He aquí un suceso extraño y terrible, puesto que os halláis ligado por medio de juramento inviolable. Quisiera presenciar vuestra entrevista con el Genio.

Al decir estas palabras, llegó otro anciano seguido de dos perros negros, preguntó a los viajeros lo que hacían en aquel sitio, el viejo de la cierva satisfizo su curiosidad, y el recién venido resolvió quedarse también para ser testigo de lo que iba a suceder. Apareció a la sazón un tercer anciano; hizo las mismas preguntas que el segundo y el primero, y tomó asiento entre los dos con el objeto de ver el fin de la triste aventura.

De repente, vieron a lo lejos un vapor espeso parecido a un torbellino de polvo impulsado por el viento, vapor que al acercarse a ellos se disipó dejando ver la figura gigantesca del Genio. Este se aproximo con la espada en la mano al pobre mercader y le dijo: asiéndole de un brazo:

___Levántate, que voy a matarte del mismo modo que tu has matado a mi hijo.

Cuando el viejo de la cierva se convenció de que el mercader iba a morir infaliblemente, se arrojó a los pies del genio y le dijo:

__¡Príncipe de los Genios! Os ruego yo con la mayor humildad que me escuchéis antes de descargar todo el peso de vuestra cólera. Voy a contaros mi historia y la de esta cierva que veis aquí. Si la creéis más sorprendente y maravillosa que la aventura del mercader a quien queréis privar de la vida, ¿perdonaréis al desgraciado el crimen que ha cometido?.

Reflexionó el Genio algunos momentos, y dijo al fin:

__Esta bien , consiento en ello.

__Al ver clarear el día Scheznarda interrumpió su narración y dijo, dirigiéndose al Sultán:

__Señor,  hora es ya de que os levantéis para asistir al Consejo; si lo tenéis a bien, mañana os contaré la historia del anciano y la cierva historia del anciano y la cierva.

Esta es mi historia y la de la cierva no es maravillosa como os dije al principio


__Tienes razón __exclamo el genio__, y en recompensa te concedo la tercera parte de perdón que solicitas para el mercader..

El segundo anciano, que conducía los dos perros negros, se dirigió al genio y le dijo:

__Ahora voy a contar lo que me ha sucedido a mi, y a estos dos perros que me acompañan, y estoy seguro que me concederéis otra tercera parte del perdón para el mercader.

__Si te la concederé __ replico el genio__ , con tal que tu historia sea mas interesante aún que la de la cierva. Entonces el anciano comenzó de esta manera, Pero Scheznarda, al ver la luz del día, interrumpió su cuento

__¡Qué aventuras tan singulares, hermana mía! __exclamo Diznarda.

__pues no son comparables __dijo la Sultana__ con las que te referiré esta noche, si el  Sultán mi señor, me permite vivir unas cuantas horas más.

Schariar no respondió ni una sola palabra, pero fue a presidir el consejo sin dar orden ninguna sobre la vida de la Sultana. Por el contrario , el fue quien, a la mañana siguiente, pidió  la historia del segundo anciano y de los perros negros.

Tal es mi historia, ¡oh Príncipe de los genios!, y creo que os habrá parecido extraordinaria.



__Convengo en ello __dijo el Genio__, y te concedo la tercera parte del perdón que pido para el mercader.

El tercer anciano tomó la palabra y pidió al Genio la misma gracia que sus dos antecesores, esto es que perdonase al mercader la otra tercera parte de su pena, si la historia que iba a contar era mas extraordinaria y curiosa que las que hasta entonces había oído.

Accedió el Genio y el tercer anciano comenzó así

Historia del tercer anciano y la princesa Scirina.

El Genio, apenas hubo terminado el tercer anciano su historia, perdonó al mercader el resto de la pena y desapareció acto continuo.

El pobre mercader, enajenado de júbilo, dió las gracias a sus libertadores y volvió a su hogar, donde, al lado de su esposa y de sus  hijos, vivió tranquilamente muchos años.

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