1. El asno, el buey y el labrador.

«Fábula en las mil y una noche edic. universales Bogotá»

beef-192976_1280Un labrador muy rico tenía varias casas de campo, donde criaba muchos ganados de todas las especies. Vivía en una de ellas con su mujer y sus hijos, y poseía como Salomón, el don de entender la lengua en que hablaban los animales, aunque le era imposible interpretarla a los demás so pena de perder la vida.

Tenía en la misma cuadra un buey y un asno, y cierto día que contemplaba los juegos infantiles de sus hijos, oyó que el buey le dijo al asno:

__No puedo menos que mirarte con envidia al ver lo mucho que descansas y lo poco que trabajas. Un mozo te cuida, te da buena cebada para comer, y para beber agua pura y cristalina: y si no llevarás a nuestro amo a os cortos viajes que hace, te pasarías la vida en completa ociosidad. A mi me tratan de distinta manera y mi condición es tan desgraciada como agradable la tuya. A las doce de la noche me atan a una carreta, trabajo hasta que las fuerzas me faltan, y el labrador, sin embargo, no cesa de castigarme, y luego por la noche me dan de comer unas malas habas secas, Ya ves que tengo razón al envidiar tu suerte.

El asno no interrumpió al buey, pero cuando acabó de hablar le dijo:

__Con razón tenéis fama de tontos, tú y todos los de tu especie. Dais la vida en provecho y beneficio de los hombres y no sabeís sacar partido de vuestras facultades. Cuando os quieren uncir el arado¿ por qué no das unas buenas cornadas y unos cuantos mugidos que asusten a los hombres, te echas al suelo y te niegas a moverte? Sí así lo hicieras ya verías como te tratarían mejor. Si sigues los consejos que te doy, notarás un cambio favorable y me agradecerás lo que te propongo.

El buey prometió obedecerle, y el amo no perdió de la conversación ni una sola palabra.

A la mañana siguiente, muy temprano, fue en busca del buey el gañan.

El animal siguió exactamente los consejos del asno: dio tremendos mugidos, no quiso comer, se echo al pie del pesebre, y el labrador creyendo que estaba enfermo, fue a dar parte al amo de lo que sucedía.

El labrador comprendió el efecto de las indicaciones del asno, y, a fin de castigar a este último como merecía dijo al mozo:

__Lleva al campo al asno en vez del buey, y hazle que trabaje bien.

Dicho y hecho: el asno tiró todo el día del arado y de la carreta, y recibió además tantos golpes, que cuando volvió por la noche a la cuadra no podía sostenerse.

El buey, sin embargo estaba muy contento. Había comido bien y descansado todo el día, así que se apresuró a bendecid y dar nuevas gracias al asno cuando este último entro en la cuadra. El asno no le respondió ni una palabra, y decía para sí: «yo tengo la culpa de lo que me sucede; soy un imprudente. Vivía contento y dichoso, y como mi astucia no encuentre un nuevo medio de salir de esta situación, voy a perder el pellejo». y medio muerto de cansancio se dejo caer en el suelo.

Al llegar a este punto de su narración, interrumpió el gran Visir a su hija:
Merecías ser tratada como el asno, puesto que pretendes curar un mal irremediable o sea llevar a cabo una empresa imposible en la que perderás la vida.
Inquebrantable en sus propósitos, la generosa joven replicó que ningún peligro la haría desistir de poner en ejecución sus designios
__En ese caso __repuso el padre__, fuerza será hacer contigo lo que el labrador le hizo a su mujer
__¿Y que fue ello?

__Escucha con atención pues no he terminado el cuento, y continuo con el cuento del gallo el perro y la mujer del labrador  de la siguiente manera
__Hija mía __añadió el Visir__, tú merecerías que te tratase de la misma manera que a la mujer del labrador.
_Padre mío dijo __dijo Scheznarda__, mi resolución  es irrevocable, y no me hará desistir de ella la historia que acabáís de contar. Yo podría referiros otras que os harán no oponeros a mi designio, y si el cariño paternal se resiste a mi suplica, iré yo misma a presentarme al Sultán.
Obligado al fin,el Visir por la firmeza de carácter de su hija, fue muy afligido a anunciar a Schariar que aquella misma noche le presentaría a Scheznarda. El Sultán se llenó de asombro al
considerar el sacrificio que le hacía el gran Visir, y la facilidad con que le entregaba su propia hija.
__Señor __respondió el Visir__, ella misma se ha ofrecido voluntariamente ; la muerte no la espanta, y prefiere a la vida la honra de ser esposa de Vuestra Majestad.
__Pero ten entendido, Visir, que mañana, al devolverte a tu hija, te ordenaré que le des muerte, y si no me obedeces, te juro que caerá de los hombros tu cabeza.
__Señor __respondió el Visir__, al cumplir con tal decreto se desgarrará mi corazón, pero, aunque soy padre, sabré acallar los gritos de la naturaleza y ejecutaré vuestras órdenes.
El gran Visir fue en seguida a decir a su hija que el Sultán la esperaba, y Scheznarda recibió la noticia con la mayor alegría, que en vano trató de comunicar a su afligido y desconsolado padre.
Púsose la joven en disposición de comparecer ante el Sultán, y momentos antes de salir de su casa, dijo reservadamente a Diznarda;
__Querida hermana, tengo necesidad de que me auxilies en un asunto importante. Voy a ser esposa del Sultán; no te asuste la noticia y escúchame con calma. Cuando llegue a Palacio pediré a Schariar que te permita pasar la noche en el aposento contiguo, para que yo disfrute por última vez de tu compañía. Si, como espero, obtengo este favor, ten cuidado de despertarme una hora antes de que despunte el día, y dime entonces : «Hermana mía, si no duermes, te ruego que me refieras uno de esos preciosos cuentos que tú sabes hasta que venga la aurora» Yo te contaré uno, y por este medio tan sencillo me parece que podré librar al pueblo de la desgracia que pesa sobre él.
Diznarda ofreció cumplir con gusto cuanto su hermana le exigía.
El gran Visir condujo a Scheznarda a Palacio y se retiró, después de haberla introducido en el departamento del Sultán. El Príncipe ordenó a la joven que se descubriese el rostro; obedeció ésta, y lo vio surcado de lagrimas.
__¿ Por qué lloras? __preguntó a su futura esposa.
__Señor __respondió Scheznarda__, tengo una hermana a quien amo con toda mi alma; desearía que pasase la noche junto a mi para darle el último adiós. Creo que no me negaréis este último consuelo.
Schariar consintió en ello y Diznarda fue instalada en un aposento inmediato e la cámara, nupcial.
Una hora, entes del alba dirigió Diznarda  a su hermana el ruego convenido. Scheznarda, en vez de responder directamente, pidió permiso el Sultán pare comenzar el cuento. Aquel se lo otorgó, y entonces empezó de este manera: El mercader y el genio

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