8.1. Viaje del Príncipe Camaralzamán y la Princesa China (parte 2)

El capitán envió la chalupa al buque para recoger las cincuenta vasijas. Como la noche estaba ya próxima, Badoure se retiró a las habitaciones de la princesa Hayatalnefous, e hizo llevar allí las aceitunas. Abrió una de las vasijas y, al observar que las aceitunas estaban cubiertas de polvo de oro, no pudo contener una exclamación de sorpresa. Mando entonces a las esclavas que volcasen todas las vasijas, y cuando le tocó el turno a aquella en la que Camaralzaman había ocultado el talismán, lanzó un grito y estuvo a punto de desmayarse. ` Pero se repuso en seguida, besó repetidas veces el talismán y se retiró a sus habitaciones, después de ordenar que a la mañana siguiente se le presentase el capitán del buque.
Dadme le dijo, cuando fue conducido a su presencia noticias mas concretas y precisas del mercader que es dueño de las aceitunas que compré ayer.
Señor, repuso el capitán, yo había convenido su embarque con un hortelano de edad avanzada, el cual me dijo que le encontraría siempre en su huerto y me indicó el lugar donde trabajaba.
Pues siendo así interrumpió la Princesa, debéis haceros a la vela hoy mismo con rumbo a la ciudad de los idólatras y me traéis al joven hortelano; de lo contrario, confiscaré vuestro buque con todo lo que contiene.
El capitán nada tuvo que oponer a semejante mandato y se hizo al punto a la mar. La travesía fue muy feliz y arribó de noche al término de su viaje. El capitán desembarcó sin pérdida de tiempo, y acompañado de seis marineros se encaminó al huerto. El propio Camaralzamán salió a abrirles la puerta, y antes de que este pudiera darse cuenta de nada, los marineros se apoderaron de él y le condujeron a bordo. El buque levó en seguida anclas, y tras de una travesía no menos feliz que a la ida, fondeó en la isla de Ébano. El capitán, a pesar de ser ya noche muy avanzada, desembarco en la isla para acompañar al Príncipe a Palacio.
En cuanto Badoure tuvo noticias de la llegada de su marido, de acuerdo con Hayatanefous sobre lo que habían de hacer en lo sucesivo, despojóse de su traje femenino e hizo entrar a Camaralzamán en su aposento. El Príncipe la reconoció en seguida y se arrojó en sus brazos enajenado de gozo.
Pasados los primeros transportes de su amor desbordante, sentaronse uno al lado del otro en un diván, y la Princesa le contó a su esposo todo lo que había ocurrido desde el día en que se separaron. El Príncipe, a su vez, le hizo una relación minuciosa de sus aventuras, y como era ya muy tarde cuando terminó, se retiraron a dormir.
A la mañana. siguiente, la Princesa mandó rogar al Rey, su
suegro, que se dignase pasar a sus habitaciones.
Apresuróse Armanos, que tal era el nombre del monarca, a complacer a su yerno y se quedó sorprendido al ver una mujer en compañía de un extranjero.
Señor, le dijo la Princesa, ayer era yo el rey, pero ahora soy la princesa de la China, mujer del verdadero príncipe Camaralzaman, aquí presente. Si Vuestra Majestad se digna tener paciencia para oír mi historia, espero que no me condenaréis por haberos engañado. El rey escuchó, yendo de sorpresa en sorpresa, el relato de la Princesa.
Señor, dijo ésta al terminar, aunque satisface muy poco a las mujeres la libertad que nuestra religión concede a los maridos para tener varias esposas, si Vuestra Majestad consiente en dar a su hija por esposa al príncipe Camaralzamán, yo cedo a Hayatalnefous todas las preeminencias que me corresponden.
Hijo mío, dijo entonces el rey, dirigiéndose al Príncipe, puesto que vuestra consorte, a la que hasta ahora, y, sin motivo de queja, he tenido por yerno mío, asegura que vera sin disgusto que compartáis el tálamo conyugal con mi hija, os la doy por esposa, al mismo tiempo que os cedo el trono.
Camaralzamán fue proclamado rey, y, casado el mismo día con Hayatalnefous, quedó encantado de la belleza y de la gracia de su nueva esposa.
Las dos princesas continuaron viviendo juntas en la mejor armonía, y el mismo año hicieron a Camaralzamán padre de dos hijos.
Los dos principitos fueron criados con amorosos cuidados, tuvieron los mismos profesores e idénticas preeminencias, y a medida que crecían aumentaba el afecto que mutuamente se profesaban.
Como ambos eran igualmente hermosos, las dos reinas concibieron por ellos una ternura indecible, que pronto degeneró en pasión culpable. Badoure se prendo de Asad, hijo de la reina Hayatalnefous, y ésta se enamoró perdidamente de Ambiad, hijo de Badoure. Pero, no atreviéndose a declararles de viva voz su pasión criminal, les escribieron separadamente, y sin comunicárselo una a otra, dos cartas citándolos en sus ,respectivos aposentos la misma noche.
Horrorizados los jóvenes príncipes de lo que se les proponía, dieron muerte a los eunucos que les habían entregado las cartas, pero no dejaron de acudir a las citas, aunque con el exclusivo objeto de recriminar a las dos madres su insensata pasión.
Encolerizadas ambas por la tremenda repulsa, decidieron sacrificar sus hijos a su odio, y con crueldad inconcebible acusaron ante el Rey a los dos príncipes de haber intentado abusar de ellas.
Camaralzamán, ciego de ira, y sin tomarse la molestia de averiguar si había algo de verdad en tan infame acusación, ordenó a un eunuco que condujese a los dos jóvenes al campo y les cortase la cabeza. Afortunadamente, el encargado de ejecutar tan bárbara orden tuvo compasión de los príncipes, y, en vez de matarlos, se limitó a despojarles de sus vestiduras que, manchadas con la sangre de un animal, entregó al Rey.
¿ Has cumplido fielmente_mi mandato? __ le preguntó Camaralzaman.
Señor, repuso el eunuco, aquí tiene Vuestra Majestad la prueba. Con admirable valor y suprema resignación han sufrido el castigo, protestando de su inocencia y perdonando al Rey su padre, que, según afirmaron, había sido engañado.
Hondamente conmovido por el relato del eunuco, Camaralzaman registró los vestidos de sus dos hijos y encontró las cartas que, acompañadas de un rizo de cabellos, avínales enviado Badoure y Hayatalnefous. Comprendió entonces el desventurado Rey la perfidia de sus esposas, y mandó que fuesen encerradas por toda su vida en dos prisiones distintas, jurando que nunca jamás volvería a verlas.
ir a: Historia de los Príncipes Asad y  Ambiad hijos del Príncipe Camaralzamán
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