8.1. Viaje del Príncipe Camaralzamán y la Princesa China (parte 1)

Emprendieron los esposos el viaje, y a los varios meses de camino llegaron a una espléndida llanura, donde decidieron acampar.
Mientras el Príncipe dirigía la colocación de las tiendas de su numeroso séquito, la Princesa se retiró a la suya y, para estar más cómoda, se hizo quitar el cinturón por una de sus esclavas. Cuando Camaralzamán volvió a reunirse con su esposa, ésta dormía plácidamente, viendo el cinturón lo tomó para examinar los brillante y demás piedras preciosas de que estaba guarnecido. De pronto observó que entre el forro y la tela había. un objeto duro, y, excitaba su curiosidad, lo descosió para ver de que se trataba: un cuernecillo de coral, un talismán que la reina de la China había entregado a su hija para que fuese feliz mientras no se desprendiese de él
Camaralzamán salió de la tienda para examinar mejor el talismán y tuvo la desgracia de que se le cayera al suelo. En aquel en aquel momento descendió un pájaro, se apodero del cuernecillo y, llevándoselo en el pico remontó el vuelo, bajando de nuevo al suelo a cada momento.
El príncipe deseando recobrar el talismán recobrar el talismán, siguió al pájaro, sin darse cuenta de que se alejaba del campamento. Al undécimo día pero no por eso dejó de andar y andar el Príncipe, hasta que llegó a las puertas de una gran ciudad sobre cuyos muros volvió a ver el pájaro que en aquel momento se tragaba el talismán.
Profundamente afligido, recorrió el Príncipe algunas calles de la ciudad y entró, por último, en un huerto cuya puerta estaba abierta.
Era el hortelano un hombre de muy nobles sentimientos.. Al ver al extranjero abandonó el trabajo, le llevó a la casa, donde le dispensó todas las atenciones de la verdadera hospitalidad, y cuando el Príncipe hubo comido y descansado le preguntó el motivo de su llegada.
Camaralzamán le hizo un completo relato de su aventura, y acabó preguntándole cuando y cómo podría regresar a la capital del reino de su padre.
¡Ah, hijo mío le contestó el hortelano. Desde esta ciudad a los países en que gobiernan los musulmanes hay un año de camino. Por mar se llega en mucho menos tiempo; pero habéis de esperar un ano hasta que salga el buque que va a la isla de Ébano, desde donde os podréis trasladar fácilmente a la isla de los Niños Calendas. Entretanto, si queréis esperar todo ese tiempo, os ofrezco mi casa con mucho gusto.
El Príncipe aceptó el ofrecimiento y quedó en casa del hortelano.
Dejémosle allí para reunirnos con la Princesa.
Cuando la hermosa joven se despertó, sorprendióse desagradablemente de no ver en la tienda a su esposo; luego, viendo que las horas transcurrían sin que el Príncipe volviese, comenzó a dejarse vencer por la mas honda tristeza, y cuando llegó la noche, sospechando que a su esposo le había ocurrido alguna desgracia, se sobrepuso a su dolor y tomó una resolución poco común en su sexo. Únicamente sus esclavas estaban enteradas de la desaparición del Príncipe, y esta circunstancia favoreció sus planes. Prohibióles, bajo pena de muerte, que hablasen con nadie de lo que ocurría, vistióse con las ropas de su marido, y en cuanto amaneció el nuevo día montó en un caballo, colocó a una de sus mujeres en la litera y ordenó que se reanudase el viaje.
Tenia un parecido tan sorprendente con el Príncipe, que nadie en el campamento sospechó de la superchería.
Al cabo de varios meses de viaje por tierra y por mar, arribó felizmente el buque que la conducía a la capital de la isla de Ébano.
Al punto se propagó la noticia de que acababa de llegar en aquel buque el príncipe Camaralzamán, que realizaba un viaje de placer, y apenas llegó el rumor a oídos del Rey se trasladó éste al puerto en el momento que desembarcaba el supuesto Príncipe. El soberano, que creía ver en Badoure el hijo de un Rey poderoso y amigo, le dispensó una acogida cariñosísima, lo hospedó en su palacio y mandó que se celebraran festejos en su honor.
Transcurridos tres días, Badoure expresó su deseo de volver a embarcarse para proseguir su viaje; pero el Rey, que estaba encantado del que él suponía Príncipe, le dijo:
Señor, como veis, soy ya muy ,viejo y Dios no me ha concedido la gracia de darme un hijo que ‘me suceda en el trono.
Tengo sin embargo, una hija bellísima, y digna en todo de un Príncipe como vos. Tomadla, pues, por esposa, junto con mi corona, que pondré en vuestras manos el mismo día de la boda, y renunciad a abandonar este reino.
La princesa Badoure se quedó un momento perpleja: ¿cómo iba a tomar esposa no siendo hombre? Pero, como era pronta en sus resoluciones, pensó que tal vez aseguraría así un reino a su esposo, y contestó sin vacilar: Grande es el honor y la merced que me hacéis y sería muy ingrato si los rehusase. Acepto; pues, vuestra hija y vuestra corona, a condición, empero, que nunca me han de faltar vuestros consejos, cuando de gobernar el reino se trate.
Quedó así convenido, y a los pocos días se celebraba solemnemente la ceremonia del casamiento del supuesto Camaralzamán con la hija del rey de Ébano, que se llamaba Hayatalnefous.
En cuanto los nuevos esposos se hallaron solos en su dormitorio, la princesa Badoure se arrojó a los pies de su esposa y le dijo:
Amable y bellísima Princesa, reconozco toda la gravedad de mi falta y me culpo y condeno a mí misma; pero confío en vuestra bondad y en que, cuando conozcáis mi desgracia, me perdonaréis y no revelaréis jamás el secreto de lo que voy a deciros. Y le hizo un minucioso relato de su vida.
Princesa, repuso Hayatalnefous, cruel ha sido el Destino separándoos tan pronto de un marido tan amante y tan amado, y hago votos porque os volváis a reunir cuanto antes. Entretanto, os juro que guardará vuestro secreto, en la confianza de que seguiréis gobernando el reino tan dignamente como habéis comenzado. Os pedía un amor que no podéis otorgarme; pero me consideraré feliz si no me consideráis indigna de vuestra amistad.
Dicho esto, las dos Princesas se abrazaron y besaron con ternura.
Entretanto, el príncipe Camaralzaman continuaba en la ciudad de los idólatras, en casa del hortelano, cultivando la tierra.
Cierta mañana que, como de costumbre, se dirigía a su trabajo, obligáronle a levantar la cabeza los chillidos de dos pájaros que reñían en lo alto de un árbol. Al cabo de un momento cayó al suelo uno de ellos herido de muerte, y mientras su enemigo remontaba el vuelo, otros dos pájaros, de mayor tamaño, se precipitaron sobre el caído y en un abrir y cerrar de ojos lo transportaron a un hoyo que hicieron con sus garras en el que le dieron sepultura. Hecho esto, volvieron a volar y reaparecieron a los pocos instantes llevando prisionero al pájaro asesino, y depositándolo sobre la tumba de su compañero le quitaron la vida, destrozándolo horriblemente.
Camaralzamán quedó sumamente sorprendido de aquel espectáculo, y cuando desaparecieron los vengadores se acercó al destrozado cadáver y se le ocurrió examinar su interior. ¡Júzguese cual sería su sorpresa al encontrar en el abierto estómago del pájaro el talismán de la princesa de la China!
Repuesto de su emoción, comenzó su trabajo, que consistía aquel día en cortar un árbol. Otra sorpresa le aguardaba: al descargar el primer hachazo en las raíces, oyó un ruido metálico y el arma rebotó, Intrigado por este hecho, el Príncipe apartó cuidadosamente la tierra, dejando al descubierto una plancha de bronce que ocultaba la entrada de un subterráneo. Bajó resueltamente los diez escalones que se ofrecieron a su vista al levantar la plancha y se encontró en una vasta cueva que encerraba cincuenta grandes ánforas llenas de polvo de oro. Salió de la cueva, alborozado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se apresuró a ponerlo en conocimiento del hortelano.
Éste había sabido la víspera que el buque que hacía .la travesía. a la isla de Ébano zarparía dentro de pocos días, y apenas vio al joven le dijo alegremente:
Hijo mío, preparaos para regresar a vuestra patria en el término de tres días. Nada mas grato podíais anunciarme en el estado en que me encuentro.
Y le habló de su hallazgo y de su propósito de entregárselo. El buen hortelano se opuso a aceptar aquel tesoro; pero, al fin, tras larga discusión, se avino a quedarse con veinticinco de las cincuenta ánforas llenas de polvo de oro.
Inmediatamente se hicieron los preparativos para la partida del Príncipe, y para evitar la codicia de los ladrones y los riesgos que podía correr el tesoro, si se traslucía siquiera el contenido de las ánforas, decidieron colocar el polvo de oro en cincuenta vasijas recubiertas de aceitunas, que era un fruto muy estimado en Ébano, donde escaseaban siempre. Así lo hicieron, y temeroso Camaralzamán de que se le perdiese el talismán, lo ocultó entre el oro de una de las vasijas.
El pobre hortelano sea porque hubiese trabajado demasiado aquel día, por la emoción a causa de su edad avanzada, pasó muy mala noche, Y el tercer día estaba gravemente enfermo.
El capitán del buque y varios marineros se presentaron en el huerto para hacerse cargo de las mercancías y prevenir al viajero. ¿Quién es el pasajero que ha de embarcar? preguntó el capitán al Príncipe.
Soy yo __repuso éste. El hortelano que os habló no puede recibiros porque esta muy enfermo; pero esto no impide que llevéis a bordo esas vasijas de aceitunas, que son las mercancías que llevaré a Ébano.
Los marineros cargaron con los bultos y el capitán dijo, al tiempo de retirarse:
Venid en seguida porque el viento es favorable y sólo espero a vos para hacerme a la veía..
Cuando el Príncipe volvió a entrar en el aposento del hortelano, éste agonizaba y a los pocos instantes dejaba de existir.
Camaralzaman se apresuró a lavar el cadáver y darle sepultura en el mismo huerto; pero, por mucha prisa que se dio, cuan do llegó al puerto el buque habíase hecho a la mar.
El desgraciado Príncipe hubo de volver a casa del hortelano, que le había hecho donación de sus bienes, resignado a esperar un año mas cultivando la tierra.
El buque, con viento favorable durante toda la travesía, llegó felizmente a Ébano,
El nuevo rey o, mejor dicho, la princesa Badoure, había ordenado que ninguna nave desembarcara las mercancías que transportase sin que el capitán se presentase antes en Palacio. Así, pues, en cuanto echó el ancla el buque que debía haber conducido a Camaralzamán; su capitán se apresuró a cumplir el bando. El supuesto rey hizo al marino diferentes preguntas acerca de los pasajeros y de las mercancías, y en cuanto oyó decir que entre éstas había cincuenta vasijas de aceitunas, fruto que le gustaba sobremanera, dijo al capitán:
Las compro todas, pero haced que las desembarquen en seguida para que nos arreglemos sobre el precio.
Señor repuso el marino, esas cincuenta vasijas pertenecen a un mercader que se quedó en tierra por no haber Llegado a tiempo.
¿ Qué importa? replicó la Princesa. Haced que las desembarquen, puesto que he de pagar por ellas su justo precio.
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