9. Historia del Principe Zeyn Alasman y del Rey de los Genios

Un poderoso rey de Bassora vivía en la más grande aflicción por carecer de un hijo que heredase la corona, cuando el Cielo oyó al fin las plegarias del monarca, y le concedió el bien que deseaba, o sea, un príncipe que recibió el nombre de Zeyn Alasmán.
Los astrólogos del reino vaticinaron que el recién nacido viviría largos años, aunque no exentos de adversidades y peligros, de los cuales triunfaría con valor y constancia. Murió al poco tiempo el rey de Bassora, y el joven príncipe Zeyn le sucedió en el trono, pero, en vez de seguir los consejos de su difunto padre, se entregó desenfrenadamente a los placeres y a los desórdenes, de tal modo que, después de gastar una cuantiosa fortuna, provocó el descontento de sus pueblos, que estuvieron a punto de sublevarse contra el poder del soberano. Los consejos de la Reina madre, que aún vivía, remediaron el mal a tiempo, y el Príncipe, avergonzado de su conducta, cayó en una melancolía mortal y en una aflicción de que nadie pudo consolarle.
Una noche se le apareció en sueños un anciano venerable que le dijo con benévola sonrisa:
Príncipe Zeyn, si quieres encontrar la felicidad que has perdido, vete al Cairo, donde te espera una gran fortuna. ,
El Príncipe, al despertar, dio a la Reina noticia de su extraña aparición, le confió las riendas del poder y salió una noche solo y secretamente de Palacio en dirección a Egipto. Al llegar allí se durmió rendido de cansancio junto a una mezquita, y en medio de su sueño se le presentó de nuevo el anciano diciéndole:
Estoy contento de ti, y si te he hecho venir a Egipto ha sido para poner a prueba tu valor y tu obediencia. Ahora vuelve a tu reino y en tu palacio encontraras riquezas que te convertirán en el Príncipe más poderoso de tu tiempo.
Zeyn Alasmán volvió a Bassora con menos ilusiones que con las que había ido a Egipto, y refirió a su madre lo poco fructuoso del viaje que había hecho, pero la Reina aconsejó a su hijo que esperase con calma, por ver si se realizaban las predicciones del anciano. Apareció este otra vez al Príncipe y le dijo:
Apenas despunte el día toma un azadón; ve a cavar al gabinete de tu difunto padre y descubrirás un tesoro inmenso.
Algo más animado el Príncipe, y no sin haber participado a su madre la tercera revelación del anciano, fue al sitio designado por éste, y después de un trabajo ímprobo encontró una losa de mármol blanco que daba entrada, por medio de su correspondiente escalera, a. una habitación suntuosísima llena de urnas de pórfido que contenían monedas de oro. Asombrado el príncipe Zeyn a la vista de tantas riquezas, hizo que su madre bajase al subterráneo, y ambos descubrieron una urna mas pequeña que contenía una llave de oro, la cual correspondía exactamente a la cerradura de una puerta por la que entraron la Reina y el Rey, hallándose en un salón donde se veían sobre nueve pedestales de oro macizo ocho estatuas esculpidas cada una de un solo diamante. Aquellas piedras lanzaban unas luces y unos resplandores imposibles de describir.
¡Cielos! exclamó Zeyn sorprendido. ¿Dónde pudo mi padre encontrar tamaños tesoros? .
En el noveno pedestal había un pedazo de raso blanco con estas palabras escritas por el. Rey:
«Hijo mío: Por bellas que te parezcan estas ocho estatuas la novena que falta en su pedestal sobrepuja en mérito a las maravillas mas sorprendentes de la tierra. Si quieres hacerte dueño de tal riqueza, ve al Cairo, busca a un esclavo mío que allí vive, llamado Mobarec, cuéntale lo sucedido y el te enseñará, el lugar en que se encuentra la sorprendente estatua.»
Pasaron pocos días y ya estaba Zeyn Alasmán en el Cairo, en cuya ciudad vivía a Mobarec convertido en un gran señor. Contóle su aventura y el antiguo esclavo besó con respeto los pies del hijo de su señor. ‘
Estoy pronto a acceder a vuestros deseos dijo al Príncipe, pero no debo ocultaros los peligros que debéis arrostrar hasta llegar al paraje en que veremos la estatua.
Todos los desafió replicó el Príncipe, y suceda lo que Dios quiera; estoy dispuesto a soportar resignado la muerte si es preciso.
Mobarec se puso en camino con el príncipe Zeyn, seguidos ambos de un crecido acompañamiento de esclavos. Después de muchos días de marcha, llegaron a la orilla de un gran lago, solos cornpletamente, porque Mobarec había ordenado a la comitiva que se quedase a cierta distancia.
Príncipe, dijo Mobarec, no os asombre el medio extraordinario que se nos presentará para atravesar el lago, y sobre todo os ruego que guardéis durante la travesía el mayor silencio, porque una palabra no mas puede perdernos para siempre.
Al concluir de hablar Mobarec surgió del centro de las aguas un bajel de sándalo; el mástil era de ámbar con una banderola de raso azul, y la cabeza del único barquero que tripulaba el pequeño buque tenía la forma de un elefante y el cuerpo la de un tigre. Aquel monstruo horrible asió con la trompa al Rey y luego a Mobarec, los trasladó en su barca a la orilla opuesta y desapareció en seguida.
Estamos, dijo Mobarec, en la isla del Rey de los Genios, residencia semejante al paraíso que el Profeta guarda para los buenos creyentes.
En efecto, Zeyn no se cansaba de admirar. los campos maravillosos por donde transitaban, hasta que al fin distinguieron un palacio fabricado de esmeraldas, con puertas de oro, y rodeado de árboles gigantescos que daban sombra y perfume a tan sorprendente edificio. Mobarec conjuró con palabras cabalísticas al Rey de los Genios, soberano y dueño de aquel palacio, y en el momento se cubrió la isla de tinieblas, retumbó el trueno antecedido de relámpagos brilladores, silbó el viento con furia horrible y se presentó el Genio, a quien el Príncipe pidió humildemente la novena estatua en la forma que de antemano le había prevenido Mobarec.
¡Que Dios te proteja! exclamó el Genio al ver al príncipe Zeyn Alasmán. Yo soy la visión que se te ha presentado en sueños bajo la forma de un anciano, y sabia por consiguiente lo que hoy ibas a pedirme. Tendrás la novena estatua que deseas, pero antes de designarte el sitio en que puedas encontrarla, júrame traer a presencia mía a la joven de quince años mas bella, mas pura, y que reúna, en fin, las cualidades que tú buscarías en la mujer que fuese tu esposa. Ningún mal le sucederá y su familia volverá a verla tan poderosa y feliz como puede serlo una reina.
Zeyn prometió al Genio llevarle lo que pedía, y, en efecto, volvió a poco tiempo con la hija del gran Visir, reputada por la joven mas virtuosa del reino.
Estoy contento dijo el Genio al ver a la doncella, y ahora regresa a tus Estados, baja al gabinete subterráneo, y en el noveno pedestal, vacío hasta hoy, hallaras la estatua de inestimable valor que tanto anhelas.
Y desapareció en compañía de la joven, no sin inquietud por parte del Príncipe, que comenzaba a amar a la hermosa hija del Visir y que no sabia, además, lo que iba a responder a este cuando le preguntase por ella. Volvió a la capital triste y taciturno, y en unión de su madre la Reina se apresuró a bajar al gabinete para ver la novena estatua. Cuál no sería la admiración de ambos al reconocer en el noveno pedestal a la misma joven que había llevado Zeyn al Rey de los Genios, que apareció de repente en el gabinete y dijo:
Príncipe, he aquí la novena estatua que os estaba reservada: vale mas que todos los diamantes y las riquezas de la tierra, y como sé que la amáis os la dedico para esposa. Sed felices los dos y haced la dicha de vuestros numerosos vasallos.
Sonó un gran trueno, huyó el Rey de los Genios, y Zeyn hizo proclamar a la hija del Visir Reina de Bassora, donde se celebraron fiestas y regocijos en honor de los jóvenes esposos.

Volver a índice

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s