8. HIstoria del Príncipe Camaralzamán y la Princesa China (parte 2)

Caschach miró a los durmientes con admiración y estupor.
Maimocene repuso luego__, te engañaría y me traicionaría a mi mismo si dijese que encuentro en ellos alguna diferencia.. Ambos son incomparablemente hermosos.
El hada se transformó en pulga y picó al Príncipe en el cuello. Camaralzaman se llevó la mano a la parte dolorida, y la dejó caer luego sobre la mano de la Princesa. Sorprendido de hallar una mujer en su propio lecho, se incorporó vivamente, y al punto quedó prendado de aquella joven tan hermosa.
Pero en el momento en que se disponía a despertarla y declararle su amor, le asaltó la sospecha de que aquello era obra del Sultán, su padre, para inducirle al matrimonio, y se contuvo. La Princesa llevaba sortijas en la diestra y Camaralzaman le quito una que sustituyó por otra de las suyas. Hecho esto le volvió las espaldas y se durmió tranquilamente.
Dauhasch se transformó a su vez en pulga y picó a la Princesa, que se despertó sobresaltada, y al ver a un hombre a su lado se quedó de pronto sorprendida, y luego, admirada de la sobre humana belleza del joven Príncipe:
Cómo! __exclamó__; ¿sois vos el esposo que me destina mi padre? ¡Cuanto siento no haberlo sabido, pues no hubiera estado privada tanto tiempo de un marido a quien no puedo Por menos que amar con todo mi corazón l
Dicho esto, la Princesa le tomó la mano procurando no despertarle, vio su anillo en el anular de Camaralzamán, miró el que .éste le había puesto, y no teniendo ya dudas de que era su esposo, volvió a dormirse profundamente. –
Y bien, maldito __dijo el hada a Dauhasch__, ¿estás convencido ya de que el Príncipe es mas hermoso?
Y dirigiéndose al otro Genio añadió: Te doy las gracias por haber acudido a mi evocación. Toma ahora a la Princesa y, ayudado por Dauhasch, llévala a la China, de donde este la ha traído.
Los dos Genios obedecieron.
A la mañana siguiente, Camaralzaman, ciego de ira al notar que la hermosa dama había desaparecido, dio tales muestras de haber perdido el juicio, que no se pudo menos que dar aviso al Sultán.
El pobre anciano, que no había podido prever esta nueva desgracia, se afligió sobremanera, _y envió a su gran Visir para que se informara de lo que ocurría.
-Me alegro de que hayáis venido -le dijo el Príncipe-. ¿Dónde está la mujer que introdujeron anoche aquí por orden de mi padre, suponiendo que me enamoraría de ella? ¡Pronto ¿Dónde está? ¡ Quiero que sea mi esposa!
-Señor -repuso-, no sé una palabra de lo que me decís y temo que se os haya extraviado la razón.
-¿De manera que tú también te has propuesto desesperarme? Pues no te irás sin tu merecido!
Y esto diciendo, el Príncipe agarró por las barbas al Visir y comenzó a descargarla tremendos puñetazos.
Maltrecho y dolorido escapó, al fin, el anciano de manos del príncipe, y dio cuenta al Sultán de lo que le había sucedido, asegurando que Camaralzamán estaba loco.
El Sultán quiso convencerse por sus propios ojos de la nueva desgracia que le amargaba la existencia y, acompañado del Visir, se traslado a la prisión de su hijo.
El Príncipe leía tranquilamente un libro, y al ver a su padre se levantó y acogióle con la mayor cordura y respeto.
El Sultán cambió con el Visir una mirada de alegre sorpresa.
Veamos, hijo mío, ¿qué es lo que te pasa? – preguntó afablemente al Príncipe.
Señor contestó éste-, os suplico que me deis la esposa que anoche introdujisteis en este aposento y reposó en mi lecho.
has debido soñarlo, hijo mío __repuso el Sultán__. Ni yo conozco a esa mujer de que me hablas, ni he tenido jamás semejantes propósitos.
Camaralzamán le hizo entonces un minucioso relato de la escena desarrollada la noche anterior, y terminó con estas palabras:
Vuestra Majestad conoce todos mis anillos ved, pues, si éste me ha pertenecido jamás y decidme si estoy loco como pretende el Visir.
El Sultán reconoció, al fin, que no había sido un sueño, y lamentándose de no disponer de medios para descubrir el paradero de la amada de su hijo, sacó a éste de la prisión y le devolvió todos sus honores. Mas el desgraciado Príncipe enfermó grava mente de amor.
Una escena parecida se desarrollaba al mismo tiempo en la prisión de la Princesa, y el rey de la China, creyendo que su hija había perdido la razón, mandó que la cargasen de cadenas y que sólo la vigilase su nodriza.
Trastornado por el dolor, había publicado al mismo tiempo un bando prometiendo la mano de la Princesa al médico o al astrólogo que la curase y conminando con la pena de muerte al que no lo lograse.
Presentóse un astrólogo, y después de examinar atentamente a la Princesa, dijo que ésta había perdido realmente el juicio, pero que su locura era de amor.
Y el incrédulo Rey mandó decapitar al astrólogo.
Finalmente se presentó un sabio, hermano de leche de la Princesa, hijo de la nodriza que la vigilaba, a quien amaba aquélla entrañablemente, y fue introducido en secreto en la prisión de la joven.
__Hermano mío __le dijo ésta__, ¿creéis que realmente estoy loca? Escuchad.
Y le relató minuciosamente lo que le ocurrió en la torre del Príncipe, mostrándole luego el anillo.
Princesa __repuso el joven sabio, que se llamaba Marsabán__, si lo que me habéis dicho es cierto, como creo, no .desespero de poder daros la satisfacción que deseáis. Únicamente os ruego que os arméis de paciencia hasta que yo recorra los reinos que aún no he visitado, y, cuando sepáis que estoy de vuelta, dad por seguro que aquel a quien amáis esta muy cerca de mí.
Dicho esto se retiró Marzabán, que emprendió su viaje al día siguiente.
Tras una larga y feliz travesía, llegó el joven a la capital del reino de Chazamán; pero a la entrada misma del puerto naufragó el barco que le conducía y estuvo a punto de perecer. No obstante, como era buen nadador, ganó la orilla, precisamente junto al palacio de Chazaman, donde fue recogido y cuidado por expresa orden del Rey.
El gran Visir, sabiendo que Marzabán era astrólogo, le habló de la enfermedad de Camaralzaman, y el joven expresó su deseo de visitarlo con objeto de ver si había medio de curarle.
El Visir condujo al sabio a las habitaciones del Príncipe, que estaba a la sazón acompañado de su padre.
¡Cielos! __exclamó al verle__. ¡Qué parecido tan asombroso!, añadió, recordando a la Princesa de la China.
Camaralzamán que estaba en el lecho, abrió los ojos y miró fijamente a Marzabán, quien se aprovechó de aquella ocasión aparentemente para saludarlo, pero en realidad para contarle, con frases que él no podía comprender, la historia de la Princesa y el estado en que ésta se hallaba.
El rostro del enfermo se iba iluminando poco a poco , y cuando Marzabán hubo terminado, suplicó al Rey que le dejase a solas con el astrólogo. Chazamán le complació, enajenado de gozo por el feliz cambio que se había operado en su hijo.
Príncipe __dijo Marzaban, cuando hubo salido el Rey__, hora es ya de que cesen nuestras penas. Conozco a la mujer que amáis: es la princesa Badoure, hija del rey de la China. Ella no sufre menos que vos y es preciso que la curéis con vuestra presencia. Mas para emprender tan largo viaje, es necesario estar completamente sano; por lo tanto, ahora sólo debéis pensar en curaros.
Al cabo de pocos días, el Príncipe se hallaba en disposición de emprender el viaje, y, valiéndose de una estratagema, para evitar que el rey Chazaman le impidiese ir a la China, salió de la capital como si fuese de cacería, y embarcándose en el puerto mas próximo en compañía de Marzaban, llegaron felizmente al término de su larga excursión.
Marzaban, en vez de llevar al Príncipe a su casa, le alojó en la posada de los extranjeros, e instruido convenientemente sobre lo que debía hacer y decir, al siguiente día se presentaba Camaralzamán en las puertas de Palacio disfrazado de astrólogo.
Introducido a presencia del soberano, el Príncipe se postró a sus pies, y dijo, cuando fue autorizado para hablar:
__Señor, soy astrólogo y me propongo curar a la respetable princesa Badoure, hija del alto y poderoso monarca Gaiur, rey de la China, conformándome con las condiciones del bando dado por Vuestra Majestad, de morir si fracaso en mi empeño o de ser el esposo de la Princesa si a mí debiera su curación.
El rey de la China mandó pues a un eunuco que acompañase a Camaralzamán a la prisión de Badoure, y cuando estuvieron en el fondo de una galería, aquél, que por su condición de astrólogo llevaba todo lo necesario para escribir, sacó un pliego de papel, la pluma y un tintero, y comenzó a redactar las siguientes líneas:
El príncipe Camaralzamán a la Princesa de la China:
Adorada Princesa: El amoroso príncipe Camaralzamán no os hablara de los inexpresables dolores que experimenta desde la noche fatal en que vuestra belleza le hizo perder la libertad para mantener la resolución que había tomado de no casarse jamás; pero si os asegurará que os entregó aquella noche su corazón y al mismo tiempo un anillo que era prenda de su amor, y tomó, en cambio, el vuestro. Hoy os envía ese anillo junto con esta carta. Si os dignáis devolvérmelo, se consideraría el mas feliz de los amantes; y si lo conserváis, morirá resignado y contento por cuanto esa muerte será nueva prueba del amor que os profeso. En vuestra antecámara espera la contestación»
Toma __dijo al eunuco__, lleva esta carta a tu ama. Si no se cura en cuanto la haya leído, puedes decir que soy el astrólogo mas imprudente del mundo. _
En efecto, apenas hubo visto la Princesa el anillo, se levantó violentamente, sacudió la cadena con tal fuerza, que logró romperla y salió corriendo a la antecámara.
Reconoció a la primera mirada al Príncipe y se abrazaron con infinita ternura.
Tened __dijo luego la Princesa__, os devuelvo mi anillo, porque quiero conservar el vuestro toda la vida.
El eunuco corrió entretanto a poner en conocimiento del Rey lo que ocurría.
__Señor __le dijo__, todos los médicos y astrólogos que han visitado a la Princesa eran unos ignorantes; mas el que ahora ha venido, sin verla siquiera, la ha curado.
Y le refirió lo que había visto.
Enajenado de alegría, corrió el Rey a abrazar al Príncipe, tomó luego una mano de éste, la puso entre las de su hija y le dijo: __Afortunado extranjero, quienquiera que seas, te la doy por esposa.
Y yo lo acepto gustosísima, repuso la Princesa.
Entonces Camaralzaman se dio a conocer, diciendo que no era astrólogo, sino príncipe e hijo de reyes.
Se celebraron en seguida las bodas con gran magnificencia y los esposos vivieron algunos meses completamente felices.
Pero una noche soñó Camaralzamán que su padre se hallaba moribundo, y al despertarse, dominado aún por la emoción que su triste sueño le había producido, expresó a su esposa el deseo de trasladarse a la corte de su padre. La Princesa se obstinó en acompañarlo, y el rey de la China, aunque la separación había de resultarle muy dolorosa, consintió en que su hija acompañase a Camaralzamán, a condición, empero, que habían de regresar ambos al cabo de un año.  ir a:  Viaje del Príncipe Camaralzamán y la Princesa China parte 2
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