15. Historia de Ganem llamado el esclavo de amor y de Tormenta (parte 3)

Ella le satisfizo con mucha destreza y gracia.
Cuando acabó de hablar, aquel. príncipe le dijo: Creo todo lo que me has referido: pero, ¿por que habéis tardado tanto en darme noticias vuestras? ¿Era menester aguardar un mes desde que regresé para hacerme saber dónde os hallabais?
Comendador de los creyentes, contestó Tormenta, Ganem salía de su casa tan pocas veces, que no hay que extrañar que no hayamos sabido vuestro regreso. Además, Ganem,.encargado de enviar el billete a Alba del día, no ha podido hasta ahora
encontrar el medio favorable para que fuese entregado en mano propia.
Basta, Tormenta, repuso el Califa; conozco mi fallo y quisiera repararlo colmando de beneficios a ese joven mercader de Damasco. Piensa, pues, lo que se puede hacer por él. Pide lo que quieras, que yo lo concederá.
A tales palabras, la favorita se arrodilló, el rostro en el suelo, y levantándose de nuevo, dijo:
Comendador de los creyentes, después de dar las gracias a Vuestra Majestad por Ganem, os suplico que se publique en el reino el perdón del hijo de About Aibou, y. que el no debe hacer otra cosa sino venir a visitaros.
Haré mas, añadió el Príncipe; puesto que te ha conservado la vida, y para recompensarle la consideración que ha tenido para conmigo, resarcirle de la pérdida de sus bienes y reparar el mal que he hecho a su familia, te lo doy por esposo..
Tormenta no podía encontrar expresiones bastantes para dar las gracias al Califa por su generosidad.
Después se retiró a sus antiguas habitaciones, donde encontró los cofres y los fardos de Ganem, que Mesrour había tenido cuidado dado de traer.
Publicóse al día siguiente, por orden del Califa, el perdón del hijo de Abou Aibon, publicación que fue inútil, puesto que transcurrió mucho tiempo sin que se oyese hablar de aquel joven mercader.
Tormenta creía sin duda que no había podido sobrevivir al dolor de haberla perdido; más, como la esperanza es la última cosa que abandonan los amantes, suplicó al Califa que le permitiese a ella misma hacer las pesquisas en busca de Ganem. Y concedido así por el Califa, tomando ella una bolsa con mil piastras de oro, salió una mañana sobre una mula de las caballerizas del Califa: dos eunucos la acompañaban. ¿
Marchó hacia el sitio donde moraban los joyeros.
Deteniéndose delante de la puerta, sin apearse, hizo llamar al síndico por uno de los eunucos.
Acudo a vos, dijo ella, poniéndole la bolsa en las manos, como a un hombre de quien se alaban los sentimientos piadosos. Os ruego que repartáis estas monedas entre los pobres extranjeros a quienes socorréis.
Señora, contestó el síndico, cumpliré con mucho gusto vuestros deseos; pero si deseáis ejercitar vos misma vuestra caridad y tomaros la molestia de venir a mi casa, veréis allí a dos mujeres dignas de vuestra compasión. Las encontré ayer al entrar en la ciudad.
Tormenta, sin saber por qué, sintió curiosidad por verlas.
El síndico quería acompañarla a su casa, mas ella no lo consintió y se hizo acompañar por un esclavo que él le suministró.
Llegada a la puerta, echó pie a tierra y siguió al esclavo. La mujer del sindico se postró ante ella para demostrarle el respeto que tenía a todo lo que pertenecía al Califa. Tormenta le hizo levantarse y le dijo:
Mi buena señora; os ruego que me permitáis hablar con las dos. extranjeras que ayer llegaron a Bagdad.
Señora, contestó la mujer del síndico, están ahí en estas dos camas que veis una frente a otra.
Eran esas dos mujeres una joven y otra vieja y por la semejanza de sus rostros se conocía que eran madre e hija.
La favorita se acercó a ellas y, mirándolas con atención: Buena mujer dijo, os ofrezco mis servicios. No carezco de crédito en la ciudad y puedo seros útil a vos y a vuestra compañera.
Señora, contestó esta, por vuestros corteses ofrecimientos entiendo que el Cielo no nos ha abandonado del todo, por más que podíamos suponerlo, según la magnitud de nuestros infortunios.
La favorita del Califa, después de enjugar sus lágrimas, dijo:
Contadme, os lo ruego, vuestras desgracias.
Señora, replicó la afligida; yo soy la viuda de Abou Aibou, mercader de Damasco, y tenía un hijo llamado Ganem, quien, venido a Bagdad, fue acusado de haber robado a Tormenta. El Califa le ha hecho perseguir por todas partes para darle muerte ; no habiendo conseguido prenderle, ha escrito al rey de Damasco, mandándole saquear y arrasar nuestra casa, exponiendo a mi hija, que se llama Fuerza de los Corazones, y a mi, por tres días consecutivos, desnudas por completo a la vista del pueblo, y después desterramos para siempre de la Siria. Sin embargo, a pesar del cruel modo como hemos sido tratadas, me consolaría de ello si mi hijo viviese todavía y pudiese encontrarlo. ¡Qué placer para mi y para su hermana poderlo ver!
Olvidaríamos al abrazarle la pérdida de todas nuestras riquezas y todos los males que por su causa hemos sufrido. Estoy persuadida, pobre de mí, de que no ha ofendido al Califa, como nosotras mismas, su hermana y yo.
No, sin duda interumpió en este punto Tormenta, no es culpable para con el Califa, lo mismo que vosotras.. Puedo aseguraros de su inocencia, puesto que aquella Tormenta , de quien habláis, soy yo. Yo, que he justificado a Ganem delante del Califa; quien ha mandado publicar por todos sus Estados que perdonaba al hijo de Abou Aibou; no dudéis de que os conceda otros tantos bienes cuantos son los males que os ha causado.
No sois ya sus enemigos y aun espera a Ganem para recompensarle del señalado servicio que me prestó, uniendo nuestros destinos y concediéndome a él como esposa y como hija vuestra.
Después, la favorita del Califa dio a la madre y a la hija grandes muestras de amor, como correspondía a la que ya podían llamar esposa de Ganem, y les dijo;
Cesad de afligiros; porque las riquezas de Ganem no están perdidas; las tengo yo en mi habitación del palacio del Califa.
Iba a proseguir Tormenta cuando, llegado el síndico de los joyeros, le dijo:
Señora, en este momento he visto algo que merece nuestro interés: un joven a quien un guarda de camellos conducía al hospital de Bagdad. Se hallaba atado con una cuerda sobre un camello porque carecía de fuerzas para sostenerse sobre él. Acercándome a él, le he mirado con atención y me ha parecido que su semblante no me era desconocido. Me ha causado mucha lastima, y por la practica que tengo de ver enfermos, he conocido que tiene urgente necesidad de ser curado.
Tormenta quedó estupefacta a tales palabras y experimentó una emoción cuya causa no podía explicarse.
Acompañadme, dijo, junto a ese enfermo. La favorita del Califa, ya en la habitación del enfermo, se acercó a su lecho. Vio a un joven que tenía los ojos cerrados, la tez pálida y cubierta de lágrimas, y observándole con atención, le palpitó el corazón, creyendo reconocer a Ganem.
Queriendo salir de dudas, con voz temblorosa le dijo: Ganem, ¿sois vos a quien miro? Ganem, puesto que precisamente era él, abrió los ojos y volvió la cabeza hacia la persona que le hablaba, y reconociendo a la favorita del Califa, le dijo:
¡ Ah, señora! ¿Sois vos? ¿Por que suerte de prodigio…? Pero no pudo acabar la frase, porque se vio oprimido por un exceso de alegría tal, que se desvaneció. Tormenta y el síndico se apresuraron a socorrerle, pero apenas vieron que comenzaba a recobrarse de su desvanecimiento, el síndico rogó a la favorita que se retirase, temiendo que su. presencia exacerbase el mal de Ganem.
Tormenta estaba en la cámara de Fuerza de los Corazones y de su madre, donde ocurrió casi la misma escena, puesto que, cuando la madre de Ganem supo que aquel forastero enfermo era su hijo, tuvo tal alegría que cayó asimismo desvanecida.
Repuesta, por último, Tormenta, reanudando su discurso, dijo:
Bendigamos al Cielo por habemos reunido a todos en un mismo lugar. Entretanto, yo ahora vuelvo al palacio a informar al Califa de lo ocurrido, y mañana por la mañana volveré a
veros.
Llegada a Palacio, pidió audiencia secreta, y ésta obtenida, se prostemó ante _Haroun-al-Raschid.
El Califa la hizo levantarse y le preguntó si por ventura había
tenido noticias de Ganem.
Gran Comendador de los creyentes, contestó, he alcanzado ,y realizado tanto, que por fin le encontré con su madre y con su hermana.
Mucho me place, dijo él a Tormenta, el feliz éxito de tus investigaciones, y tengo de ello extremado gusto. Pero no me desdigo de lo prometido. Tú te casarás con Ganem y por el presente protesto que tú ya no eres mi esclava sino que te doy la libertad. Ve, reúnete con el joven mercader y, tan pronto como su salud esté restablecida, me lo traes en compañía de su madre y de su hermana.
Al día siguiente, de madrugada, Tormenta no descuidó ir a casa del síndico de los joyeros y Contar a la madre y a la hija las buenas noticias que tenía.
Fue convenido que Tormenta entraría primero sola en la habitación de Ganem y que ésta haría una señal a las otras dos mujeres, cuando fuese ocasión. Arregladas así las cosas, Tormenta fue introducida por el síndico en la habitación del enfermo, el cual quedó tan admirado de volver a verla, que le faltó poco para que no cayese en un nuevo delirio.
Y bien ¡oh Ganem, dijo ella acercándose al lecho, por fin habéis encontrado otra vez a Tormenta, que creíais perdida para siempre. Si, querido Ganem, yo me he justificado ante el gran Comendador de los creyentes, el cual, para reparar el mal que os ha hecho sufrir, quiere que me case con vos.
¡Ah, bella Tormenta! ¿Puedo creeros? ¿Puedo creer que el Califa os entregue al hijo de Abou Aibou?
Nada más cierto, replicó la favorita.
Ganem preguntó de qué manera el Califa había tratado a su madre y a su hermana, lo que Tormenta le refirió.
No le fue posible a Ganem oír ese relato sin llorar, pero cuando Tormenta le dijo que ellas se encontraban en Bagdad y en la misma casa donde él se hallaba, mostró una impaciencia tan grande por verlas, que la favorita las llamó.
Apenas hubieron entrado, se precipitaron hacia Ganem, cada una de ellas abrazándole y besándole muchas y muchas veces.
Tres días más tarde Ganem, sintiéndose con fuerzas suficientes para salir de casa, se disponía a hacerlo así; pero en aquel momento se vio llegar a la casa del síndico el gran visir Giafar.
Este ministro venía a caballo con grande acompañamiento de oficíales.
Señor dijo a Ganem al entrar, vengo aquí en nombre del gran Comendador de los creyentes, mi amo y el vuestro. He de acompañaros a la presencia del Califa, que tiene grandes deseos de veros.
Ganem no contestó sino con una profundísima inclinación y montó sobre un caballo de las caballerizas del Califa.
Se hizo montar a la madre y a la hija sobre dos mulas del palacio, y Tormenta, montada también ella sobre otra mula, fueron acompañadas al palacio del Príncipe por calles excusadas.
Cuando el gran Visir hubo acompañado a Ganem hasta el pie del trono, este joven mercader hizo su reverencia prosternándose la faz en tierra, y levantándose después, formuló su noble saludo en versos que, aun cuando improvisadamente compuestos. no dejaron de procurarle la aprobación de toda la Corte. Después del saludo, el Califa le mandó acercarse y le dijo:
Tengo gran placer en verte y de saber por ti mismo dónde has encontrado a mi favorita y lo que has hecho por ella.
Después hizo que le diesen un vestido muy rico, y le dijo:
Quiero, mi querido Ganem, que tú habites en mi corte.
Gran Comendador de los creyentes, contestó el joven mercader, el esclavo no abriga otros deseos que aquellos de su amo.
El Príncipe descendió después de su trono, y haciéndose acompañar por Ganem y por el gran Visir únicamente, entró en sus habitaciones,
No dudando de que Tormenta se encontraba con la madre y con la hermana del hijo de Abou Aíbon, ordenó que fuesen conducidas a su presencia, y ellas, en cuanto entraron, se prostemaron delante de él.
Después que las hizo levantarse, quedó admirado de la belleza de Fuerza de los Corazones, y habiéndola contemplado atentamente, le dijo:
Tan grande es el dolor que siento por haber tratado con tanta inhumanidad vuestra belleza, que os debo una compensación que supere a la ofensa que se os hizo. Quiero que seáis mi esposa, y así quedará castigada Zobeida, que será de este modo la causa de vuestra felicidad, como lo fue de vuestras pasadas desgracias. Y no todo consiste en esto, prosiguió volviéndose a la madre de Ganem; señora, vos sois joven aún y creo que no desdeñaréis la alianza con mi gran Visir.
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