21.2. Historia de Beder Rey de Persia y Jiauhara Princesa de Samandal (parte 2)

Habéis de saber, dijo el anciano luego que el Príncipe hubo entrado que esta población se llama Ciudad de los Encantos y esta gobernada, no por un Rey, sino por una Reina de sorprendente hermosura, que es al mismo tiempo la maga más fatal que existe en el mundo. Todos esos caballos y animales que habéis visto son otros tantos hombres a quienes ha transformado así por su diabólico arte, y como no tenían medios de explicarse, por eso, sin duda, os salieron al encuentro a fin de demostraros el peligro que corréis. No salgáis nunca de mi casa para que la Reina no os vea, pues, de lo contrario, sois perdido sin remedio.
Reconocido Beder a un recibimiento tan cariñoso, reveló al anciano su clase y condición, sin ocultarle los pormenores de su historia, y allí permaneció un mes, rodeado de atenciones y de comodidades, hasta que al cabo de este tiempo pasó un día la reina Labá., que así se llamaba, por la tienda del anciano. Beder no pudo contener los impulsos de su curiosidad y se asomó a ver la lujosa comitiva de la maga, que al punto vio al Rey y le preguntó al viejo quién era aquel joven tan apuesto y gallardo. Respondió el anciano que era un sobrino suyo, a. quien quería como si fuese hijo, y que le había mandado llamar para que le consolase y acompañara en los últimos días de su vida. La reina Labá, prendada de la gentileza del Príncipe, rogó al anciano, que se llamaba Avíala, que se lo cedíese para ocupar un puesto importante en la Corte, jurándole que ningún mal le sobrevendría. El anciano dijo que iba a consultar la proposición con su sobrino, y que al siguiente día decidirían ambos lo que debiera hacerse.
Escarmentado Beder con lo ocurrido en la isla donde había encontrado a la princesa Jiauhara, no quiso al pronto acceder a los deseos de la reina Labá, pero, al fin, Avíala le dio tantas seguridades, que se decidió a. complacer al buen anciano.
No dejó la Reina de ir al otro día, seguida siempre de brillante comitiva, a. la puerta de la tienda a saber lo determinado por Beder, y Avíala., acercándose a la soberana, le dijo en voz baja que el Príncipe iba a seguirla, pero que le jurase de nuevo respetarle y no usar en contra, suya de los sortilegios de que se valía para transformar a los hombres en animales cuadrúpedos. Labá repitió su juramento con toda solemnidad, y entonces Avíala le presentó a Beder, rogándole que le permitiese ir a verle de vez en cuando. La Reina, en prueba de reconocimiento, dispuso que le diesen a Abdala un saquillo con mil monedas de oro; Había mandado además que llevaran para el rey de Persia un caballo tan ricamente enjaezado como el suyo, y cuando el Príncipe ponía el pie en el estribo, preguntó la soberana a Abdala cual era el nombre de su sobrino, a lo que le contestó el anciano que se llamaba Beder. Luego que éste montó a caballo quiso colocarse detrás de la Reina, pero Labá quiso que marchase a su lado.
En vez de notar en el pueblo cierto alborozo a la vista de la soberana, advirtió el rey Beder que la miraban con menosprecio, y aun que muchos prorrumpian en imprecaciones contra ella.
La maga, decían algunos, ha encontrado ya una nueva víctima para ejercitar sus maldades. ¿Cuándo librara el Cielo al mundo de su tiranía?
¡Pobre extranjero!, exclamaban otros. Mucho te engañas si crees que tu dicha dure largo tiempo. Sólo te elevan para que el hundimiento sea mas terrible.
La Reina maga llegó a. Palacio y alojó en él a Beder con inusitada pompa, festejándole por espacio de cuarenta días con espectáculos y variados regocijos.
Una noche, mientras el rey Beder dormía en su lecho, se
despertó de repente al escuchar un extraño ruido, y notó que la reina Labá entraba con recato en la habitación. El Príncipe aparentó que dormía para observar mejor, y vio que la maga abría un cofrecito lleno de polvos amarillos con los que formó un reguero en el aposento, convirtiéndose al instante en un riachuelo de agua cristalina. Tomó la Reina un poco de aquella agua, la echó en un lebrillo, en el que había harina, de la que hizo cierta pasta que estuvo amasando un rato, puso ciertas drogas que saco de diferentes cajitas e hizo una galleta que colocó en una tartera cubierta. Como antes había encendido un buen fuego, arrimo la mesa a la lumbre, y en seguida desapareció el riachuelo que por allí corría, siempre con gran asombro de Beder; cocida tuvo la galleta, pronunció ciertas palabras misteriosas delante del Príncipe y desapareció.
Inquieto Beder y desazonado con lo que había visto la noche anterior, fue al día siguiente a visitar al anciano Abdala, a quien refirió minuciosamente la extraña operación de la Reina y los sobresaltos y temores que sentía.
No me he engañado, exclamó Avíala; nada es capaz en el mundo de corregir a. esa pérfida mujer. A los cuarenta días de conocer a un hombre y de agasajarlo en su palacio, tiene la costumbre de convertirlo en cuadrúpedo, y lo mismo piensa hacer ahora, a pesar de sus promesas y juramentos; pero ya tomé yo ayer mis precauciones para que no se porte de la misma manera con vos. Demasiado tiempo sustenta la tierra a ese monstruo
y hay que tratarlo como se merece.
Avíala entregó entonces a Beder dos galletas, y le dijo:
Guardaos bien ni aun de acercaros a los labios la galleta que os dé la Reina., y cuando os la ofrezca no la rehuséis, pero substituidla con una de las dos que os he dado, sin que la maga
lo note. En seguida le regalaréis la otra galleta, que ella aceptara,
porque nada sospecha, y apenas trague el primer bocado, arrojadle agua al rostro, diciéndole: Deja esa forma, y toma la de yegua. Luego traedme el animal aquí, y os diré lo que debéis hacer con él.
Beder prometió cumplir fielmente las instrucciones de Avíala, y fue a Palacio, en cuyos jardines le esperaba la maga con impaciencia. El Príncipe le refirió que había ido a comer con Abdala, y le ofreció una de las dos galletas en prueba de su buen recuerdo.
Acepto gustosa, respondió la Reina, pero antes quiere que probéis ésta que he hecho mientras habéis estado ausente.
Beder cambió con ligereza la galleta de la maga por la que le había dado Avíala., la comió haciendo grandes elogios de ella, y la maga, que de nada se había dado cuenta, tomó un poco de agua con la palma de la mano de un surtidor inmediato, y arrojándola al rostro de Beder:
Desgraciado, le dijo, deja la forma de hombre y toma la de un caballo tuerto y cojo.
Estas palabras no surtieron ningún efecto, con gran admiración de la maga, la cual dijo a Beder con frases entrecortadas que aquello era una chanza, y que jamás cometería tan villana acción, después de los juramentos hechos a Avíala
Beder replicó:
Comprendo muy bien que sólo lo habéis hecho para divertiros, pero dejemos aun lado este incidente, y hacedme el favor de probar la galleta que os he dado.
La Reina comió la galleta, y cuando la. hubo tragado se quedó inmóvil como una estatua; Beder no perdió un momento, y arrojándole al semblante un poco de agua:.
¡Maga aborrecible, le dijo, deja esa forma y toma la de yegua!.
Y en el acto se verificó así.
Llevóla a la caballeriza del palacio y se la entregó a un palafrenero para que la ensillase y pusiera un brida, pero ninguna le estaba bien, y entonces se dirigió con la yegua en pelo a casa de Avíala, a quien refirió lo sucedido.
Señor: exclamó Avíala, no debéis permanecer más tiempo en esta ciudad; montad la yegua y volved a vuestro reino; lo único que os encargo es que no le quitéis jamás la brida que
voy a ponerle ahora mismo.
Y, en efecto, le puso a la yegua una brida que sacó de un armario. Beder dio las gracias a Avíala por sus favores, y emprendió el regreso a Persia. A los tres días de camino llegó a una gran ciudad, y en los arrabales encontró a una vieja que al ver la yegua
comenzó a llorar y a dar profundos suspiros. Preguntóle el Rey la causa de su desconsuelo, y la vieja respondió:
Señor, es que vuestra yegua se parece tanto a una que tenía mi hijo, que, de no haber muerto, creería que era. la misma. Os ruego que me la vendáis, y os daré por ella mil monedas de oro.
Al principio se resistió Beder, pero fueron tantas las lágrimas y las súplicas de la vieja, que al fin se apeó de la yegua y tomó las mil monedas de oro, que era el precio convenido.
La vieja quitó la brida a la yegua con increíble prontitud, y tomando un poco de agua del arroyo que corría en medio de la calle se la arrojó diciendo:
¡Hija. mía, deja esa forma extraña. y toma la tuya!
E instantáneamente apareció la reina Labá la vieja, su madre, dio después un silbido y se presentó un Genio horroroso de gigantesca estatura, que en un momento llevó en brazos a Beder, a Labá y a la vieja ala Ciudad de los Encantos. Apenas llegaron a ella, la maga, enfurecida, convirtió al rey de Persia en lechuza, y mandó a una de sus mujeres que la encerrase en una jaula, sin darle de comer ni beber. Pero la buena mujer, lejos hacerlo así, fue a contar, reservadamente a Avíala, lo que habla sucedido, y el anciano, que conoció que no había momento que perder, dio un gran silbido y presentóse un Genio con cuatro alas que le preguntó lo que se le ofrecía.
Relámpago, le dijo, se trata de conservar la vida del rey Beder, hijo de Gulnara. Conduce a esta mujer compasiva, a quien la maga ha confiado la jaula, a la capital de Persia para que informe a la Reina del peligro en que se halla su hijo.
Desapareció Relámpago arrebatando por los aires hasta la corte de Persia a la buena mujer, la cual enteró a Gulnara del riesgo que corría el rey Beder.
¡Hermano mío, dijo la Reina a Saleh, que entraba en aquel momento en Palacio, tu sobrino, mi hijo querido, se halla en la Ciudad de los Encantos, bajo el poder de la reina Labá, y es preciso que vayamos al momento a libertarle.
Reunió Saleh un cuerpo de tropas de sus Estados marinos, llamó en su auxilio a los Genios, sus aliados, que se presentaron con un ejército aun mas numeroso que el suyo, y se puso al frente de ellos con Gulnara, que quiso tomar parte en la pelea. Eleváronse por los aires y se descolgaron sobre el palacio y la Ciudad de los Encantos, destruyendo en un instante a la reina Labá y a su madre. Gulnara había llevado consigo a la mujer que le anunció el encanto y prisión de su hijo, y encargándole que durante el combate se apoderara de la jaula y se la presentase. Ejecutada esta orden, abrió la Reina la jaula, y rociando con agua la cabeza de la lechuza, pronunció estas palabras: ¡Querido hijo, deja esa. forma y toma la de hombre, que es la tuya.
En el acto desapareció el ave, y la reina Gulnara vio a su hijo, a quien abrazó con transportes de amorosa ternura. Después hizo venir a Avíala para recompensarle por el bien que había dispensado al rey Beder, y preguntó a éste lo que le faltaba. para ser completamente feliz, habiendo ya recobrado su corona y su libertad. Beder respondió que, a pesar de sus desdenes y de su conducta hacia él, no podía olvidar a la princesa Jiauhara, y Gulnara, deseosa de complacer a su hijo, suplicó a Saleh que hiciese comparecer al punto al rey Samandal por ver si persistía en su primera negativa.
Mandó Saleh que le trajesen un braserillo con fuego, y echando en él una composición, pronunció algunas palabras incomprensibles. Así que el humo comenzó a elevarse, tembló el palacio y apareció el rey de Samandal con los oficiales que le custodiaban.
El rey de Persia. se arrojó a sus pies, y en aquella humilde postura le pidió la mano de la hermosa princesa Jiauhara.
El rey de Samandal no consintió que Beder permaneciera en tal actitud, y abrazándole con efusión, le concedió en el acto la mano de su hija. En seguida. encargó a uno de sus oficiales que fuese a buscar a la Princesa y la trajera al momento. Luego que Jiauhara estuvo presente, le dijo el rey de Samandal que le daba por esposo al rey de Persia, el soberano más poderoso y que más merecía tan elevado enlace, a lo cual respondió la Princesa que estaba pronta a obedecer las órdenes de su padre, luego que Beder le perdonase el mal que le había hecho al convertirla en pájaro.
El rey de Persia contestó besando respetuosamente la mano de la Princesa.
Los desposorios se celebraron en el palacio de la Ciudad de los Encantos, con tanta mayor solemnidad y esplendor cuanto que, habiendo recobrado su primitiva forma todas las personas desde el momento que la maga dejó de existir, habían ido a dar las gracias a Saleh y a la reina Gulnara, asistiendo también a la fiesta. Eran todos hijos de reyes o de elevada jerarquía.
Condujo el rey Saleh al de Samandal a su reino, y le repuso en posesión de sus Estados. El rey de Persia, viendo sus deseos, regresó a su capital con la reina Jiauhara y su madre, y, contento y feliz, reinó largos años en medio del cariño y de las alabanzas de sus pueblos.
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