21. Historia de Gulnara Princesa del Mar y el Rey de Persia

Es la Persia un país tan extenso, que, no sin razón, ostentaron los antiguos monarcas el glorioso dictado de reyes de reyes.
Uno de estos soberanos, que había empezado su reinado con grandiosas conquistas, vivía querido y respetado de sus súbditos, pero con el sentimiento de no haber tenido hijos de su primera mujer. Un día le presentaron en Palacio, para venderla, una joven
esclava de tan peregrina belleza, que el Rey, prendado de su hermosura, determinó al punto darle la mano de esposo, como se verificó al siguiente día, sin que la esclava pronunciase una sola palabra, a pesar del esplendor de la ceremonia y de los halagos del Rey y de la Corte. El soberano no dejó de extrañar el profundo silencio y la tristeza de la esclava, que a ninguna hora levantaba los ojos del suelo, y aunque inventó mil espectáculos y festines para sacarla de sus meditaciones, no pudo conseguirlo ni enjugar el llanto que brillaba en los ojos de la Sultana. Creyó el Rey que la esclava seria muda, y ya comenzaba a desesperar de oír el eco de la voz de su esposa cuando, al fin, ésta un día, hostigada por las súplicas del soberano, rompió al fin el silencio y le dio las gracias por las mercedes y distinciones que le había dispensado; Gozoso el Rey, le preguntó entonces la causa que había tenido para permanecer un año sin hablar, ni aun dar a entender siquiera que comprendía las palabras que se le dirigían.
Señor, dijo la joven, ser esclava, vivir lejos de su patria habiendo perdido la esperanza de volver a ella, tener el corazón traspasado de dolor, viéndome separada para siempre de mi madre, ¿no son éstos motivos bastantes para haber guardado el silencio que tanto extraña a Vuestra Majestad? Milagro es que no haya imitado el ejemplo de esos infelices a quienes la pérdida de la libertad conduce a darse la muerte. Conozco cuán grande es vuestra impaciencia por conocer mi historia y voy a referírosla.
Me llamo Gulnara de la Mar, señor; mi difunto padre era uno de los reyes mas poderosos del Océano, y al morir nos dejó su reino a mi hermano Saleh, a mi madre y a mi. Mi madre es también princesa e hija de otro rey del mar., Vivíamos pacíficamente en nuestros dominios, cuando un enemigo, envidioso de nuestra dicha, se apoderó de la capital que nos pertenecía, a la cabeza de numerosa hueste, no dándonos tiempo sino para refugiarnos en un sitio impenetrable. Una vez en aquel retiro, mi hermano se puso a descubrir los medios de arrojar al infame usurpador de nuestros Estados, y un día me dijo a solas:
Hermana mía, voy a empeñarme en una peligrosa empresa,
cuyo resultado nadie puede prever, y antes de comenzarla quisiera que te casases, pero con un príncipe de la tierra, y creo que no habrá. uno que al verte tan hermosa no se tenga por dichoso de hacerte participar de su corona.
Hermano -le respondí con enojo; desciendo de reyes de la mar, y antes que enlazarme con uno de la tierra, estoy pronta a perecer contigo en la empresa que vas a acometer. Insistió mi hermano, yo me negué a complacerlo, y disgustada de la conferencia salí del fondo del mar y fui a parar de la Luna, donde viví algún tiempo en la soledad y el retiro hasta que un señor de la isla, al verme hermosa, se apoderó de mi mientras dormía para venderme como esclava a un mercader que fue el que me presentó a Vuestra Majestad, después de mi casamiento he querido varias veces arrojarme al mar y volver a los dominios de mis padres; pero, reconocida a las muestras de cariño que os merezco, he resuelto permanecer en la tierra para corresponder a las distinciones de un príncipe tan grande y generoso.
Así acabó de darse a conocer la princesa Gulnara al rey de Persia, quien, muy satisfecho con la narración, le respondió:
Os ruego, señora, que me informéis circunstanciadamente de esos Estados y pueblos de la mar que me son desconocidos, porque si bien he oído hablar algo de hombres marinos, siempre lo tuve por pura fábula. ¿Cómo podéis vivir en el agua sin ahogaros?
Señor, replicó Gulnara, caminamos en el fondo del mar como se anda por la tierra., y respiramos en el agua como se respira en el aire, y en vez de sofocamos contribuye a nuestra existencia. Los vestidos no se nos mojan y, cuando venimos a la tierra, salimos a ella sin necesidad de enjugarnos. El agua no nos estorba ver, y podemos abrir los ojos sin molestia ninguna, lo mismo de día que de noche, en que nos alumbra la luna, y aun distinguimos el resplandor de las estrellas y los planetas. Como el mar es mas espacioso que la tierra, es mayor también el número de nuestros reinos, divididos en provincias con ciudades muy ricas y populosas. Los alcázares de los reyes y príncipes son magníficos, y los hay de mármol de varios matices, de cristal de roca, de nácar-perla, de coral y otras materias preciosas. El oro, la plata y toda clase de pedrería abunda mas que en la tierra, y no hablo de las perlas, pues por grande que sea su tamaño, no se hace caso de ellas en nuestro país, y sólo sirven de adorno a la ínfima clase. Allí no se necesitan carros ni animales para trasladarse de un punto a otro, a causa de nuestra pasmosa agilidad, y sin embargo no hay Rey que no tenga sus caballos marinos, de los que únicamente se sirven en las fiestas y regocijos públicos.
Entonces estos caballos tiran de carros de nácar-perla, adornados con mil conchas de diversos matices, y con un trono en el centro, donde se sienta el Rey, que guía el carruaje por si mismo. Otras muchas curiosidades pudiera referir a Vuestra Majestad, pero las reservo para ocasión oportuna; hoy le suplico que mande venir a la Reina mi madre, a mi hermano y a mi familia, a fin de que vivan conmigo y sepan que soy la esposa del rey de Persia.
Desde luego estoy pronto a complaceros, dijo el Rey, pero quisiera saber por qué medios les comunicaréis la orden, y cuando podrán llegar para salir yo al encuentro y recibirles con los debidos honores.
Señor, no hay necesidad de ninguna ceremonia. replicó Gulnara, y estarán aquí dentro de un minuto. Entre Vuestra Majestad en ese gabinete y mire por la celosía.
Cuando el rey de Persia hubo entrado en el gabinete, Gulnara mandó a una de sus servidoras que le llevase un brasero con fuego, y en seguida la despidió cerrando la puerta; luego que estuvo sola arrojó a la lumbre un pedazo de madera de aloe; salió un humo espeso, y aún no había concluido de disiparse, cuando el Rey vio que comenzaban a hervir las aguas del mar. Entreabrióse éste a cierta distancia del palacio, y al punto apareció un joven de gallarda estatura con el bigote de color verde-mar; detrás de él vino una dama anciana, de majestuoso porte, seguida de cinco doncellas, cuya hermosura en nada desmerecía de la de la reina Gulnara. Ésta se asomó a una ventana, y la familia, al reconocerla, resbaló sobre la superficie de las olas, y ya en la orilla, saltaron todos ágilmente a la ventana de la Reina, a quien abrazaron con cariñosa efusión.
Hija mia, le dijo su madre, grande es mi gozo al volver a verte, porque tu ausencia repentina nos sumió en profundo desconsuelo, después de la entrevista con tu hermano Saleh. Pero no hablemos de esto, y cuéntanos lo que te ha sucedido.
La reina Gulnara refirió su historia desde la salida del mar, sus padecimientos, la pérdida de su libertad y, por último, su casamiento con el rey de Persia. Cuando hubo acabado, le dijo Saleh:
Tuya es la culpa, hermana mía, si has sufrido tantos contratiempos y sonrojos, porque en tu mano tienes los medios de librarte de tu esclavitud y de tus enemigos. Levántate y regresa con nosotros al reino que al fin he conquistado, rescatándole del poder del usurpador.
Oyó estas palabras desde su gabinete el rey de Persia y quedo sobrecogido de terror al pensar que Gulnara pudiese abandonarle, pero la Reina no le dejó mucho tiempo en la incertidumbre, porque replicó a. su hermano que estaba decidida a permanecer al lado de su noble y buen esposo, que tantas pruebas de cariño le daba.
Os he hecho salir de las olas para comunicaron esta resolución y tener el gusto de veros después de tan larga ausencia.
El mismo príncipe Saleh y todos los individuos de la familia no pudieron por menos de aprobar la determinación de Gulnara.
Esta mandó a sus doncellas que sirviesen algo de comer a los recién llegados, aunque éstos dijeron al punto que era gran descortesía sentarse a la mesa sin permiso y beneplácito del Rey, señor del palacio, y a este escrúpulo se les encendió el rostro, y fue tal la conmoción de todos, que arrojaron llamas por narices y bocas.
El rey de Persia se sobresaltó al ver un espectáculo tan horrible, y Gulnara, que lo comprendió así, pasó al punto al gabinete donde estaba escondido, diciendo a su familia que volvería inmediatamente. El Rey la abrazó con ternura en señal de gratitud por las palabras que le había oído pronunciar respecto a él y por las seguridades que había dado de no abandonarle nunca, y añadió que deseaba saludar a la familia recién llegada, pero que le causaban espanto y horror las llamas que había visto salir de sus bocas y narices.
Señor, respondió riéndose Gulnara, esas llamas no deben atemorizar a Vuestra Majestad, pues sólo significan repugnancia en comer dentro del palacio mientras no dé licencia el dueño soberano del alcázar.
Tranquilo el Rey con esta aclaración, entró en el aposento con la reina Gulnara, abrazó uno por uno a todos los individuos de la familia, sentóse a la mesa con ellos, y al día siguiente dispuso varios regocijos para festejar su presencia en la Corte. La familia de Gulnara permaneció en la capital de Persia hasta la época en que la Reina dio a luz un hermoso príncipe. El Rey, que no había tenido hijos de su primera esposa, se entregó a los excesos de una delirante alegría, y como el rostro del niño era tan hermoso, le puso por nombre Beder, que en árabe significa luna llena. Dio además cuantiosas limosnas a los pobres, y el reino entero participó del gozo de su soberano.
Un día que el rey de Persia, Gulnara y toda la familia conversaban en el aposento de la Reina, entró la nodriza con el niño en brazos, y al punto se levantó Saleh, cogió al Príncipe, comenzó a acariciarle con grandes muestras de cariño, y de repente, en el arrebato de su alegría, se arrojó por una ventana que estaba abierta, sumergiéndose en el mar con él. El Rey, al ver aquello, comenzó a dar gritos lastimeros, porque creyó que ya no volvería jamás a ver a su hijo, pero la reina Gulnara le manifestó sonriéndose tranquilamente que nada tenia que temer, y que el Príncipe volvería sano y salvo con su tío, pues el niño nacido de una princesa de los mares, tenía la misma ventaja que su madre, es decir, la de no ahogarse en el fondo de las aguas.
Por fin, se arremolinó el mar y asomó Saleh con el niño en brazos, entrando por la misma ventana por donde había salido.
Señor, dijo Saleh al rey de Persia, no extrañe a Vuestra Majestad lo que acabo de hacer con el Príncipe mi sobrino; he querido que tenga el mismo privilegio de que gozamos los hombres de mar, y por eso me he precipitado con él en las ondas, pronunciando las palabras misteriosas grabadas en el sello del rey Salomón. Siempre que quiera, puede el Príncipe sumergirse en el mar y recorrer los dilatados imperios que su seno encierra.
Después de hablar así, Saleh, que había entregado el niño a Gulnara, abrió una caja que había ido a buscar a su palacio en el corto tiempo que estuvo ausente, caja que contenía trescientos diamantes del tamaño cada uno de un huevo de paloma, de igual número de rubíes y esmeraldas, y de treinta collares de perlas, magníficas joyas que presentó al Rey como regalo por su boda con Gulnara. Pasmado el Rey ante tan inmensa riqueza, quiso al pronto rehusar el presente, pero al fin lo aceptó a los repetidos ruegos de Saleh. De allí a pocos días, éste y la familia toda de Gulnara determinaron volver a sus dominios, pues ya era necesaria su presencia en el reino, y no sin profundo pesar se separaron de la Reina, ofreciendo al Rey que irían a visitar la Corte.
El príncipe Beder fue criado y educado en Palacio a la vista de sus padres, que le vieron crecer en talento y hermosura; a los quince años sobresalía en ciencias y ejercicios, y el Rey, ya muy anciano y achacoso, no quiso aguardar a que la muerte pusiera al Príncipe en posesión de su reino. El Consejo consintió en que abdicara, y los pueblos supieron la determinación real con tanta mas alegría cuanto que el príncipe Beder era muy digno de mandarles y gobernarlos, por sus excelentes prendas de carácter.
Llegó el día solemne de la ceremonia; el Rey convocó un Consejo, y después de haberse sentado en el solio, bajó de él, se quitó la corona y la puso en las sienes de Beder; luego colocó al Príncipe en su lugar, le besó la mano para manifestar que le entregaba todo su poder, y en seguida los visires, los emires y todos los principales funcionarios del reino prestaron juramento de fidelidad al nuevo soberano en medio de las aclamaciones del pueblo. Ir a Historia del reinado del príncipe Beder
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