21.2. Historia de Beder Rey de Persia y Jiauhara Princesa de Samandal (parte1)

Fue el Príncipe a sentarse a la sombra de un árbol frondoso, cuando oyó hablar a poca distancia de él; levantóse y descubrió a través de las ramas a una mujer tan hermosa que le dejó deslumbrado.
Sin duda, pensó en su interior, ésta es la princesa Jiauhara, que habrá, tenido que abandonar el alcázar de su padre.
Y sin detenerse un punto se acercó a ella y le dijo:
Señora, doy gracias al Cielo por el favor que me concede ofreciendo a mis ojos tan peregrina belleza, y os ruego aceptéis mi auxilio si en medio de semejante soledad lo necesitáis.
Es cierto, señor, repuso la Princesa desconsolada, que me encuentro en situación muy deplorable. Soy la. hija del rey de Samandal, y me llamo Jiauhara; hallábame tranquila en mi aposento cuando fueron a decirme que el rey Saleh, después de prender a mi padre y matar a su guardia, se disponía a apoderarse de mi, y no tuve tiempo más que de buscar asilo en esta isla solitaria..
Al oír estas palabras, el Rey se alegró mucho de que su tío se hubiese apoderado del rey de Samandal, y contestó a la Princesa:
No os aflijáis, señora, por el cautiverio de vuestro porque, es fácil para mi hacer que recobre su libertad. Yo me llamo Beder, soy rey de Persia y sobrino de Saleh, y puedo aseguraros que éste no abriga el intento de apoderarse de los Estados de Samandal y sino de conseguir para mi vuestra mano de esposa y tan luego como dé su consentimiento el rey de Samandal, mi tío le restituirá sus dominios y su poderío.
Esta respuesta no surtió el efecto que Beder esperaba, porque la Princesa, apenas supo que aquel hombre era la causa de todos los males que la afligían, le miró ya como a mortal enemigo; pero disimuló cuanto le fue posible su rencor, exclamando con el mayor agrado:
¡Es posible, señor! ¿Luego sois el hijo de la reina Gulnara, tan célebre por su extraordinaria belleza? El Rey, mi padre, hace mal en oponerse a nuestra unión, y me parece que en cuanto os vea, no pensará del mismo modo.
Y alargó la mano a Beder en prenda de afectuosa amistad. El Príncipe iba a besársela con respeto, cuando Jiauhara, irritada, le escupió al rostro, exclamando:
¡Temerario! Deja, en castigo a tu osadía, esa forma de hombre y toma la de un pájaro blanco con el pico y las patas encamadas.
El rey Beder quedó transformado en pájaro, y la Princesa mandó a una de sus doncellas que lo llevase a la isla Seca, que era un espantoso peñasco donde no había ni una sola gota de agua. La mujer cogió al pájaro, y al ejecutar la orden de su señora tuvo compasión del rey Beder y le llevó, para impedir que muriese de hambre y de sed, no a la isla Seca, sino a una amena campiña plantada de árboles frutales y regada por infinitos arroyuelos.
Volvamos ahora al rey Saleh, el cual, desesperado con no encontrar a la princesa Jiauhara, dispuso que el rey de Samandal fuese encerrado en su propio alcázar con numerosa guardia para custodiarse. De vuelta a su reino, supo allí, con extrañeza, que Beder había desaparecido; envió emisarios en su busca por todas partes, aunque infructuosamente, y entonces, mientras adquiría noticias de su sobrino, fue a gobernar el reino de Samandal, guardando siempre con mucha vigilancia al soberano prisionero.
El mismo día en que marchó el rey Saleh, llegó a los dominios de éste la reina Gulnara, inquieta por la suerte de su hijo, que había huido sin despedirse de ella ni decirle una sola palabra.
La madre de Gulnara le refirió lo acontecido, y la desdichada Reina lloró como perdido al rey Beder, todo por culpa de las ambiciones de Saleh. Gulnara se volvió a Persia, para gobernarla en ausencia de su hijo el rey Beder, quien allá en el retiro donde habitaba, se tenia por el más desgraciado de la tierra, alimentándose de frutas y pasando la noche en un árbol.
Al cabo de algunos días, un aldeano, muy diestro en coger pájaros con la red, se admiró de ver un ave tan hermosa y de especie desconocida, y valiéndose de su habilidad, le aprisionó en las redes. Llevólo a la ciudad en una jaula, y apenas hubo entrado en la primera calle, le paró un hombre para preguntarle cuanto pedía por el pájaro. El aldeano no quiso darlo por ningún dinero y dijo que iba a presentárselo al Rey, única persona que podría pagarle su justo valor. El aldeano fue a Palacio, y el Rey, prendado del pájaro, mandó que le diesen por él diez, monedas de oro, colocándolo luego en una jaula magnífica; después, a la hora de la comida, saltó el pájaro desde la mano del Rey hasta la mesa, picando, ya de un plato, ya de otro, y mandó llamar a la Reina para que viese aquella rareza; pero la Reina, apenas divisó el pájaro, se cubrió el semblante con un velo y quiso retirarse, diciendo al Rey que aquel ave no era lo que representaba, sino un príncipe llamado Beder, rey de Persia, transformado en pájaro por la princesa Jiauhara, cuya historia conocía y relató perfectamente.
El Rey, compadecido de Beder y sabiendo que su esposa era una maga célebre, le rogó que restituyese al pájaro su primitiva forma, lo cual verificó en el acto, rociando la cabeza del ave con agua hirviendo, mientras pronunciaba en voz baja algunas misteriosas palabras. El rey Beder se prostemó agradecido a las plantas del Rey y de la Reina, a quienes les refirió su aventura con la princesa Jiauhara. Concluido el relato, suplicó al soberano que le diese un buque para volver a Persia, al lado de su madre. El Rey se lo concedió y Beder se hizo a la vela con viento favorable, pero al décimo día de navegación sobrevino una furiosa tempestad, y la embarcación, sin palos ni timón y fuertemente combatida por las olas, fue estrellada contra las rocas. Casi toda la tripulación pereció, y Beder, asido a una tabla, pudo llegar a la playa, cerca de una ciudad de hermoso caserío, y vio acudir por todas partes caballos, toros, camellos, vacas y otros animales, que lo impidieron acercarse a tierra, como haciéndole comprender que corría un gran peligro; pero Beder avanzó entre ellos sin temor y entró en la ciudad magnifica, aunque completamente, desierta en sus plazas y calles. Dirigióse a una tienda de frutas, donde había un anciano de aspecto venerable, al cual preguntó la causa de aquella soledad, y el viejo le rogó que entrase inmediatamente y no se parara en la puerta, pues podría suceder alguna desgracia.
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