17. Historia del pájaro que habla del árbol que canta y del agua de oro

Había en otros tiempos un príncipe persa, llamado Koruscha, al cual le agradaba mucho recorrer por la noche, disfrazado, por las calles de la ciudad en busca de lances y aventuras. Murió el Sultán, su padre; el Príncipe subió al trono, y a pesar de su alta categoría, no por eso prescindió de sus primeras aficiones, que le proporcionaban el enterarse a fondo de lo que en su capital ocurría. Una noche, que salió acompañado de su gran Visir, se detuvo a la puerta de una casa de pobre aspecto, miró por el ojo de la cerradura y vio a tres hermanas sentadas en un sofá que estaban conversando.
Yo, decía una- quisiera casarme con el panadero del Sultán para comer siempre ese pan tan bueno que le hacen.
Y yo, replicó la segunda, desearía ser mujer del cocinero mayor del soberano, porque me gustan mucho los excelentes guisados.
Pues yo, por mi parte, dijo la menor de las hermanas, que era una joven muy linda-, no soy tan modesta como vosotras, y codiciaría ser esposa del Sultán.
Los deseos de las tres hermanas, y sobre todo el de la menor, le parecían tan extraños al Sultán, que determinó satisfacerlos, lo cual hizo que su gran Visir llevase a. las jóvenes al día siguiente a Palacio. Fueron allá., inquietas y temerosas, y grande su rubor al saber que el soberano había descubierto el secreto de sus pensamientos y que estaba, además, decidido a realizarlos sin demora. Quisieron excusarse, pero todos sus esfuerzos le inutilizaron ante la voluntad del Sultán; celebraronse las bodas aquel mismo día; las de las hermanas mayores con la poca ostentación que era consiguiente a la clase humilde de sus respectivos maridos, y la de la hermana menor con la pompa y el fausto que requería el enlace del soberano. Esta notable diferencia excitó los celos y la envidia de las dos hermanas, quienes resolvieron vengarse de la Sultana a toda costa. Valiéndose de intrigas y malas artes, se apoderaron del primer hijo que tuvo su hermana, y, dentro de una cesta, arrojaron al recién nacido a las aguas del canal que pasaba por los jardines de Palacio.
Casualmente paseaba en aquel momento a lo largo del canal el intendente de los jardines, y al ver la cesta que flotaba. sobre las aguas, llamó a un jardinero y le ordenó que la recogiese.
El buen intendente se quedó aturdido al descubrir que la cesta contenía un niño que, a pesar de ser recién nacido, como se echaba de ver en seguida, acusaba una belleza extraordinaria.
Largos años hacia que el intendente estaba casado, sin que el cielo le hubiese concedido un hijo; así, pues, interrumpiendo su paseo, mandó al jardinero que le siguiese con la cesta. y entró en la habitación de su mujer, exclamando:
¡Esposa mía, ya tenemos un hijo! Buscad en seguida una nodriza y cuidadlo como si fuera vuestro.
La mujer tomó al niño y, mientras le cubría de besos, pensaba el intendente:
No me cabe duda de que ha sido arrojado al canal desde las habitaciones de la Sultana; pero me guardaré muy mucho de practicar investigaciones, que podrían llevar la guerra adonde tan necesaria es la paz.
Al año siguiente la Sultana dio a luz otro príncipe, y las desnaturalizadas hermanas lo colocaron también en una cesta y lo echaron al canal, diciendo al Sultán que su esposa había alumbrado un gato.
Afortunadamente para el niño, el intendente de los reales jardines paseaba a lo largo del canal y lo llevó a su casa.
El sultán de Persia., desesperado por esta nueva desgracia.,de la que culpaba a su esposa, pensaba castigar a ésta cruelmente, pero el Visir logró calmarlo.
Finalmente, la Sultana dio a luz por vez tercera una Princesa., y la inocente criatura corrió la misma suerte que sus hermanos.
Las dos hermanas, que habían decidido no dar por terminada su abominable empresa hasta ver a su hermana menor despreciada por el Sultán, confiaron también al canal la Princesita, que, como sus hermanitos, fue recogida por el intendente.
El sultán Koruscha no pudo contenerse al tener conocimiento
de este nuevo parto.
¡Cómo! exclamó. ¿Esa mujer indigna de mi afecto va a llenar mi palacio de monstruos? No será así, a fe mía. Ella es también un monstruo del que debo librar al mundo.
Pronunciada así la sentencia de muerte, ordenó al Visir que la. hiciera ejecutar sin pérdida de tiempo.
Este y los cortesanos que se hallaban presentes se prosternaron ante el Sultán, suplicándole que revocase la sentencia.
Señor, dijo el Visir, permítame Vuestra Majestad hacerle presente que las leyes del reino sólo condenan a muerte al que haya cometido un gran delito, y los tres partos de la Sultana no se pueden considerar como tales. A infinidad de mujeres les ha sucedido y les sucede diariamente lo mismo, y por esto se les considera dignas de compasión, pero no de castigo. Puede Vuestra Majestad no volver a verla, pero dejadla vivir. El continuo dolor en que vivirá desde que le retiréis vuestra gracia, será el mayor castigo que pueda aplicarse a una delincuente.
Es cierto, repuso el Sultán; que viva, pero en condiciones que le hagan desear la muerte. Mandad que la encierren en una jaula de madera de modo que quede fuera la cabeza, y vestida con telas groseras exponedla en la puerta de la mezquita principal. Ordenad al mismo tiempo que todo musulmán que vaya. a hacer sus oraciones esta obligado a escupirle en el rostro, so pena de sufrir el mismo castigo.
Él tono con que el Sultán pronunció este último decreto hizo enmudecer al Visir, y la bárbara orden fue cumplida.
El intendente y su mujer criaron a los príncipes con ternura paternal, que aumentaba a medida que crecían en edad. Los niños revelaban todos ingenio extraordinario, y la Princesa una belleza sorprendente.
Cuando tuvieron edad para ello, el intendente les puso un maestro para que les enseñase a leer y a escribir; la Princesa que asistía a sus lecciones, mostró tan vehementes deseos de instruirse, que su padre adoptivo le dio el mismo preceptor, y un poco tiempo alcanzó y aun aventajó a sus hermanos.
Con los mismos maestros estudiaron geografía, poesía, historia y ciencias, incluso las ocultas, y como nada encontraban difícil, hicieron tales progresos que sus maestros se vieron obligados a declarar que sabían ya tanto como ellos.
Los Príncipes aprendieron también equitación, y la Princesa, que no quería que la sobrepujasen en nada sus hermanos, ejercitóse con ellos, de manera que sabía montar a caballo, guiarlo y tirar la jabalina con destreza sorprendente.
El intendente, henchido de gozo al ver que los niños por él criados correspondían de tal suerte a los sacrificios y penalidades que se había impuesto, quiso hacer todavía mas gastos para mayor comodidad de sus hijos adoptivos; así, convirtió su modesta casa en magnífica mansión, rodeada. de jardines, a los que añadió un bosque extensísimo y poblado de animales de todas clases, con objeto de que los Príncipes pudieran dedicarse al ejercicio de la caza cuando lo tuvieran por conveniente.
Cuando el edificio estuvo concluido, alhajado con arreglo a su magnificencia y en condiciones de ser habitado, el intendente fue a postrarse a los pies del Sultán y le suplicó que, en atención a su edad tan avanzada, le relevase de un cargo que había desempeñado durante los reinados del abuelo y del padre del actual soberano y continuaba desempeñando aún. El Sultán se resistió al principio a desprenderse de un servidor tan fiel, pero al fin, conmovido por sus súplicas, hubo de ceder, asegurando al viejo intendente que siempre le querría y honraría como hasta entonces.
La esposa del intendente había muerto ya, y el anciano se instaló en su palacio en compañía de los dos Príncipes, a quienes había impuesto los nombres de Baman y Perviz, y de la Princesa, que se llamaba Parizada.
No sobrevivió mucho tiempo a su amada esposa, pues a los cinco meses de habitar su nueva residencia murió repentinamente, sin haber podido revelarles su elevado origen.
Baman, Perviz y Parizada, que no habían conocido otro padre que el intendente de los jardines del Sultán, rindiéronle los honores fúnebres que el amor y la gratitud filial exigían de ellos.
Satisfechos con los cuantiosos bienes que heredaron, vivieron juntos y amándose mutuamente, sin mas ambición que la de ser gratos los unos a los otros.
Cierto día que los dos Príncipes habían ido de caza y la Princesa, quedó sola en el palacio, llegó una vieja y devota musulmana rogando que le permitiese entrar para hacer sus oraciones.
La Princesa ordenó que la condujesen al oratorio que, a falta de mezquita, había hecho construir el intendente, y que cuando la devota hubiese terminado sus oraciones le enseñasen la casa y el jardín y se la presentasen luego.
Parizada aguardaba a la vieja musulmana en un vasto salón que sobrepujaba en magnificencia a todos los departamentos del suntuoso palacio.
Mi buena madre, le dijo en cuanto vio a la anciana, acercaos y tomad asiento a mi lado. Me felicito de que la fortuna me ofrezca la ocasión de aprovechar el buen ejemplo y oír los buenos concejos de una persona como vos.
La devota quería sentarse en el suelo, pero la Princesa la obligó a hacerlo en el sitio de honor.
Señora, dijo entonces la anciana, no esperaba ser recibida con tanta benevolencia, que no merezco; pero me lo mandáis y fuerza es obedeceros.
La conversación se prolongó largo rato sobre los ejercicios de devoción que la musulmana practicaba y su genero de vida, y, por último, le preguntó Parizada que le había parecido su casa.
Señora. repuso la anciana, muy mal gusto había de tener para no encontrarla admirable: es espléndida, amena, alhajada con magnificencia, y está. situada en un paraje encantador.
Sin embargo, me tomaré la libertad de deciros que, para no tener igual en el mundo, le faltan tres cosas.,
¿Qué cosas son ésas. mi buena madre? -preguntó la Princesa. Os ruego que me las digáis, pues os juro que haré cuanto esté en mi mano para adquirirlas.
Señora, contestó la devota musulmana, son el pájaro que habla, un pájaro singular que se llama Bulezar, el cual tiene además la virtud de atraer a todas las aves canoras para que acompañen su voz; el árbol que canta, cuyas hojas son otras tantas bocas que forman un concierto armonioso de voces diferentes; y, por último, el agua. amarilla de color de oro, de la cual basta una gota para hacer un surtidor perenne que cae en la pila, sin
que ésta rebose jamás.
¡Cuánto os agradezco, mi buena madre, las noticias que me dais! Segura estoy de que sabéis también el lugar donde se hallan, y os suplico que me lo reveléis: Y para complacer a la Princesa, contestó la anciana:
Esas tres preciosidades se hallan en un mismo sitio en los confines de este reino. La persona que vaya a buscarlas no tiene más que caminar veinte días, siguiendo siempre la carretera que pasa por delante de esta casa, y al cabo de ese tiempo, el primero a quien pregunte por dichos objetos, le informará del lugar en donde puede encontrarlos.
Apenas proferidas estas palabras. se marchó la devota, y la Princesa, muy preocupada con la revelación, refirió lo sucedido a sus hermanos cuando éstos estuvieron de vuelta. El príncipe Baman se levantó de repente, y dijo que había resuelto ir en busca del pájaro, del árbol y del agua de oro, para regalar las tres cosas a su querida. hermana. Tanto ésta. como el príncipe Perviz quisieron disuadirle de su intento, exponiéndole los peligros a que iba a. arriesgarse, pero Baman se mostró decidido a. emprender la aventura e hizo en seguida. los preparativos necesarios para la marcha.. El príncipe Baman sale en busca del pájaro del árbol y del agua do oro
Ir a. El príncipe Baman y Perviz salen en busca del pájaro del árbol y del agua do oro.
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