17.1. Los príncipe Baman y Perviz salen en busca del pájaro del árbol y del agua de oro

A punto ya de partir, el príncipe Baman  dio a su hermana un cuchillo envainado y le dijo:
Toma; de vez en cuando saca el cuchillo, y mientras la hoja esté brillante será una prueba de que vivo; pero si se empaña y gotea sangre, es que habré dejado de existir. Entonces acompaña mi muerte con tus lágrimas y tus oraciones.
El valeroso príncipe abrazó a. sus hermanos por última vez, y bien armado y equipado, tomó el camino recto, atravesando toda la Persia, hasta que a los veinte días cabales de marcha., vio a un anciano de aspecto desagradable, sentado a la sombra de un árbol, a corta distancia de la pobre choza. que le servía de abrigo contra los rigores de la intemperie. Las cejas blancas le caían hasta La nariz; el bigote blanco también le cubría la boca, y la barba y los cabellos le llegaban hasta los pies; Tenía las uñas de tamaño descomunal y llevaba un sombrero de anchas alas semejante en la forma a un quitasol; su vestido consistía en una estera arrollada en derredor del cuerpo.
Este anciano era un derviche retirado del mundo y de sus vanidades, lo cual explicaba el abandono y desaseo de su persona.
El príncipe Baman, que desde por la mañana había estado atento en observar si encontraba a alguien que le diese noticias, se detuvo junto al derviche, echó pie a tierra y saludó el anciano, el cual contestó, pero tan confusamente, que el Príncipe no entendió ni una sola palabra, y viendo que le estorbaba el bigote que le cubría la boca, sacó unas tijeras y pidió al derviche permiso para cortárselo. No se opuso el anciano, y concluida la operación, dijo el derviche:
Quienquiera que seáis, os agradezco el servicio que me habéis hecho y estoy pronto a recompensarlo en lo que de mi dependa. Supongo que no os habréis bajado del caballo sin motivo, y así, decídmelo y procuraré complaceros.
Buen derviche, replicó el Príncipe, vengo de lejanas tierras y busco el pájaro que habla, el árbol que canta y el agua de oro. Ignoro el sitio en que están estas preciosidades, y si lo sabéis os ruego me enseñéis el camino para no perder el fruto de mi largo y penoso viaje.
Señor, respondió el derviche con el semblante demudado, conozco el camino por que me preguntáis, y el cariño que ya os tengo me hace titubear en daros respuesta afirmativa. El peligro a que vais a exponeros es inmenso; otros valerosos caballeros que han pasado por aquí me han hecho la misma pregunta, y ni uno solo ha vuelto triunfante de la atrevida empresa, de la atrevida siempre de disuadirles. No vayáis más adelante y volveos a vuestro país.
Cualquiera que sea el peligro de que me habláis, dijo el príncipe, lo arrostraré sin miedo alguno, porque creo tener mas valor que mis enemigos.
¿Y si los que os acometan no se dejan ver porque son tan numerosos como invisibles, cómo os defenderéis contra ellos?
No importa, yo sabré arreglarme, respondió el Príncipe, y os suplico por segunda vez que me mostréis el camino.
Viendo el derviche que eran vanos sus consejos, metió la mano un saco que tenía junto a sí, sacó una bola y la presentó al príncipe.
Tomad esta bola, dijo, y cuando estéis a caballo, tiradla y seguid tras ella hasta la falda del monte donde se pare; bajaos entonces, y dejad suelta la brida del corcel, que os esperara en el mismo sitio. Al subir, encontraréis a derecha e izquierda una multitud de piedras negras, y oiréis una confusión de voces que os insultarán para desanimaros e impedir que lleguéis a la cumbre; no os asustéis ni miréis hacia atrás, porque al punto os convertiréis en piedra negra como las que veréis, y que son otros tantos señores frustrados en su intento. Si lográis evitar el peligro y llegáis a lo alto del monte, hallaréis una jaula y en ella un pájaro, y como éste habla, le preguntaréis dónde se encuentra el árbol y el agua de oro, y él os lo indicará. Ahora, haced lo que gustéis.
Agradezco vuestras advertencias, dijo el Príncipe, y creo que pronto me veréis cargado con las preciosas maravillas que busco.
Tomó Baman la bola, montó a caballo, y no sin dar las gracias al derviche arrojó al suelo la bola, según éste le había prevenido. Fue rodando hasta la falda del monte, y allí se detuvo el príncipe, dejando el caballo, que permaneció inmóvil a pesar de tener la rienda suelta. Empezó Baman a. subir la cuesta, flanqueada de piedras negras, y apenas hubo dado cuatro pasos, cuando oyó las voces de que le había hablado el derviche.
¿Adónde va ese calavera atolondrado?, decían. ¿Qué es lo que quiere? No le dejéis pasar. Y otras le llamaban ladrón y asesino, y se burlaban luego de él y de su loco empeño en conseguir la jaula con el pájaro. El príncipe siguió subiendo intrépidamente, pero las voces hicieron tal estruendo y algarabía que se asustó, comenzaron a temblarle las rodillas, volvió la cabeza para retroceder y en el acto quedó transformado en piedra negra, lo mismo que su caballo.
Desde el día. en que salió el príncipe Baman, llevaba su hermana a la cintura el cuchillo que el joven le dejó para que supiera si estaba muerto o vivo. Grande fue la pena de la Princesa y de Perviz cuando vieron un día que chorreaba sangre el misterioso cuchillo. Lloraron ambos la pérdida de su hermano querido. Parizada se arrepintió mil veces de haberle revelado la conversación de la beata. `
Parizada., lloramos inútilmente a nuestro hermano; nuestras lagrimas y nuestro dolor no habrán de devolvérnoslo. Así, pues, acatemos la voluntad de Dios y resignémonos a sus inescrutables designios. ¿Por qué dudas ahora de las palabras de la devota que tuviste por ciertas y verdaderas? Si esas tres cosas no existiesen realmente, habríase abstenido de hablarte de ellas.
¿Qué motivos tenía para engañarte? ¿No la acogiste, por ventura, con toda la bondad de que eres capaz? Por lo tanto, en vez de llorar y lamentarnos, lo que debemos hacer es averiguar el paradero de nuestro hermano. Tal vez no ha muerto y le ha ocurrido alguna desgracia por haber olvidado o hecho algo que no podemos adivinar. Yo estaba dispuesto a emprender en su lugar el viaje que ha hecho; ahora, pues, con doble motivo debo ponerme sin pérdida de tiempo en camino y así lo haré.
En vano le manifestó la infeliz Princesa que iba a quedarse sola. en el mundo, sin amparo y sin consuelo; el Príncipe persistió en su resolución, y en vez de un cuchillo dio a su hermana un collar de perlas con cien cuentas, diciéndole:
Repasa. las cuentas de este collar durante mi ausencia, y si se detienen en el hilo sin correr atrás ni adelante, como si estuviesen pegadas las unas a las otras, será prueba de que he sufrido la misma suerte que mi hermano. Pero no creo que suceda así, y espero tener la dicha de volver a verte muy pronto.
El Príncipe marchó, y a los veinte días de camino tropezó con el mismo derviche en el paraje en que Barman le hubo encontrado. Hízóle las preguntas oportunas, el anciano respondió en términos que empleaba siempre, y por medio de la conversación supo que el joven era hermano del que le había cortado bigote.
Si no seguís con más exactitud mis consejos, dijo el derviche, os sucederá lo propio que a vuestro hermano, o lo que es lo mismo, seréis al punto convertido en piedra negra.
Dio luego al Príncipe una bola del saquillo con las instrucciones necesarias, que el joven observó con puntualidad. Cuando se detuvo la bola, paró el caballo y subió la cuesta a pie muy decidido a llegar a la cumbre, pero a los cinco o seis pasos oyó cerca de sí una voz de hombre que le decía:
Aguarda, temerario, que voy a castigar tu insolencia.
El príncipe Perviz no pudo contenerse al escuchar el insulto, tiro del sable, volvió hacia. atrás para vengarse, y apenas tuvo tiempo de ver que nadie le seguía, porque quedó transfomado en piedra negra, lo mismo que su caballo,
Desde que marchó el príncipe Perviz, la princesa Parizada no se había descuidado un solo día de pasar las cuentas del collar de perlas que aquél le había entregado. Al instante mismo en que Perviz sufría la misma desgraciada suerte que su hermano Baman, notó la Princesa que las perlas no obedecían al movimiento que quería imprimirles y no dudó de que aquello significaba la muerte de Perviz.
Y como de antemano había decidido lo que debía hacer si llegaba el desgraciado caso, se sobrepuso a su dolor y al día siguiente, vestida de hombre, armada convenientemente y provista de todo lo necesario, montó a caballo y se puso en camino, siguiendo el mismo que recorrieron sus hermanos.
Ir a La Princesa Parizada sale en busca de sus hermanos
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