17.3. El Sultán se reúne con los Príncipes y la Princesa Parizada.

Al cabo de algunos días, repuestos los Príncipes de las fatigas del viaje, volvieron a sus antiguas costumbres de cazar diariamente, y emprendieron una partida a tres leguas de su casa.
Cuando estaban entretenidos en perseguir a un ciervo, se presentó el sultán de Persia cazando en el mismo sitio que los Príncipes habían elegido, y así que vieron que se acercaba, tomaron el partido de retirarse para evitar su encuentro; pero le hallaron en un sitio tan estrecho que no podían dejar de ser vistos. Sorprendidos así, postráronse a las plantas del Sultán, el cual les ordenó que se levantasen, preguntándoles quiénes eran y dónde vivían. El príncipe Baman tomó la palabra.
Señor, dijo-, somos hijos del último intendente de los jardines del palacio de Vuestra Majestad y habitamos una casa que hizo construir poco antes de su muerte.
Según veo, replicó el Sultán, gustáis de la caza.
Señor, dijo el príncipe Baman, es nuestro ejercicio favorito; ninguno de los súbditos de Vuestra Majestad destinado a servir en los ejércitos debía desatenderlo, con arreglo a la antigua usanza de este reino.
Desearía veros cazar, repuso el Sultán, y espero que al punto vengáis conmigo.
Los Príncipes montaron a caballo, siguieron al soberano, y al poco trecho salieron varias fieras de sus guaridas; el príncipe Baman escogió un león para combatirle, y el príncipe Perviz un oso. Partieron ambos al mismo tiempo con indecible arrojo, y manejaron las armas con tal maestría, que pronto vio el Sultán a las fieras exánimes bajo los golpes de los diestros cazadores. Baman, sin detenerse, escogió otro oso, y su hermano un fiero león, saliendo también triunfantes de la tremenda lucha.
Quiero utilizar vuestro valor, dijo admirado el Sultán, y por consiguiente, deseo que no os expongáis mas tiempo a los peligros de luchar con esas fieras.
El Sultán sintió tan irresistible inclinación por los Príncipes, que les ordenó fuesen a la Corte, incorporados a la comitiva. Señor, dijo el príncipe Baman, Vuestra Majestad nos honra más de lo que nos merecemos y le suplicamos nos dispense de recibir tamaño favor.
¿Y por qué no queréis venir conmigo?
Señor, tenemos una hermana menor con la cual vivimos tan estrechamente, que nada hacemos sin consultarla antes, y ella nos corresponde del mismo modo.
Alabo esa unión, dijo el Sultán; consultad a vuestra hermana, y mañana, cuando venga a cazar, me daréis la respuesta.
Los Príncipes se olvidaron durante dos días consecutivos de hablar a Parizada de la aventura, y el Sultán, lejos de incomodarse por ello, sacó de una bolsa. tres bolitas de oro y las puso en al pecho de Barman, diciéndole: Las bolas harán que esta noche no olvidéis mi encargo, y mañana espero saber si vendréis o no conmigo a la Corte.
Gracias a este recurso, se acordó Baman de referir lo sucedido
a la Princesa, quien opinó debían ir los jóvenes a la Corte a hacer fortuna, aunque ella pasase por el duro trance de quedarse sola en la casa, privada de la presencia de hermanos tan queridos.
Sin embargo, fue de parecer que se consultase el pájaro que habla y que había. ofrecido su auxilio cuando la familia se hallase en algún confiicto. Fueron a ver al pájaro, y enterado éste de lo que sucedía, contestó:
Es preciso que los Príncipes accedan a los deseos del Sultán y que además le ofrezcan esta casa para que vea a Parizada, porque de todo ello resultará un gran beneficio.
Los dos jóvenes no dudaron ya sobre el partido que deberían tomar, y al día siguiente dijeron al Sultán que estaban prontos a seguirle a la capital y ponerse a sus órdenes. El soberano, muy gozoso, los colocó a su lado en la cabalgata, honor insigne que
dispensaba a pocos personajes de la Corte, y así entró en la ciudad, cuyos habitantes quedaron prendados de la gallardía. y gentileza de ambos jóvenes.
Una vez llegados a Palacio, comieron en la mesa misma del Sultán, conversando con tal lucidez e ilustración que el soberano de Persia no volvía en si de entusiasmo y sorpresa, al encontrar dos personas de tanto talento bajo la apariencia de sencillos cazadores.
Concluido el banquete, se celebró un magnífico concierto vocal e instrumental, hasta que acercándose la noche se despidieron los Príncipes del Sultán, muy agradecidos por los obsequios que les había dispensado, y no sin rogarle que honrase su casa en la primera ocasión que fuese a cazar por las cercanías. Así ofreció el Sultán que lo haría con sumo placer, y Parizada, al saber la promesa del soberano, fue en el acto a consultar con el pájaro
acerca de lo que debería presentar al Sultán que fuese de un
agrado.
Lo que mas gusta a Su Majestad, repuso el pájaro, es un plato de pepinos con relleno de perlas.
Eso que dices es un disparate, replicó asombrada la Princesa; las perlas no se comen, y además todas las que yo tengo no bastarían para hacer el relleno.
No os apuréis por ello, dijo el pájaro; id mañana, de madrugada, al pie del primer árbol del parque, cavad a mano derecha, y allí encontraréis las perlas que os hagan falta.
La Princesa mandó llamar a un jardinero, hizo que cavase, y a cierta profundidad tropezó el hombre con un bulto que era un cofrecito de oro. Abriólo la Princesa y Vio que estaba lleno de perlas de igual tamaño; gozosa con su tesoro, fue en busca de sus hermanos, los cuales quedaron atónitos al contemplar tanta riqueza y saber el origen de ella. Se dispuso en seguida un espléndido banquete para obsequiar dignamente al soberano, y el cocinero se quedó sorprendido cuando la Princesa le ordenó que hiciese un plato de cohombros rellenos con las perlas que le presentó.
A la mañana siguiente fueron los Príncipes a encontrar al sultán de Persia para conducirle a su casa, donde le esperaba la princesa Parizada, de quien el Sultán quedó prendado al ver su belleza y su finura en los saludos y las palabras que le dirigió antes de enseñarle la quinta, que el sultán de Persia comparó con un magnífico palacio; pero lo que mas le llamó la atención fue el jardín y el surtidor de agua de color de oro.
¿De dónde proviene esta agua maravillosa, dijo, que no me canso de mirarla? ¿En qué sitio está el manantial de este surtidor que no tiene igual en el mundo?
La Princesa no le contestó nada y le condujo al árbol que
cantaba. No veo los músicos que cantan tan deliciosamente, dijo el Sultán mirando a uno y otro lado; ¿están debajo de la tierra o suspendidos e invisibles en el aire? Señor, respondió la Princesa sonriendo, no son músicos los que forman ese concierto, sino las hojas del árbol que tiene delante Vuestra Majestad. Acérquese mas y se convencerá. de ello.
El Sultán quedó embelesado al oír la música maravillosa, y también quiso saber de qué país provenía el árbol; la Princesa, sin embargo, no satisfizo su curiosidad y le llevó a ver el pájaro que hablaba. Al acercarse el soberano al salón, vio un sinnúmero de pájaros que hacían resonar sus trinos en el aire; mucho extrañó que estuviesen allí y no en los árboles del jardín, y fue mayor su asombro cuando oyó que la Princesa dijo, dirigiéndose al pájaro que estaba en la ventana:
Esclavo mío, he aquí al Sultán; salúdale cual se merece, y le corresponde por su alta jerarquía.
Dejó el pájaro de cantar, y respondió: Que sea bien venido el Sultán, a quien Dios colme de prosperidades.
Te doy las gracias por tus buenos deseos, y me complace ver en ti al Rey de los pájaros, contestó el Sultán maravillado. En seguida se pusieron a la mesa, y cuando llegó el turno al
plato de los cohombros, al partir uno, vio Su Majestad el relleno de perlas, y miró alternativamente a los Príncipes y a la Princesa para interrogarles; pero el pájaro se adelantó y dijo: Señor, ¿Vuestra Majestad se pasma de ver un relleno de perlas, habiendo creído tan fácilmente que la Sultana, su esposa, diera a luz tres monstruos?
Así me lo aseguraron, respondió el Sultán.
Sí, pero fueron las hermanas de la Sultana, envidiosas de su brillante casamiento, añadió el pájaro. Estos que aquí veis son vuestros hijos, arrojados al agua y recogidos por el jardinero mayor de Palacio, que los educó con cariño esmero.
Doy entero crédito a lo que me dices, exclamó el Sultán conmovido, porque desde el primer momento comprendí por instinto que la sangre de estos Príncipes era la mía propia. Venid
acá, hijos míos, que yo os abrace y os haga las caricias de un tierno padre.
Abrazáronse todos derramando lágrimas de gozo, y terminada la comida., dijo el soberano que al día siguiente volvería a la quinta de los Príncipes para presentarles a la Sultana, su madre, y que por lo tanto se dispusiesen a recibirla.
Regresó el soberano a la capital con toda presteza, y su primer acto fue ordenar el arresto de las envidiosas hermanas de su esposa; hecho así, y confesas y convictas del crimen de infanticidio, fueron descuartizadas inmediatamente. Todo se ejecutó en menos de una hora. En seguida fue el Sultán con lujosa comitiva a la puerta de la mezquita, a sacar a su esposa de la cárcel de madera en que había pasado tantos años, y públicamente le pidió perdón de la injusticia cometida, participándole el castigo de sus culpables hermanas. La Sultana, vuelta a, Palacio y a su rango y consideración, se vistió un traje magnífico, y en unión de su esposo se trasladó a la quinta donde habitaban sus hijos, a los cuales no conocía, circunstancia que no amenguó el cariño que su maternal corazón les profesaba.
Es indescriptible la escena que tuvo lugar en la casa de campo, como asimismo el asombro de la Sultana al contemplar el pájaro, el árbol y el agua de oro. En seguida se dirigieron todos a la Corte, seguidos de una brillante comitiva, y los habitantes de la ciudad, que ya sabían que el Sultán había descubierto a sus tres hijos y devuelto a la Sultana su libertad, se agolparon en tropel en las calles del tránsito para aclamar y vitorear a sus Príncipes. Parizada no quiso abandonar su pájaro, el cual atraía a las aves que se posaban cantando sobre los árboles y sobre los tejados de las casas.
A la noche hubo grandes iluminaciones y regocijos, que duraron muchos días, en celebridad del fausto suceso que había llenado de alegría el corazón del sultán de Persia.
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