17.2. La Princesa Parizada sale en busca de sus hermanos

A los veinte días de marcha ininterrumpida, encontró al derviche, y echando pie a tierra, fue a sentarse a su lado, después de haberle saludado, y le dijo:
Buen derviche, permitid que descanse un momento junto a. vos y dignaos indicarme dónde se encuentran el pájaro quo habla, el árbol que canta. y el agua de oro.
Señora, -repuso el derviche, por la voz he conocido que sois mujer. Sé dónde se encuentran esas tres cosas por las que preguntáis; mas, decidme, ¿por qué motivo queréis saberlo?
Buen derviche, contestó la princesa Parizada, me han referido tantas maravillas acerca de ello, que ardo en deseos de verlas.
Y no os han engañado, señora, replicó el derviche: pero es el caso que se oponen dificultades casi insuperables a la realización de vuestro deseo. Creedme, lo que debéis hacer es volver a vuestra casa, pues no quisiera yo contribuir a vuestra perdición.
Querido anciano, he venido desde muy lejos y seríame muy doloroso regresar sin haber conseguido mi objeto. Supongo que las dificultades a que aludís pueden acarrearme la muerte. De todos modos, explicadme en qué consisten y qué peligros pueden
amenazarme, a fin de hacerme cargo si confiando en mi valor me es dable llevar a cabo mi empresa.
El derviche le hizo entonces las mismas advertencias que a. sus hermanos, exagerando los obstáculos y ponderando lo difícil que era subir hasta la cima de la montaña para apoderarse de la jaula en que estaba encerrado el pájaro que hablaba, el cual había de indicarle dónde se hallaban el árbol que cantaba y el agua dorada. No se olvidó tampoco de hablarle de los gritos y voces amenazadoras que salían de todas partes sin lograr ver a quienes los proferían, y de las piedras negras que infundían pavor sabiendo que eran caballeros y animales encantados.
Deduzco de cuanto me habéis dicho, repuso la Princesa, que la mayor dificultad consiste en saber dominarse para llegar hasta la cima de la montaña sin hacer caso de los insultos, ruegos o amenazas que se me dirijan y sin mirar nunca atrás. En cuanto a lo último, confío en que podré ser dueña de mi voluntad; mas, por lo que se refiere a las voces, no estoy muy segura de que el miedo no se apodere de mí. Ahora bien; como en las empresas peligrosas es lícito recurrir a algún artífice, yo lo emplearé y estoy cierta de que saldré victoriosa.
¿Y qué artífice es ése?, preguntó el derviche, ¿Qué pensáis hacer?
Taparme los oídos con algodones para no oír las voces por fuertes y espantosas que sean. Ignoro, replicó el anciano, si alguno ha hecho ya uso de ese medio; lo único que os diré es que todos han fenecido en la empresa. Pero una vez que estáis tan resuelta a acometerla, toma esta bola, arrojadla al suelo y deteneos cuando ella se pare. Lo demás ya lo sabéis y procurad no olvidar mis consejos y repetidas recomendaciones.
La Princesa se tapó los oídos con algodones, después de llegar tras de la bola a la falda del monte, y comenzó a subir con paso firme y decidido; el algodón no era de gran efecto, porque, a pesar de él, oía Parizada los groseros insultos que de todas partes
se lo dirigían. Sin embargo, llegó a tal altura, que pudo descubrir la jaula y el pájaro, el cual, en lugar de animarla, le decía con voz atronadora:
Retírate; no te acerques, vete de aquí.
Pero la Princesa, sin arredrarse lo más mínimo, puso la mano sobre la jaula y se apoderó de ella.
No extrañéis, señora, dijo el pájaro mientras la joven se quitaba. el algodón de los oídos, que yo me haya juntado con los que defendían mi hermosa libertad; pero, de ser esclavo, prefiero teneros por dueña, y desde ahora os juro fidelidad y sumisión a todos vuestros mandatos. Sé quién sois, y día llegará en que haga un gran servicio; por de pronto, decidme lo que queréis para. obedeceros al punto.
Primeramente, respondió gozosa la Princesa, dime dónde está el agua de oro.
El pájaro le indicó el paraje, y la Princesa llenó un frasco de plata. que llevaba del precioso líquido.
Ahora dime dónde puedo encontrar el árbol que canta
En ese bosque inmediato, respondió el pájaro.
Fácil le fue a la joven el distinguirlo, no sólo por su altura, sino también por el armonioso concierto que oyó.
Le he visto y oído, dijo al pájaro, pero no puedo llevármelo a causa de sus enormes dimensiones.
No es preciso tampoco, replicó el ave, porque bastará que arranquéis una rama y la plantéis en vuestro jardín; echará raíces en seguida, y dentro de poco será un árbol tan lozano y frondoso como el que acabáis de admirar.
Aun no es bastante esto, dijo la Princesa, cuando tuvo un su poder las tres preciosidades; eres causa de la muerte de mis dos hermanos, que deben estar entre esas piedras negras, y quiero a todo trance llevármelos conmigo.
Tomad ese cántaro que veis ahí, contestó el pájaro, y al bajar de la montaña verted un poco del agua que contiene sobre cada piedra negra, y de este modo recobraréis a. vuestros hermanos.
Parizada, con la jaula, el cántaro, la rama y el frasquito lleno de agua de oro, comenzó a bajar, vertiendo el líquido del cántaro sobre cada piedra que encontraba, la que instantáneamente se convertía en un hombre, apareciendo también los caballos de los señores transformados. De este modo, volvieron ala vida los príncipes Baman y Perviz, los cuales abrazaron a. su hermana, colmándola de elogios y bendiciones. Queridos hermanos, les preguntó, ¿qué habéis hecho aquí?
Dormir, le contestaron. Si, replicó la Princesa; pero sin mi auxilio duraría aún vuestro sueño y quién sabe si no hubierais despertado hasta fin del mundo. ¿No recordáis que vinisteis en busca del pájaro que habla, del árbol que canta y del agua de oro y que visteis a vuestra llegada estos lugares sembrados de piedras negras? Mirad si queda una siquiera. Los señores y los caballeros que nos rodean y vosotros mismos erais esas piedras.
Y les explicó de qué manera había podido volverlos a su ser natural.
Los príncipes Baman y Perviz, lo mismo que los caballeros que la. rodeaban, prorrumpieron en subidos elogios del valor heroico de la Princesa, declarando éstos que, lejos de envidiarla por haber llevado a cabo una empresa que en vano intentaron ellos, creíanse obligados, y así lo hacían, a declararse esclavos de ella.
Señores, replicó la Princesa, si habéis oído atentamente lo que os he dicho, sabréis que cuanto he realizado ha sido con el exclusivo objeto de recuperar a mis hermanos; por lo tanto, nada tenéis que agradecerme, y no veo en vuestro ofrecimiento más que un acto de cortesía.,Os considero, pues, tan libres como lo erais antes de vuestra desgracia, y me felicito de haber tenido ocasión de conoceros. Mas, apresurémonos a alejamos de este lugar funesto; monte cada cual a caballo y regresamos al país de donde hemos venido.
Y esto diciendo, dio ella misma. el ejemplo tomando las riendas de su caballo., En aquel momento le rogó Baman que le permitiese llevar la jaula.
No, el pájaro es mi esclavo, contestó Parizada, y quiero llevarle yo misma; toma tú la rama del árbol que canta, y tú, Perviz te encargarás del frasquito que contiene el agua de oro.
Así se hizo, y Parizada, a fuegos de todos, se puso a la cabeza de la numerosa comitiva, que emprendió la marcha, encontrando muerto al anciano derviche, no se supo si de vejez o porque no era ya necesario enseñar a nadie el camino que conducía a las anheladas preciosidades que conquistó la heroica Princesa, quien llegó felizmente a su casa. con los Príncipes sus hermanos. Parizada puso la jaula en el jardín, y apenas comenzó el pájaro a. cantar cuando los ruiseñores, los pinzones, las alondras y otra infinidad de pájaros vinieron a acompañarlo con sus gorjeos. La rama la hizo plantar a su presencia en un cuadro del mismo jardín; la arraigó al instante, y a los pocos días era ya un árbol corpulento, cuyas hojas producían la misma armonía que aquel del cual había sido desprendida. Mandó colocar en medio del jardín una. hermosa concha de mármol, y cuando estuvo dispuesta, derramó la Princesa en ella el agua de oro y salió un surtidor que se elevaba a la altura de veinte pies, volviendo a caer sin que se derramase una sola gota. La nueva de tamaños portentos cundió por las cercanías, y como las puertas del jardín estaban siempre abiertas, no faltaron gentes que acudieron en tropel. a admirar tan sorprendentes maravillas.
Al cabo de algunos días, repuestos los Príncipes de las fatigas del viaje, volvieron a sus antiguas costumbres de cazar diariamente, y emprendieron una partida a tres leguas de su casa.
Ir a El Sultán se reúne con los Príncipes  y la Princesa Parizada.
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