15. Historia de Ganem llamado el esclavo de amor y de Tormenta (parte 2)

Historia de Tormenta
Sabed, pues, ante todo, que me llamo Tormenta, nombre que me pusieron al nacer, porque se creyó que mi aspecto pronosticaba muchos males. Esto no debéis ignorarlo, pues no lo ignora nadie en Bagdad, cuyo señor, que es el califa Haroun- al-Raschid, mi soberano y el vuestro, tiene una favorita que se llama así.
Fui conducida a su palacio en mi más tierna juventud y me llevaron con los cuidados que se suelen tener con las personas de mi sexo destinadas a vivir en él. Comprenderéis que Zobeida, esposa del Califa, no ha podido ver mi felicidad sin celos.
Hasta ahora escape de sus insidias; pero, por fin, sucumbí a sus celos, y sin vos, me hallaría ahora en la agonía de una muerte inevitable. Sin duda, me hizo administrar un narcótico, aprovechando la ausencia del Califa. No sé cómo le ocultará al Califa su malvada acción: por tanto, ved cuánto me conviene que me guardéis el secreto, pues no estaré segura en vuestra casa hasta tanto que el Califa no esté fuera de Bagdad..
Apenas la bella favorita de Haroun-al-Raschid cesó de hablar, Ganem tomó la palabra y dijo: Señora, os doy mil gracias por la explicación que me tomé la libertad de pediros y os suplico que os contéis por segura. Los sentimientos que me habéis inspirado son la garantía de mi discreción.
Bien veo dijo ella que ese discurso os causa pena, pero dejémoslo y hablemos de la obligación infinita que os debo. No puede explicar suficientemente mi alegría cuando pienso que sin vuestro auxilio estaría privada de la luz del sol.
Después de comer, Ganem dijo a Tormenta:
Señora, desearéis sin duda reposar; os dejo, cuando necesitéis de mí, hacedme llamar y me veréis pronto a cumplir vuestras órdenes.
Salió a comprar dos esclavas y, presentándolas a Tormenta, le dijo: Señora, una persona como vos necesita, por lo menos, dos mujeres que la sirvan.
Tormenta agradeció la atención de Ganem y le respondió:
Señor, veo bien que no sois hombre de hacer las cosas a medias.
Cuando las esclavas se hubieron retirado, el joven mercader se sentó en el sofá. en que estaba Tormenta, pero a una distancia respetuosa.
Señor….. dijo Tormenta.
¡Ah, señora! interrumpió Ganem, tratadme como esclavo vuestro, porque tal soy y no dejaré de serio jamás.
No, no, interrumpió Tormenta a su vez, me guardaría yo muy bien de tratar así al hombre a quien debo la vida. Estoy demasiado penetrada de vuestra conducta respetuosa para abusar de ella y os confieso que no veo con indiferencia los cuidados que por mí os tomáis. No puedo deciros más.
Sentáronse los dos a la mesa.
La cena duró largo tiempo, y era muy avanzada la noche sin que pensasen en retirarse.
Ganem, no obstante, pasó a otro departamento, dejando a Tormenta en aquel en que estaba, donde la servían. las dos esclavas.
Así vivieron los dos durante muchos días.
El joven mercader no salía casi de su casa y sólo en los momentos en que Tormenta dormía, no queriendo perder un solo momento de estar a su lado.
Aunque los dos se amaban con igual afecto, la consideración del Califa les retenía en los límites que la misma exigía, haciendo aun mas viva su pasión.
Mientras que Tormenta pasaba tan apaciblemente el tiempo en la casa de Ganem, Zobeida no estaba tranquila en el palacio de Haroun-al-Raschid.
Mi esposo, decía entre si amaba a Tormenta mas que a otra alguna de sus favoritas. ¿Qué contestaré cuando me pida noticias de ella?
Discurría mil trazas cuando recordó que tenia junto a si una señora vieja que la sirvió de aya en su infancia.
La hizo llamar y, después de confiarle el secreto, le dijo: Querida mía, siempre me habéis ayudado con vuestros consejos ; sugeridme un medio de contentar al Califa.
Mi querida señora, respondió la vieja; por ello soy de opinión que mandéis tallar un trozo de madera en forma de cadáver. Envuelto en telas blancas, después de colocado en un féretro, lo haremos enterrar en alguna parte del palacio. Luego erigiréis un mausoleo y un túmulo que cubriréis con trapos negros, rodeado de candelabros con grandes cirios encendidos. Cuando venga el Califa y vea el luto de toda la Corte, no podrá menos de preguntar el motivo de él. Entonces podréis presentarle como un mérito los honores fúnebres que por consideración a él habéis tributado a Tormenta, muerta de repente.
El trozo de madera fue convenientemente preparado y llevado por la vieja a la cámara de Tormenta, y allí lo atavió como un cadáver en su féretro.
Por lo que Mesrour, jefe de los eunucos, sinceramente engañado, hizo sacar el féretro y con las ceremonias acostumbradas lo hizo enterrar.
Inmediatamente la muerte de Tormenta fue conocida en toda la ciudad. Ganem fue de los últimos en saberla, porque casi nunca salía a la calle. Habiendo llegado a su noticia, dijo a la bella favorita del Califa:
Señora, en Bagdad os creen muerta y la misma. Zobeida creo que acaba por estar persuadida de que es así. Bendigo al Cielo, testigo de que vivís. Y pluguiere al Cielo que aprovechando. esas falsas voces quisierais unir a la mía vuestra suerte y venir conmigo lejos de aquí a reinar en mi corazón.
La amable Tormenta, aunque sensible a las tiernas frases de Ganem, se hacia violencia, e invirtiendo el discurso:
Señor le decía, no podemos impedir que Zobeida triunfe: pero dejémosla, porque barrunto que a ese triunfo seguirá muy de cerca el dolor. El Califa regresará y encontraremos el medio de informarle con secreto de lo ocurrido.
A los tres meses volvió el Califa a Bagdad.
Impaciente por ver a Tormenta, entró en su palacio, pero quedó asombrado al ver a sus oficiales vestidos de luto.
Preguntó en el acto por quién lo llevaban, pintado en su semblante el dolor.
Comendador de los creyentes dijo Zobeida, yo lo he ordenado para honrar a Tormenta, vuestra esclava, que murió tan de repente que nada pudo hacerse para curar su mal. He cuidado yo misma de las exequias y nada he escatimado para que resulta sen soberbias. He mandado erigir un mausoleo para ella, que os mostraré si lo deseáis.
El Califa no quiso que Zobeìda se tomase esa molestia y se hizo acompañar por Mesrour.
Cuando vio el rico mausoleo y sus adornos, creyó sospechoso que Zobeida hubiera celebrado con tanta pompa las exequias de su rival y creyó que su amante quizás no había muerto.
Para averiguar por si mismo la verdad, hizo abrir la fosa el féretro en su presencia, mas apenas hubo visto el lienzo que envolvía el leño, no se atrevió a mirar más.
Aquel religioso Califa temió ofender la religión si permitía que se tocase el cuerpo de la difunta. No dudando ya de la muerte de Tormenta, hizo cerrar otra vez el féretro, rellenar la fosa y volvió el mausoleo a su primer estado.
Treinta días duró el luto, las oraciones y las vigilias que el Califa ordenó sobre la tumba de Tormenta.
Haroun-al-Raschid, cansado por fin, se retiró a reposar en su cámara, y se durmió sobre un sofá. entre dos de las damas de su palacio.
Una de ellas, llamada Luz del Día, viendo dormido al Califa, dijo en voz muy baja:
Estrella de la Mañana, así se llamaba la interpelada, tenemos buenas noticias. El Comendador de los creyentes, nuestro señor y amo, tendrá una gran alegría cuando se entere de lo que tengo que decirle, Tormenta no ha muerto, sino que está en perfecta salud.
¡Oh Cielo!, exclamó Estrella de la Mañana, transportada de gozo, será posible que la bella, la graciosa, la incomparable Tormenta, este todavía en el mundo? Estrella de la Mañana dijo esas palabras con tal viveza y en tan alto tono de voz, que el Califa despertó y preguntó por qué le habían interrumpido en su sueño. ¡ Ah, señor!, respondió Estrella de la Mañana, perdonadme esta indiscreción, pero no he podido contenerme al oír que Tormenta vive todavía.
Y bien, ¿qué es lo que hay de eso? dijo el Califa.
Comendador de los creyentes, contestó Luz del día, he recibido esta noche un billete sin firrna, pero de la propia mano de Tormenta, que me dice lo que le ha ocurrido y me ordena que os dé cuenta de ello. Yo esperaba, para llevar a cabo mi comisión, que hubierais tomado algún descanso, creyendo que teníais necesidad de él después de tanta fatiga y…
Dadme, dadme ese billete—interrumpió el Califa con precipitación. Luz del Día le presentó incontinente el billete, que él abrió con viva impaciencia. Tormenta hacia en él un detallado resumen de cuanto le había ocurrido, pero se extendía un poco sobre los cuidados que Ganem tenía para con ella. El Califa, naturalmente celoso, en vez de incomodarse por la perfidia de Zobeida, sólo fue sensible a la infidelidad que se imaginó que había cometido Tormenta.
Se levantó y se trasladó a la gran sala de audiencias para recibir a los señores de la Corte. El visir Giafar compareció y se postró delante de su señor.
Giafar, tu presencia es necesaria para la ejecución de una orden importante que voy a encargarte. Toma cuatrocientos hombres de mi guardia, infórmate dónde vive el mercader de Damasco llamado Ganem, ve a su casa y derríbala hasta sus fundamentos, pero antes apodérate de él y condúcelo aquí junto con Tormenta mi esclava, que está en su casa desde hace cuatro meses.
El gran Visir extendió su diestra en señal de que quería perderla antes de desobedecer, y salió.
Tormenta y Ganem acababan de comer en aquel momento.

La primera estaba sentada junto a una ventana y por ella vio al gran Visir. que se acercaba y supuso que venía a prenderla a ella y a Ganem.
Comprendía que su billete había llegado a su destino, pero no esperaba una contestación semejante, creyendo que el Califa había tomado la cosa bajo otro aspecto.
¡Ah, Ganem Estamos perdidos; nos vienen a prender a los dos.
Atisbó él por la celosía y, presa del espanto, vio a la guardia con el gran Visir y el juez -de policía a su frente. Quedó mudo de terror.
Ganem, sugirió la favorita, no hay tiempo que perder: si me amáis, tomad pronta el vestido de uno de vuestros esclavos, tiznaos la cara y los brazos de hollín, colocaos alguno de estos platos en la cabeza y así os tomaran por un joven sirviente y os dejaran marchar. Si os piden por el dueño, responded sin vacilar que no está en casa.
El joven no sabia qué hacer y se habría dejado, sin duda, sorprender si Tormenta no le hubiera dado prisa en disfrazarse. así lo hizo y sólo pudieron abrazarse tiernamente. Tal era su mutuo dolor, que no les fue posible pronunciar una sola palabra.
Ganem logró escapar, y mientras esto sucedía, el gran Visir entró en la cámara de Tormenta, sentada en un sofá. y rodeada de cofres repletos de las mercancías de Ganem y del dinero que de ellas había sacado.
Apenas Tormenta vio entrar al gran Visir, se postró con el rostro a tierra, como si se dispusiera a sufrir la muerte.
Señor -dijo, pronta estoy a recibir las órdenes del Comendador de los creyentes contra mi. No tenéis más que comunicármelas.
Señora, contestó Giafar postrándose también hasta tanto que ella se hubo puesto de pie, no quiera el Cielo que nadie se atreva a poner sobre vos una mano profana. No tengo el designio de causaros el menor disgusto. Mis órdenes se reducen a suplicaros que me sigáis al palacio junto con el mercader que vive en esta casa. j V i
Señor, añadió la favorita levantándose, partamos; estoy pronta a seguiros. El joven mercader a quien debo la vida, no esta aquí. Hace casi un mes que se marchó a Damasco, obligado por sus negocios y hasta su regreso me ha dejado en depósito estos cofres que veis. Os suplico que los lleven al palacio, para que yo pueda cumplir la promesa de tener de ellos el cuidado posible.
Seréis obedecida, señora, replicó Giafar, quien dio en el acto a Mesrour las órdenes oportunas para llevarlos.
Por orden del Juez de policía fue demolida la casa, después de salir todos de ella, pero no pudo encontrarse a. Ganem, de lo que se dio aviso al gran Visir.
Y bien le dijo Haroun-al-Raschid, viéndole entrar solo en su gabinete—, ¿has seguido mis órdenes?
Sí, oh señor, repuso Giafar, La casa de Ganem está demolida y os traigo a Tormenta, vuestra favorita, que esta a la puerta y a la que haré entrar si se me manda. En cuanto al joven mercader, no ha sido posible dar con él. Tormenta asegura que hace un mes que partió para Damasco.
El Califa no se enojó con Tormenta. Pero, díjole a ella, ¿puedo fiarme de las seguridades que tú me das de la imposibilidad de prender a Ganem? Si, continuó ella; vos podéis hacerlo. No quisiera, por todo lo que vale el mundo, ocultaros la verdad.. Y para probaros que soy sincera, es necesario que os haga una confesión que quizá os desagrade; pero pido por ello perdón por anticipado a Vuestra Majestad.
Habla, hija mía, dijo entonces Haroun-al-Raschid-l; todo te lo perdono, a condición de que no me ocultes nada.
Pues bien, replicó Tormenta, sabed que las atenciones respetuosas de Ganem, unidas a sus buenos oficios, me hicieron sentir estimación para con él; llegó aún mas allá; conocéis la tiranía del amor, y yo sentí nacer en mi pecho tiernos sentimientos respecto a él. Se ha dado Ganem cuenta de ello, mas, lejos de aprovecharse de mi debilidad y a pesar de todo el fuego que le devoraba, me decía: «Lo que pertenece al amo, está prohibido al esclavos»
Esta ingenua declaración, lejos de excitar la ira del Califa, le calmó. Mandóle que se levantase y la hizo sentar junto a él Cuéntame, le dijo tu historia desde el principio hasta el fin. continuar
Historia de Ganem llamado el esclavo de amor y de Tormenta (parte 3)
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