14. Historia de Codadac y de sus hermanos (parte 2)

La Princesa aprobó el proyecto; el médico mandó disponer camellos en el acto, y emprendieron ambos el camino de Harán.
Detuviéronse en el primer parador, preguntando al dueño lo que ocurría en la Corte:
Se halla muy alarmada, dijo el posadero; el Rey tenia un hijo que permaneció con él de incógnito durante mucho tiempo y no se sabe lo que ha sido de su suerte. La esposa del Rey, llamada Pirouze, ha regresado a la Corte desde la de Samaria, ha mandado practicar mil gestiones en busca del Príncipe, pero todas han sido inútiles, y creemos que Codadac habrá muerto en algún lugar ignorado.
En vista de esto, el medico juzgó que el único partido que había que tomar era que la Princesa se presentase a Pirouze, aunque con las debidas precauciones, porque si los hijos del Rey sabían la llegada e intentos de su cuñada, tratarían de apoderarse de ella antes de que pudiese hablar a la Reina. Así es que él fue solo a la ciudad para buscar los medios de comunicarse con Pirouze, y una vez en Palacio se dirigió la uno de los guardias de la Reina:
Hermano, le dijo al oído, tengo un secreto importante que revelar a la Princesa y quiero que sin demora me conduzcas a su aposento.
Si ese secreto, -respondió el esclavo tiene relación con el príncipe Codadac, desde ahora os aseguro que lograréis verla.
Pues de el es de quien deseo hablarle.
Marchóse el esclavo, y, en efecto, a los pocos momentos se hallaba el médico delante de la Reina, que le recibió a solas. Preguntóle precipitadamente que noticias tenia de su querido hijo.
Señora, respondió el médico, larga es la relación que he de hacer, y extraordinarios los hechos que voy a referiros. Y entonces le contó circunstanciadamente cuanto había ocurrido entre Codadac y sus hermanos, escuchando la Reina con gran atención, pero cuando llegó a hablar del asesinato, la pobre madre cayó desmayada, como si se sintiera traspasada con los mismos puñales que habían herido el cuerpo de su adorado hijo; Concluida la triste narración, la Reina, algo mas serena, dijo al medico:
Id y asegurad en mi nombre a la princesa Deriabar que desde luego la reconozco, como hija y que anhelo estrecharla entre mis brazos.
Quedase sola la Reina, sumida en el mayor desconsuelo cuando entró el Rey en el aposento y le preguntó la causa de su lloro. Entonces la afligida madre le contó el modo cruel con que Codadac había perecido a manos de sus propios hermanos, El Rey, lleno de enojo y de ira, mandó llamar a su gran Visir y le ordenó que encerrase a los príncipes, sus hijos, en la prisión destinada a los asesinos, y que verificado esto, buscase en el parador y llevase inmediatamente a la Corte a la joven Princesa, esposa de Codadac. Así se ejecutó todo, y el Visir, seguido de una espléndida comitiva, entró en la ciudad conduciendo a la hermosa Princesa, a quien el pueblo, entusiasta por el desgraciado Codadac, recibió entre vítores y aclamaciones. El Rey y la Reina esperaban a, la joven a la entrada del palacio, y la pluma se resiste a describir la escena que tuvo lugar entre la viuda y los padres del que había sido esposo de ésta. La Princesa pidió justicia de la infame traición cometida por los príncipes ingratos, y así se lo ofreció el Rey, pero antes dispuso que fuese publicada con gran solemnidad la muerte de Codadac, a fin de que el reino no se sublevase al presenciar el suplicio de los criminales.
Hiciéronse magníficas exequias, y se erigió un suntuoso se pulcro de mármol blanco en la llanura donde se asienta la ciudad de Harán, como debido homenaje al valor y a las virtudes del malogrado guerrero.
Al noveno día de ceremonias fúnebres en honor de Codadac, se levantaron cadalsos para que los culpables expiasen su horrendo delito ; pero hubo de suspenderse la ejecución porque se supo que los príncipes de los Estados vecinos, que ya habían guerreado contra el rey de Harán, se adelantaban con fuerzas respetables a emprender de nuevo la lucha. Grande fue la consternación general al recibir la noticia, con cuyo motivo fue aún más dolorosa la pérdida de Codadac, que tanto había descollado en la guerra anterior, peleando con los mismos enemigos. Sin embargo, el Rey, en vez de aterrarse, junta sus huestes y sale al encuentro del enemigo. Éste, por su parte, se detiene y forma su ejército en batalla: apenas lo divisa el Rey, escuadrona la tropa en actitud de pelea, manda atacar y acomete con denuedo; el enemigo resiste, corren torrentes de sangre por ambas partes, y la victoria permanece indecisa; y ya iba a declararse en favor de los enemigos del rey de Harán, cuando asoma por la llanura un numeroso cuerpo de caballería que se acerca a los combatientes.
Extrañan y desconocen éstos el nuevo ejército, hasta que los guerreros recién llegados flanquean a los enemigos del rey de Harán, los acometen con ímpetu y los derrotan, pasándolos a todos a cuchillo.
El rey de Harán estaba atónito con el arrojo de aquel cuerpo que había decidido el triunfo a su favor, y sobre todo con el valiente caudillo de los jinetes, que había hecho prodigios de valor; ansiaba saber el nombre del incógnito, e impaciente por verle y darle las gracias, se dirige hacia él, cuando el guerrero le sale al encuentro. Acercánse ambos príncipes, y el rey de Harán se queda como petrificado al reconocer a Codadac en el denodado guerrero que acaba de socorrerle derrotando a sus enemigos.
¡Señor dijo Codadac, sin duda os causará asombro el ver a un hombre tenido quizás por difunto, y así afuera si el Cielo no me protegiese para vencer a vuestros enemigos!
¡Hijo mío! exclamó el Rey. ¿Es posible que vuelva yo a verte? Ya había perdido todas mis esperanzas.
Y al decir esto se abrazaron con calurosa efusión.
Todo lo sé, hijo mío añadió el Rey; sé también la infamia con que tus hermanos pagaron el servicio que les hiciste en el castillo del monstruo; pero mañana quedarás vengado. Vamos a palacio; tu madre, que ,día y noche llora por ti, me aguarda para solemnizar el triunfo; ¡cuánto será su regocijo al saber que vives y que mi victoria es obra tuya! ¡Señor! replicó Codadac, permitidme que os pregunte cómo habéis sabido el suceso del castillo; ¿lo ha confesado quizás alguno de mis hermanos a causa de sus remordimientos?
No, respondió el Rey; la princesa de Deriabar nos ha informado de todo al pedir justicia en Palacio contra el atentado de tus hermanos.
Grande fue la alegría de Codadac al saber que su esposa se hallaba en la Corte.
Vamos, vamos pronto, exclamó enajenado, a ver a mi madre y enjugar sus lágrimas y las de la princesa de Deriabar. El Rey tomó al punto el camino de la ciudad y entró victorioso en el palacio en medio de las aclamaciones de los habitantes de la capital, y encontró a Pirouze y a la Princesa que le aguardaban con anhelo para darle el parabién por la victoria. Sería difícil expresar bien la alegría de entrambas al ver al Príncipe que le acompañaba; abrazaron se derramando lágrimas de gozo, y, pasados los primeros transportes de alegría, fue el cuidado preferente de todos saber lo acontecido a Codadac desde su desaparición de la tienda de campaña. Dijo el Príncipe que un labrador, montado en una mula, entró en dicha tienda, y viéndole en aquella horrible situación le llevó a su casa con gran esmero, curándole por medio de un bálsamo maravilloso que cicatrizo sus numerosas heridas.
Luego que me hallé bueno añadió, di las gracias al caritativo labrador ; me acerqué a la ciudad de Harán, pero habiendo sabido en el camino que algunos príncipes se disponían a acometer al Rey mi padre, me di a conocer en las aldeas, excitando el entusiasmo de los pueblos hasta que reuní gran número de jóvenes, puesto a su frente, llegué al campo de batalla en lo más recio de la pelea.
Luego que el Príncipe hubo concluido de hablar, dijo el Rey: Demos gracias a Dios porque ha conservado los días de Codadac, y es preciso que hoy mismo perezcan los traidores que quisieron asesinarle.
¡Señor! replicó el generoso hijo de Pirouze. Por ingratos y pérfidos que sean, acordaos que son de vuestra sangre; son mis hermanos al fin, y yo os pide para ellos perdón y clemencia.
Estos nobles sentimientos conmovieron al Rey, quien aclamó a Codadac por heredero de su corona delante del pueblo reunido. Después dispuso que sacasen a los príncipes de los calabozos; el hijo de Pirouze les quitó las cadenas, y los abrazó con tanta sinceridad como lo hizo en el castillo del negro. El pueblo, prendado de la generosidad de Codadac, le aplaudió con entusiasmo, y el Rey colmó de honores y distinciones al médico en recompensa de los servicios que había dispensado a la. hermosa princesa de Deriabar.
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