16.11. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte11/11)

El Califa se entera de la relación del Príncipe de Persia y la Favorita

El joyero esperaba en su casa a cada momento la visita de la confidente para estar al tanto de lo que ocurría, cuando uno de aquellos días se presentó la esclava, demudada y Llorosa.
El joyero, espantado, le preguntó qué tenia.
Schesnselnihar, el Príncipe, vos y yo, respondió la confidente, estamos todos perdidos.
Mi ama había hecho castigar por algunas faltas a una de sus esclavas. La esclava, resentida del castigo, huyó y no hay duda de que habrá ido a contarlo todo a un eunuco de la guardia que le ha dado acogida. Pero no es esto todo: la otra esclava de las
dos que vinieron a vuestra casa ha huido también, se ha refugiado en el palacio del Califa y tenemos motivos para creer que lo ha descubierto todo. El Califa ha hecho prender a Schesnselnihar por una veintena de eunucos. Yo he encontrado el medio de escapar y venir a advertiros. No sé qué habrá pasado, pero no auguro nada bueno.
Añadió la confidente que era preciso avisar al príncipe de Persia para que se pusiera en salvo. Dicho esto, la esclava desapareció.
El joyero corrió a casa del Príncipe. El primero persuadió al segundo a huir sin pérdida de momento.
Hicieron rápidamente sus preparativos y, tomando buenos caballos, armas, joyas y dinero, se pusieron los dos en camino.
Al segundo día de marcha se vieron asaltados por una partida de ladrones, los cuales mataron a todos sus criados, que en vano intentaron, defender a su señor: este y el joyero fueron despojados de todo cuanto tenia algún valor.
Mejor hubiese sido, dijo el Príncipe al joyero, no haber salido de Bagdad y esperar allí la. muerte. Príncipe, respondió el joyero, éste es un designio secreto de la voluntad de Dios. Nuestro deber es no quejamos y recibir esta desgracia con ciega sumisión, tranquila y resignada. No nos quedemos aquí y veamos cómo podremos ser socorridos en nuestro infortunio.
Dejadme morir, le dijo el príncipe de Persia: ¿no es lo mismo morir aquí que en otro sitio? Quizá en estos momentos Schesnselnihar ya no existe.
El joyero procuró animarle y le llevó a, una mezquita próxima donde pasaron la noche.
Un hombre honrado entró en la mezquita y, dirigiéndose a ellos les preguntó:
¿Sois, por ventura, forasteros? No os equivocáis, contestó el joyero.
Entonces aquel hombre, viendo que necesitaban auxilios de toda clase, les llevó a su casa para socorrerles en cuanto hubieran de menester.
El Príncipe, enfermo y acabado, vivió pocos días y murió en brazos del joyero y del hombre que los hospedo.
Un día después de la muerte del príncipe de Persia, el joyero,
aprovechando la ocasión de que por allí una numerosa caravana que se dirigía. a Bagdad, se unió a. ella y llegó así a su casa.
Se apresuró a visitar a la madre del príncipe de Persia, comunicándole la triste nueva de la muerte de su hijo, y la casa de esta señora se llenó de alaridos de dolor.
Regresaba a su casa el joyero, triste y abatido, cuando encontró en la calle a la confidente de Schesnselnihar, vestida con traje oscuro y llorando.
Este espectáculo renovó sus dolores y siguió andando hacia su casa seguido por la esclava, que entró con él.
Se sentaron, y el joyero le preguntó si sabia ya de la muerto del
Príncipe y si lloraba por él.
¡Ay de mí!, No, exclamó ella. ¡Cómo! ¿Ese Príncipe tan hermoso ha muerto? ¡No ha vivido mucho después de su amada Schesnselnihar ¡Hermosas almas!, añadió, En cualquier parte donde hoy os encontréis debéis ser muy felices en poder amaros sin obstáculos. Vuestros cuerpos eran un impedimento para vuestros deseos, y el Cielo os ha libertado de ellos para uniros.
El joyero, que nada sabía de la muerte de Schesnselnihar, quiso saber detalles del suceso.
¡Cómo! ¿Schesnselnihar ha muerto?, exclamó,
¡Verdaderamente, ha muerto!, replicó nuevamente la confidente, anegada en llanto. Por ella llevo luto.
Los detalles de su fallecimiento son singulares, pero antes quisiera saber lo que ocurrió al príncipe de Persia.
Habiéndole satisfecho el joyero sobre este punto, ella a su vez refirió lo siguiente:
No habréis olvidado que yo os había dicho ya que el Califa había hecho llamar a si a Schesnselnihar: era cierto que, como creíamos, él había sido informado de los amores del príncipe de Persia y Schesnselnihar por las dos esclavas, a las que había interrogado por separado. Creeréis, sin duda, que se irritaría contra Schesnselnihar y que daría grandes muestras de celos y de próxima venganza contra el príncipe de Persia: pues nada de eso; no pensó ni siquiera un instante en el príncipe de Persia: lloraba solamente a Schesnselnihar, y es fácil que se atribuyese a si mismo la causa de lo ocurrido, por el permiso concedido de andar libremente por la ciudad sin la compañía de los eunucos. No se puede conjeturar otra cosa, después de la manera extraordinaria de conducirse con ella, como oiréis.
El Califa. la recibió, y cuando se dio cuenta de la tristeza de que estaba poseída, que no disminuía en un ápice su espléndida hermosura, porque ella se presentó a su señor sin señal alguna de sorpresa o espanto:
Schesnselnihar, le dijo con una bondad digna de él, no puedo sufrir que vengáis aquí con un aspecto que me aflige infinitamente. Sabéis bien con qué pasión os he amado siempre y debéis estar persuadida de ello por todas las pruebas que os he dado. No he cambiado y os amo como nunca. Tenéis enemigos que me han hecho delaciones respecto a vuestro comportamiento, pero todo cuanto me han dicho no me ha hecho la menor impresión. Rechazad, pues, esta melancolía y disponeros a hacerme pasar una noche con placer y alegría, según lo acostumbrado.
Le dijo después otras cosas cariñosísimas y la hizo entrar en un aposento magnífico contiguo al suyo, donde le suplicó que le esperase.
La afligida Schesnselnihar fue siempre muy sensible a tantos testimonios de consideración. para con ella., pero cuanto más conocía cuán obligada, estaba respecto del Califa, tanto mas la torturaba el pensamiento de estar alejada, y tal vez para siempre, del príncipe de Persia, sin el cual no podía vivir.
Este coloquio de Schesnselnihar y del Califa, continuó la confidente tuvo lugar mientras yo vine aquí a hablaros, y he sabido los detalles por mis compañeras; pero apenas os dejé corrí a reunirme con Schesnselnihar y fui testigo de cuanto ocurrió por la noche. La encontré en el aposento de que os he hablado, y creyendo ella que yo hubiese hablado con vos, hizo que me acercase y sin que nadie nos oyese:
Os estoy muy agradecida. me dijo, del servicio que me habéis
hecho; probablemente será el postrero.
¡No dijo más, y yo no estaba en situación de poder ofrecerle consuelos.
El Califa entró por la noche, tomó la mano de Schesnselnihar y la hizo sentarse junto a él en el sofá.
Ella se hizo una fuerte violencia para complacerle, de tal suerte que la vimos expirar pocos momentos después.
En efecto, apenas estuvo sentada se desplomó hacia atrás.
El Califa creyó que se trataba de un desmayo y nosotras creímos lo mismo. Nos apresuramos a socorrerla, pero ella no volvió más en si.
E1 Califa la honró con sus lágrimas, que no fue dueño de contener, y, antes de retirarse a su cámara, dio la orden de romper todos los instrumentos, lo que fue desde luego ejecutado. Yo quedé toda la noche al lado de su cuerpo, lo lavé bañándolo lo con mis lágrimas, y al día siguiente fue sepultada, por orden del Califa, en una tumba magnífica que le había hecho construir en un sitio escogido por ella misma. Y ya que me habéis dicho añadió que se ha de llevar el cuerpo del Príncipe a Bagdad, estoy resuelta a hacer de modo que sea depositado en la misma tumba.
El joyero quedó sorprendido por la resolución de la esclava
No penséis tal cosa. le dijo. El Califa no lo consentirá jamás. Vos creéis que la cosa es imposible, pero no lo es, repuso la confidente, y convendréis en ello vos mismo cuando sepáis que el Califa ha dado libertad a todas las esclavas de Schesnselnihar, con una pensión a cada una suficiente para subsistir, encargándome a mi del cuidado y de la guarda del sepulcro, con una renta considerable para mantenerlo y para mi particular subsistencia. Por otra parte, el Califa, no ignorando el amor del Príncipe y de Schesnselnihar, como os he dicho, y no habiéndose escandalizado por ello, no se incomodará por esto.
El joyero no tuvo nada. más que decir y rogó a la confidente que le mostrase aquella. tumba para rezar su plegaria.
Grande fue su sorpresa al llegar allí y encontrar una multitud inmensa de ambos sexos, congregada de todos los puntos de Bagdad.
Desde lejos podía verse. El joyero, cuando hubo rezado su plegaria, volviéndose a la confidente, exclamó:
Ya no encuentro imposible realizar todo cuanto habéis pensado. Tenemos que publicar, vos y yo, todo lo que sabemos de los amores del príncipe de Persia y de Schesnselnihar, y los detalles de su muerte ocurrida casi a un mismo tiempo; antes de que el cuerpo del Príncipe llegue a Bagdad, toda la población concurrirá a pedir que no sea separado del de Schesnselnihar.
La cosa se realizó, y cuando al día siguiente supieron que el cuerpo había de llegar, una multitud de gentes del pueblo, en número superior a veinte mil personas, salió a su encuentro.
La confidente. esperó en la puerta de la ciudad, donde se presentó a la madre del Príncipe y le suplicó en nombre de todo el pueblo que permitiese que el cuerpo de los dos amantes que se amaron hasta la muerte tuviesen un solo sepulcro.
Ella. consintió, y el cuerpo fue llevado a la tumba de Schesnselnihar acompañado de un séquito numeroso de personas de todas condiciones.
De entonces acá todos los habitantes de Bagdad, y aun los extranjeros de todas las partes del mundo donde habitan los musulmanes, no han cesado de sentir una gran veneración por aquel sepulcro y de ir a rezar en él sus plegarias.
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