16.10. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte10/11)

El Príncipe de Persia t la favorita son capturados por los ladrones

Hasta medianoche se oyó ruido en la casa.
Entonces pidió al vecino que le prestase un sable y, provisto esta arma, salió y se acercó a la puerta de su casa, donde entró, viendo a un hombre al que le preguntó quién era.
En la. voz reconoció a un esclavo.
¿Cómo te las has arreglado?, le dijo, ¿Por qué no has sido preso por la patrulla?
Señor, yo me escondí en un rincón del patio y no he salido de allí hasta, que ha cesado todo ruido. Pero no han sido soldados los que han forzado vuestra casa; han sido ladrones, que ha pocos días saquearon otra casa en esta barriada.. Habiendo visto probablemente las riquezas reunidas aquí por vos, han tenido a bien apropiárselas
El joyero quedó desolado.
¡Oh Cielo!, exclamó,. ¡Estoy perdido sin remisión ¿Qué dirán mis amigos y qué les diré cuando los ladrones me han robado todo cuanto me habían prestado? El lance tendrá gran resonancia y llegará a oídos del Califa. Éste lo sabrá todo y yo seré víctima de su cólera.
El joyero prorrumpió en lamentaciones sobre su suerte, comparándose con Ebn Thaher, mas prudente que él, y auguraba males a Schesnselnihar y al Príncipe, a propósito del robo y saqueo de su casa; todo lo cual podría costarle caro, incluso la vida.
Al día siguiente, cerca del mediodía, un esclavo le dijo que un desconocido quería hablar con él.
No queriendo recibir a un desconocido, el joyero salió a la puerta para hablarle allí mismo.
Aunque vos no me conocéis, le dijo el desconocido, yo os conozco a vos y tengo que hablaros de un negocio interesante.
El joyero le rogó que entrase en la casa.
No, contestó el desconocido; tomaos la molestia, si os place, de venir conmigo hasta vuestra casa.
¿Cómo sabéis, -respondió el joyero, que yo tengo otra casa además de ésta?
Lo sé, replicó el desconocido, tened la bondad, si os place, de seguirme sin temor. Tengo que comunicaros algo que os será muy grato.
El joyero partió con él.
Vamos adelante, dijo el desconocido, Os conduciré a un sitio donde estaremos con comodidad.,
Caminaron mucho, y el joyero, cansado, pues ya se acercaba la noche, comenzaba a perder la paciencia.. De pronto llegaron a un lugar no lejos de las orillas del Tigris.
Llegados al río, embarcaron en un pequeño batel y pasaron al otro lado.
Entonces, el desconocido guió al joyero por una larga calle donde no había puesto los pies en su vida, y después de un buen espacio de tiempo se detuvo frente a una puerta. Entraron allí y luego le condujo a una sala donde había otros diez hombres tan desconocidos del joyero como el que le había traído.
Esos hombres acogieron al joyero sin cumplido ninguno. Le ofrecieron un asiento, de que tenía necesidad, y le invitaron a ponerse a la mesa con ellos.
Después de comer le preguntaron si sabía a quiénes hablaba, y contestó que no, ignorando también en qué sitio se encontraba.
Referidnos vuestra aventura de esta noche, le dijeron, y no nos ocultéis la menor cosa..
Asombrado de esas palabras, el joyero les dijo:
Señores míos, a lo que parece vosotros estáis ya enterados
de eso.
Cierto es que sí, replicaron ellos; el joven señor y la joven señora que estaban ayer noche en vuestra casa nos han hablado de ello; pero nosotros queremos saberlo de vuestra propia boca.
No necesitó el joyero más señas para comprender que estaba hablando con los ladrones que habían violentado y saqueado su casa.
Preguntó por los jóvenes señores y le contestaron:
No tengáis pena por ellos; se encuentran en lugar seguro y están muy bien.
Le indicaron dos gabinetes separados que le dieron a entender que estaban allí
Han declarado que sólo vos sabéis quiénes son ellos, dijeron al joyero los ladrones. El joyero, tranquilizado y satisfecho con saber que el príncipe de Persia y Schesnselnihar Vivian aún, alabó a los ladrones y los llenó de mil bendiciones.
Entonces les refirió toda la historia de los dos amantes, dándoles clara noticia de quiénes eran, fiando en su honrada palabra de que le guardarían el secreto.
Los ladrones quedaron asombrados de todos los pormenores que oían.
¡Cómo!, exclamaron, cuando el joyero hubo terminado; ¿es posible que el joven señor sea el ilustre Alí Ebn Becar, príncipe de Persia, y que la señora sea la bella y celebrada Schesnselnihar?
El joyero juró que era la pura verdad.
Procuraremos, replicaron los ladrones, reparar en parte el error cometido.
En cuanto al joyero, le dijeron:
Sentimos mucho no poder devolveros todo lo que ha sido quitado de vuestra casa, porque una parte de ello no está ya en nuestro poder, y os rogamos que os contentéis con la plata que en seguida os daremos.
El joyero se tuvo por muy dichoso de la gracia que se le hacía.
Después hicieron venir al Príncipe y a Schesnselnihar y les dijeron, como también al joyero, que los conducirían a un sitio desde donde podrían retirarse cada uno a su casa., pero que antes habían de jurar no delatarles.
El Príncipe, la favorita y el joyero juraron.
Inmediatamente los ladrones, satisfechos, se pusieron en marcha con ellos. Durante el camino, el joyero, inquieto porque no veía a la confidente y las dos esclavas, se acercó a. Schesnselnihar y le suplicó que le diera noticias de ellas.
No sé nada, respondió la interpelada, no puedo deciros sino que fuimos robados de vuestra casa y nos hicieron pasar el agua, siendo conducidos a la casa de que ahora venimos.
Nada más pudo decirle al joyero. Se dejaron conducir con el Príncipe por los ladrones, que les trasladaron a la otra parte del río.
Mientras el príncipe de Persia y el joyero desembarcaban, se oyó el rumor de la patrulla de a caballo, que llegó cuando el batel se alejaba con los ladrones a, fuerza de remos.
El comandante de la patrulla hizo al Príncipe, a Schesnselnihar y al joyero varias preguntas, que contestaron sin darse a conocer por lo que eran, hasta que la favorita dijo algunas palabras al oído del jefe de la fuerza, que se postró ante ella con todas las señales del respeto más profundo.
Ordenó en el acto que se hiciesen venir dos bateles.
Hizo que embarcase Schesnselnihar en el uno y el Príncipe en el otro, más dos de los suyos en cada batel con orden de llevarles hasta el sitio donde debían ir.
Los dos barquichuelos tomaron distinto rumbo.
El barco que conducía al Príncipe y al joyero se dirigió al palacio del Califa, con gran espanto de los dos viajeros; pero no les ocurrió nada malo, porque la intención de sus conductores no era perversa. Así es que les desembarcaron, dejándoles en libertad de marchar cada uno a su morada.
El Príncipe llegó a su casa muy fatigado y tuvo que tomar el lecho, porque se juntaba a. la fatiga física el cansancio moral producido por todas las- emociones desagradables que acababa de sufrir.
El joyero era esperado con grandísima impaciencia por su familia.
Su mujer, sus hijos y sus criados estaban abatidos y lloraban cuando él llegó. Se alegraron todos al verle, pero les causó pena ver cuán cambiado estaba por las emociones y el cansancio de aquellos días.
Hasta el tercer día después de su llegada no salió de su casa para ir a la de uno de sus amigos. Al despedirse para marchar divisó en la calle a una dama que le hacía signos y la reconoció por la confidente de Schesnselnihar. Entre tenebroso y alegre, se retiró prontamente sin mirarla.
La esclava le siguió, como él había sospechado, ya que el sitio no era a propósito para conversar con ella. Caminando con alguna prisa, la confidente, que no podía seguirle, le gritaba que le aguardase.
Llegó él a una mezquita poco frecuentada, donde poco después penetró la esclava, y allí pudieron hablar con toda libertad.
Ambos, se dieron mutuamente el parabién por volver a verse de la aventura de los ladrones.
El joyero quería que la confidente le contase qué les había ocurrido a ella. y a las esclavas, pero ella exigió que el joyero se explicase antes.
Accedió éste, refirió lo que ya hemos narrado, y luego ella dijo: Apenas vi aparecer a los ladrones, creí que se trataba de la guardia del Califa, a quien supuse enterado de todo. Subí al terrado junto con las otras dos esclavas, de terrado en terrado llegamos a la casa de una persona honrada que nos acogió con benevolencia, y en su casa pasamos la noche para dirigimos por la mañana al palacio de nuestra ama. Allí nos preguntaron por ella pues todos estaban en cuidado por su ausencia, y nosotras dijimos que había quedado en casa de una amiga suya y volvería pronto, con lo que se tranquilizaron todos.
Por la noche llegó Schesnselnihar en el batel que le dio el jefe de la patrulla y la confidente salió a recibirla, ayudándole a desembarcar, pues ella carecía de fuerzas para hacerlo por si sola.
Tuvo que meterse en cama y sólo a ruegos de sus damas quiso tomar algún alimento, porque el pesar le consumía hasta el punto de deplorar que no la hubiesen dado la muerte los ladrones.
Le pregunté, continuó diciendo la esclava, cómo había podido librarse de ellos y me dijo que, cuando vio entrar a aquellos facinerosos en la sala, sable y puñal en mano, creyó llegado para ella y para el príncipe de Persia el último momento de su vida, teniéndose por dichosa de morir con él; pero, lejos de eso, les hicieron prisioneros. Uno de aquellos hombres le preguntó quién era, y ella contestó que una bayadera; hecha igual pregunta al Príncipe, les contestó él que era un honrado vecino. Los hombres aquellos dudaron y les llevaron consigo, encerrándolos por separado en la casa, de donde se libraron por la explicación del joyero.
A éste regalaron, tanto Schesnselnihar como el Príncipe, grandes sacos de monedas de oro y plata en recompensa de sus servicios, que él aceptó en vista de las órdenes terminantes de los ilustres donantes.
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