16.9. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 9/11)

El joyero propicia un encuentro entre el Príncipe de Persia y la favorita del califa

Veo, repuso el joyero que el único medio de contentaros es hacer de modo que podáis encontraros con Schesnselnihar en libertad; quiero procuraros esta satisfacción y desde mañana comenzare los trabajos. No es necesario exponeros a entrar en el palacio de Schesnselnihar; por experiencia sabréis cuan peligroso es.
Así que el joyero hubo dicho esto, el Príncipe le abrazó con transporte.
Por lo que veo, le dijo, he reparado con creces la pérdida de Ebn Thaher; cuanto hagáis estará bien hecho; me abandono por entero en vuestros brazos.
Al día siguiente la esclava de Schesnselnihar fue a ver al joyero, y éste le dijo que había prometido al Príncipe hacerle ver dentro de poco a Schesnselnihar.
Exprofeso vengo, respondió aquélla, a fin de tomar para ello las medidas necesarias de acuerdo con vos. Me parece que esta casa tiene condiciones para la entrevista.
Podría muy bien venir aquí añadió el joyero, pero he pensado que se hallarán más a sus anchas en otra casa donde ahora no habita nadie. La pondremos en seguida en condiciones de recibirles.
Una vez arreglado esto, respondió la esclava, no se trata ya sino de obtener el consentimiento de Schesnselnihar. Voy por él.
No tardó mucho en volver y dijo al joyero que su ama estaría en el sitio que se designase al caer de la tarde.
Y, con estas palabras, le entregó una bolsa bastante repleta para comprar la cena.
El joyero la condujo al momento a la casa donde habían de reunirse los amantes, a fin de que conociese el lugar y llevase allí a su ama.
Tan pronto como se separaron, él se marchó a pedir prestadas a sus amigos vajilla de oro y plata, alfombras, almohadas riquísimas y otras superfluidades con las que adornó la casa magníficamente.
Cuando todo estuvo puesto en orden, avisó al príncipe de Persia.
Figuraos la alegría del Príncipe cuando el joyero le manifestó que iba a buscarle para guiarle a la. casa. preparada para él y Schesnselnihar. Esta noticia le hizo olvidar todas sus penas, y se dirigió presuroso con el joyero a la casa designada, donde esperaron a Schesnselnihar.
Esta apasionada amante no se hizo esperar por mucho tiempo.
Llegó poco después de la plegaria de la puesta de sol con su confidente y otras dos esclavas. Imposible expresar con palabras el exceso de alegría de los dos amantes al volver a verse. Se sentaron en un sofá, mirándose uno a otro sin poder hablar, tanto estaban como fuera de sí. Pero cuando recobraron el uso de la palabra se resarcieron de este silencio, diciéndose frases tan tiernas que al joyero y a las esclavas se les arrasaron en lágrimas los ojos.
El joyero les invitó a que secasen sus lágrimas para pensar en la cena.
Los amantes bebieron y comieron poco, y después, habiéndose restituido al sofá, Schesnselnihar pidió al joyero un laúd o algún otro instrumento.
El joyero trajo un laúd que templó de antemano, y después de un preludio cantó.
Mientras Schesnselnihar deleitaba al príncipe de Persia, expresándole su pasión con palabras improvisadas para la circunstancia, se oyó un fuerte rumor, y una esclava, espantada, llego diciendo que la puerta había sido hundida; que habían preguntado quién llamaba, pero, que, lejos de contestar, habían repetido los golpes.
El joyero, espantado, dejó a Schesnselnihar y al Príncipe, para correr a comprobar la triste noticia. Estaba ya en el patio, cuando divisó en la oscuridad un tropel de los que habían hundido la puerta, que iban en dirección suya, y se pegó a la pared a fin de pasar inadvertido.
Como no podía servir de gran socorro al príncipe de Persia y a Schesnselnihar, se contentó con compadecerles y adoptó el partido de la fuga. Salió de la casa corriendo a refugiarse en la de un vecino, persuadido deque aquella violencia se hacia por orden del Califa, informado sin duda del caso.
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