16.8. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 8/11)

Segundas cartas entre la favorita del Califa y el Príncipe de Persia

Schesnselnihar al Príncipe de Persia.
He sabido una noticia por mi confidente que me pone en grande aflicción.
Perdiendo a Ebn Thaher, perdemos, por cierto, mucho, pero eso no impide que yo piense en vos. Si nuestro confidente nos abandona por un terror pánico, considerémoslo como un contratiempo que no hemos podido evitar, pero es necesario que no turbe nuestra paz. Os confieso que Ebn Thaher nos hace falta en el momento en que mayor necesidad teníamos de él, pero opongamos la paciencia a ese golpe imprevisto y no dejemos de querernos constantemente. Sed fuerte contra esta desgracia; lo que se desea. no se obtiene jamás sin trabajo. No nos descorazonemos esperemos en el Cielo que nos será favorable, a fin do que después do tantos sufrimientos, podamos ver el feliz cumplimiento de nuestros deseos. Adiós.› _
Mientras el joyero conversaba con el príncipe de Persia, la confidente, había tenido tiempo de volver al palacio y anunciara Schesnselnihar la triste noticia de la partida de Ebn Thaher. La favorita había escrito en seguida esta carta y enviado otra vez a su esclava para llevarla al Príncipe, y aquélla, por negligencia, la había dejado caer al suelo.
El joyero estuvo muy contento de haberla encontrado, porque le daba un buen medio de justificarse con la confidente y conducirla al punto que deseaba.
había acabado apenas de leerla, cuando vio a esta esclava que la buscaba con mucha inquietud, mirando por todas partes. La cerró y se la puso en el seno; pero la esclava había visto su acción y corrió hacia él.
Señor, le dijo, me ha caído una carta que vos ahora os habéis guardado; os suplico que me la devolváis.
El joyero hizo ademán de no entender lo que ella decía, y sin contestar continuó su camino hasta su casa, y no cerró la puerta detrás de si para que la esclava que le seguía pudiese entrar.
Esta. no dejó de hacerlo, y, cuando estuve en su cámara, le dijo:
Señor, vos no podéis hacer uso ninguno de la. carta encontrada., y me la devolveríais sin dificultad si supierais de quién está escrita. y a quién va. dirigida. Por otra parte, perdonad si os digo que no podéis en buena. conciencia retenerla.
Antes de contestar a la confidente, el joyero la hizo sentar, diciéndole:
¿No es verdad que la carta en cuestión fue escrita por Schesnselnihar y va. dirigida al príncipe de Persia?
Le esclava, que no esperaba tal pregunta, cambió de color.
La pregunta os confunde, repuso él,, pero sabed que no os la dirijo por indiscreción. Había podido entregaros la carta en la calle, pero he querido atraeros aquí para tener alguna explicación con vos.¿Es justo, decidme, imputar un triste acontecimiento a personas que no tienen la culpa de él?
Le hizo presente que conocía la acusación que de él había hecho al príncipe de Persia, le contó su visita a este personaje y lo tratado con él.
Tengo una inmensa alegría, repuso la esclava, de que Schesnselnihar y el Príncipe hayan encontrado en vos un hombre capaz de sustituir a Ebn Thaher. No dejaré de recomendar a mi ama vuestra bondad para con ella.
Luego, el joyero sacó del pecho la carta. y la devolvió a la confidente, diciéndole:
Tomad, llevadla al príncipe de Persia, y al regreso pasad por aquí para que yo pueda ver la respuesta. No olvidéis de darle cuenta de nuestro coloquio.
La esclava tomó la carta y la llevó al Príncipe, quien la contestó en el acto.
Ella volvió a casa del joyero, enseñándole la contestación así concebida:

El príncipe de Persia a Schesnselnihar
Vuestra preciosa carta ha causado en mi un gran efecto, pero no tanto como deseaba. Vos, os afligís por la pérdida de Ebn Thaher, ¡Ay de mí! Como que tengo el animo muy trabajado, ésta es la. menor parte de los males que me atormentan. Vos los conocéis y sabéis que sólo vuestra presencia podría curarlos. ¿Cuando llegará el tiempo en que pueda gozar de ella sin temor de verme privado de vos? ¡ Cuán lejano me parece! O mejor, ¿lo veremos jamás? Me mandáis que me conserve; os obedeceré, que he renunciado a mi propia voluntad para seguir sólo la vuestra. Adiós.
Leída esta carta, el joyero la devolvió a la esclava, que le dijo al marcharse:
Corro, señor, a gestionar que mi ama tenga en vos la misma confianza. que tenia en Ebn Thaher. Mañana tendréis noticias mías.
En efecto, al día siguiente se presentó con aire alegre.

Vuestro aspecto, le dijo, me indica que habéis dispuesto el ánimo de Schesnselnihar conforme a vuestros deseos.
Es verdad, respondió la confidente, y os diré cómo lo he conseguido. Encontré ayer a mi ama aguardándome impaciente. Le di la carta del Príncipe, que leyó llorando, y viéndola en la posición de abandonarse a sus acostumbrados transportes, la persuadí de que por mas que hubiese partido Ebn Thaher, quedaba dignamente substituido por vos, de quien le he contado las acciones y conducta.
Entonces ella, conmovida, me ha dicho: Estoy agradecida a ese hombre honrado y quiero manifestárselo. Su visita me complacerá id a buscarle mañana y traédmele.
Por eso, señor, tomaos la molestia de venir conmigo a. su palacio.
Esta invitación llenó de turbación al joyero.
Vuestra ama, respondió, me permitirá que le haga observar que no lo ha pensado bien. El favor que gozaba Ebn Thaher junto al Califa le daba acceso por todas partes, y los oficiales que le conocían le dejaban ir y venir libremente al palacio de Schesnselnihar; pero yo, ¿cómo me atreveré a entrar en él? Ved vos misma que esto es imposible.
La confidente trató de tranquilizar al joyero. ¿Creéis, le dijo, que Schesnselnihar sea tan imprevisora que os exponga al menor riesgo haciéndoos ir a su casa cuando espera de vos servicios tan valiosos? No hay la menor apariencia de peligro. Estamos demasiado interesadas mi ama y yo para poneros en un compromiso inútilmente. Podéis fiar en mí. Cuando la cosa esté hecha, confesaréis que vuestros temores eran infundados.
El joyero se rindió a las palabras de la confidente y se levantó para seguirla; pero, aun cuando por una parte se mostraba valiente por naturaleza, por otra, el temor se había apoderado de él, de modo que temblaba. como la hoja en el árbol.
En el estado en que os veo, le dijo la. confidente, entiendo que será mejor que permanezcáis en vuestra casa y que Schesnselnihar tome otras medidas para encontrarse con vos. Sin duda, con el gran deseo que tiene de veros, vendrá ella a visitaros; pero, señor, no salgáis.
La confidente lo había previsto exactamente. Apenas refirio a Schesnselnihar el miedo del joyero, ésta se compuso y se marchó a casa de él.
Recibió éste la visita con todas las señales del mas profundo respeto. Cuando se sentó, un poco cansada del camino que había hecho, alzó su velo y dejó ver al joyero una hermosura que le demostró cuan excusable era el príncipe de Persia en haber entregado su corazón a. la favorita del Califa.
Después de haberle saludado de un modo muy lisonjero, le dijo:
Tan pronto como he sabido con cuanto ardor habéis entrado en los intereses del príncipe de Persia y míos, he formado el designio de daros las gracias por mi misma. Doy gracias al Cielo por habemos indemnizado tan pronto de la pérdida de Ebn Thaher
Luego se retiró a. su palacio.
El joyero se fue al instante a visitar al príncipe de Persia, quien al verle:
Os esperaba, le dijo con impaciencia; la esclava confidente me ha traído una carta de su ama, pero ésta no me ha consolado. Por mucho que pueda decirme la amable Schesnselnihar, no me atrevo a esperar nada y mi paciencia toca a su término. La partida de Ebn Thaher me pone en la desesperación. Era mi sostén y, al perderlo, lo he perdido todo.
A estas palabras que dijo el Príncipe con tanta vivacidad, contestó el joyero.
Príncipe, nadie puede participar jamás de vuestros males en mayor grado que yo, y si queréis tener la paciencia de escucharme veréis que puedo proporcionaros alivio.
Oyendo esto el Príncipe se calló y prestó oídos.
Ir a parte 9 El joyero propicia un encuentro entre el Príncipe de Persia y la favorita del califa
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