16.5. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 5/11)

Primeras cartas entre la favorita del Califa y el Príncipe de Persia

Vengo a deciros que Schesnselnihar me ha enviado su confidente para preguntar por vos y al mismo tiempo informaros de sus nuevas.
Podéis estar cierto que lo que le he dicho ha, sido para confirmar el exceso de vuestro amor por su dueña y la constancia con que la amáis.
Ebn Thaher le hizo en seguida una minuciosa relación de cuanto le había referido la, esclava confidente. El Príncipe le escuchó, dando por momentos señales, ya de temor, ya de celos, de ternura y de compasión, según los sentimientos que el relato le inspiraba, haciendo sobre todo lo que oía las reflexiones tristes o consoladoras de que un amante apasionado como él podía ser capaz.
Su conversación duró tanto, que siendo la noche muy entrada, el Príncipe obligó a Ebn Thaher a quedarse con él.
Al día siguiente, al regresar a su casa, este fiel amigo vio venir a su encuentro a una mujer que reconoció ser la confidente de Schesnselnihar, y deteniéndose, ella le dijo: -Mi ama.
os saluda y os ruega, por mi conducto, que deis esta carta.
al príncipe de Persia.
El celoso Ebn Thaher tomó la carta y volvió al Príncipe acompañado de la esclava.
Al entrar, rogó a ésta que esperase un momento en la antecámara.
Apenas el Príncipe le vio, le preguntó con ansia qué nuevas le traía.
Las mejores que podrías esperar, le respondió Ebn Thaher; sois amado tan tiernamente como vos amáis.
La confidente de Schesnselnihar esta en vuestra antecámara; os trae una carta de parte de su ama y no espera sino vuestras órdenes para entrar. Que entre! exclamó el Príncipe en un transporte de alegría. Y al decir esto, se sentó, en la cama para recibirla.
Como los familiares del Príncipe habían salido en cuanto vieron entrar a Ebn Thaher, para dejarlo en libertad con su señor, fue a abrir la puerta él mismo e hizo entrar a la confidente. El Príncipe la reconoció y la acogió con mucha cortesía.
Señor, dijo ella, sé todos los males que habéis sufrido desde que tuve el honor de proporcionaros el bote que esperaba para conduciros. Pero espero que la carta que os traigo contribuirá a vuestra curación.
Así hablando le presentó la carta, que él cogió, y, tras de besarla muchas veces, la abrió, leyendo lo siguiente «Schesnselnihar al Príncipe de Persia Ben Becar.
¡La persona que os entregará esta carta os dará noticias de mí, mejor que yo podría hacerlo, puesto que yo me desconozco desde que no os veo.
Privada de vuestra presencia, trato de engañarme escribiéndoos estas cortas y mal, escritas líneas y con el mismo placer que si tuviese el gusto de hablar con vos.
Se dice que la paciencia es un remedio para todos los males; un mi ésta exaspera los míos en vez de aliviarlos.
Aunque vuestro retrato está profundamente grabado en mi corazón, mis ojos desean incesantemente ver de nuevo el original y perderán toda su vida si por necesidad quedan por largo tiempo privados de ello ¿Puedo persuadirme de que vos tengáis la misma impaciencia por verme? Si; lo puedo, me lo han hecho conocer así vuestras tiernas miradas.
En cuanto a vos, ¡oh Príncipe !, seria dichosa si mis deseos, tan semejantes a los vuestros, no fuesen contrarios a los obstáculos insuperables.
Tales obstáculos me afligen tanto como a vos. Estos sentimientos, escritos por mi mano, con un placer increíble, repitiéndolos mil veces, salen de lo más profundo de mi corazón y de la herida incurable que vos habéis hecho en él: herida que bendigo siempre a pesar del sufrimiento que siento por vuestra ausencia.
¿Contaría yo por nada todo lo que se opone a nuestros amores, si alguna vez me fuese dado poderes ver en libertad? Entonces os poseería, ¿y quién más feliz que yo?
No supongáis que estas palabras mías expresan más de lo que siento,¡ay de mí! Cualquiera que sea la expresión de que me sirva, siento en mi que he dicho mucho menos de lo que experimento.
Mis ojos, constantemente en vela, vierten sin cesar lágrimas, esperando el momento de volver a veros; mi corazón afligido no desea otra cosa que vos; los suspiros que se me escapan cada vez que pienso en vos, los doy a cada instante; mi imaginación, que no me representa otro objeto sino mi querido Príncipe; los lamentos que dirijo al Cielo por el rigor de mi destino; y finalmente, la tristeza mía, mi inquietud, mis tormentos que no me conceden tregua ninguna, desde que no os veo, son para vos garantía suficiente de cuanto os escribo.
¿No soy, acaso, muy desgraciada e infeliz por haber nacido para amar, sin esperanza de gozar de aquel que amo?
Este pensamiento desolador me oprime al extremo de que moriría si no estuviese persuadida de que soy amada por vos. Un consuelo tan dulce compensa mi desesperación y me une a la vida.
Aseguradme que me amáis siempre, yo guardaré vuestra carta; como un objeto precioso; la leeré mil veces al día y sufriré mis males con menos impaciencia.
Espero que el Cielo deje en alguna buena ocasión de estar airado contra nosotros y nos permita encontrar la ocasión de decirnos sin testigos que nos amamos y que no dejaremos de amamos jamás.
Adiós.
»P.S.
Saludo también a Ebn Thaher, a quien debemos los dos tantos favores.

El príncipe de Persia no se contentó con haber leído una vez esta carta. Le pareció que había puesto en ello poca atención.
La releyó mas poco a poco, y leyéndola lanzaba tristes suspiros, derramaba abundantes lagrimas o se dejaba llevar de transportes de ternura y de alegría, según lo que iba leyendo.
No se cansaba de recorrer con la vista aquellos caracteres escritos por una mano tan querida, y se disponía a leerla por tercera vez, cuando Ebn Thaher le dijo que la confidente no podía perder tiempo, y que tenia que pensar en dar la contestación.
Ay de mí! -exclamó el príncipe de Persia. ¿De modo que queréis que conteste a.
una carta tan tierna? ¿En qué términos me expresaré en la turbación en que me hallo? Tengo el espíritu agitado por mil pensamientos crueles y mis sentimientos se desvanecen apenas concebidos para dar lugar a otros nuevos.
Hasta que mi cuerpo participe de las impresiones de mi ánimo, ¿cómo podré escribir una carta y dirigir la pluma para trazar las letras? Dicho esto, sacó de un pequeño escritorio papel, una pluma cortada y un tintero de cuerno lleno de tinta.
Antes de escribir, sin embargo, entregó la carta de Schesnselnihar a Ebn Thaher, pidiéndole que la tuviese abierta a fin de que, mirándola, pudiese ver mejor lo que debía contestar a ella comenzó a escribir; pero las lágrimas, cayendo sobre el papel, lo obligaron varias veces a detenerse para dejarlas correr libremente.
Por último, terminó la carta y, entregándola a Ebn Thaher, le dijo: Leed, os lo ruego, y hacedme el favor de decirme si el desorden de mi animo me ha permitido formar una contestación razonable.
Ebn Thaher la tomó y leyó lo que sigue: El Príncipe de Persia a la bella Schesnselnihar.
Estaba yo sumido en aflicción mortal cuando he recibido vuestra carta.
Al verla súbitamente, me he sentido invadido de una alegría inefable; y a la vista de los caracteres trazados por vuestra mano mis ojos han recibido una luz más viva que aquella que tenían los vuestros, cuando se cerraron de repente a los pies de mi rival.
Las palabras que contiene esa preciosa carta son otros tantos rayos luminosos que han disipado las tinieblas con que tenía mi espíritu oscurecido.
Me han dado a conocer cuánto sufrís por mí no ignorando cuanto yo sufro por vos; y por esto son un bálsamo para mis males.
Por una parte me hacen verter abundantes lágrimas por otra inflaman mi corazón en un fuego que le sostienen y que me impide morir de dolor.
No he tenido un momento de reposo después de nuestra cruel separación.
Vuestra carta sólo suministra algún alivio a mis males. He permanecido triste y callado hasta que la he recibido y ella me ha inspirado una alegría inmensa.
Pero mi sorpresa al recibir un favor todavía no merecido, ha sido tan grande, que no sabía yo cómo comenzar para demostraros por ello mi gratitud.
Por último, después de haberla besado muchas veces, como una prueba preciosa de vuestra bondad, la he leído y releído confundido por tanta felicidad. ¿Queréis que yo os asegure amaros siempre? ¡Ahí Aunque no os amase tan intensamente como os amo, no podría menos de confundirse con la adoración después de todas las pruebas que me habéis dado de un amor tan extraordinario. Sí, alma mía, yo os amo, y tendré como una gloria arder por toda mi vida al dulce incendio que habéis provocado en mi corazón. Jamás me quejaré de lo vivo del ardor que me consuma y cualesquiera que sean los rigurosos males que me cause vuestra lejanía, yo los soportaré constantemente con la esperanza de veros un día. Pluguiese al Cielo que esto pudiera suceder ahora mismo, y que en vez de enviaros mi carta me fuese permitido ir a certificaros que muero de amor por vos. Las lágrimas me impiden deciros nada mas. Adiós
Ebn Thaher no pudo leer este último renglón sin llorar como él.
Devolvió la carta al príncipe de Persia, asegurándole que no había nada que corregir.
El Príncipe la cerró y, cuando la hubo sellado, dijo a la confidente de Schesnselnihar, que se había alejado de él:
He ahí la respuesta a la carta de vuestra ama querida; os suplico se la llevéis y la saludéis de mi parte.
La esclava confidente tomó la carta y se marchó con Ebn Thaher.
Este, después de haber acompañado por algún espacio a la esclava confidente, la dejó y volvió a casa, donde se puso a considerar profundamente la intriga amorosa en la que por desgracia se encontraba empeñado. Le parecía que el príncipe de Persia y Schesnselnihar se gobernaban con poca discreción al objeto de ocultar sus amores. De todo esto extrajo las consecuencias que un hombre de buen sentido debía deducir.
Si Schesnselnihar; decía entre sí, fuese una mujer común, yo contribuiría con todo mi esfuerzo a hacerla feliz a ella y a su amante; pero es la favorita del Califa; y no hay persona alguna que pueda tratar impunemente de enamorar a aquella que él ama. Su cólera caerá ante todo sobre Schesnselnihar, después costará la vida al príncipe de Persia, y yo quedaré envuelto en su desgracia. Además, yo he de conservar el honor, mi reposo, mi familia y mis bienes. Por lo tanto, es necesario ahora que lo pienso, librarme de un peligro tan grande.
Estos pensamientos le preocuparon durante todo aquel día.
Al día siguiente, fue a ver al príncipe de Persia, con objeto de hacer un postrer esfuerzo para vencer su pasión. En efecto, le representó lo que en otra ocasión le había dicho inútilmente: que haría mejor en emplear todo su valer en destruir la. inclinación que sentía por Schesnselnihar, en vez de abandonarse a cuerpo perdido; que esta inclinación era tanto mas peligrosa. en cuanto que su rival era más poderoso.
En fin, señor, añadió, si dieseis crédito a mis palabras, pensaríais en triunfar de vuestro amor; haciendo lo contrario, corréis el riesgo de perderos junto con Schesnselnihar, cuya vida ha de ser más querida por vos que la vuestra misma. Os doy este consejo de amigo, y vendrá. un día en que me lo agradeceréis.
El Príncipe oyó con impaciencia a Ebn Thaher; dejóle que dijese todo cuanto quisiera; mas, tomando la palabra a su vez, contestó:
Ebn Thaher, ¿creéis acaso posible que yo pueda dejar de amar a Schesnselnihar., que me ama con tanta ternura? Ella no teme exponer su vida por mí, ¿y creéis que yo sea capaz de dar cabida al pensamiento de conservar la mía? Pero, sea lo que fuere la desgracia que pueda ocurrirme, yo quiero amar a Schesnselnihar hasta el último suspiro.
Ir a Parte 6  El Príncipe de Persia es abandonado por su amigo confidente
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