16.4. Historia de Aboulhassan Ali Ebn Becar y de Schesnselnihar (Parte 4/11)

El príncipe de Persia y su amigo Ebn Thaher salen del palacio de la favorita

Ebn Thaher se veía apurado, cuando la confidente de Schesnselnihar abrió la puerta de la galería y entró sin aliento.
__Venid pronto __exclamó__, salid.
Todo es confusión, y creo que este día sea el último de los nuestros.
__¡Eh! ¿Cómo es posible partir? __respondió Ebn Thaher con tono triste y afligido__.
Acercaos, por favor, y ved en qué estado se halla el príncipe de Persia.
Cuando la esclava lo vio desmayado, corrió a buscar agua.
Por fin, el Príncipe, después que hubiéronle echado un poco de agua al rostro, volvió a su ser.
__Príncipe __le dijo entonces Ebn Thaher__, corremos peligro de muerte si nos quedamos aquí por mas tiempo; haced, pues un esfuerzo y salgamos cuanto antes.
El Príncipe estaba tan débil que no podía levantarse por si mismo.
Ebn Thaher y la confidente le dieron la mano y, sosteniéndole por ambos lados, caminaron hasta una pequeña puerta de hierro que daba sobre el Tigris.
Salieron por ella y avanzaron hasta las orillas de un pequeño canal que comunicaba con el río.
La confidente llamó dando algunas palmadas, y en seguida apareció un bote con un solo remero que atracó a la orilla.
Ebn Thaher y su compañero embarcaron, y la esclava confidente quedó en la orilla del canal.
Apenas el Príncipe hubo tomado asiento en el bote, extendió una mano hacia el palacio y, poniendo la otra sobre el corazón: __Caro objeto del alma mía __dijo con voz débil__.
Mi corazón arderá eternamente por vos.
Entretanto el batelero remaba con toda su fuerza: la esclava confidente de Schesnselnihar acompañó al príncipe de Persia y a Ebn Thaher, costeando el canal, hasta que llegaron a la corriente del Tigris.
Entonces ella, no pudiendo ir más allá, se despidió de ellos y se retiró.
El príncipe de Persia continuaba muy débil.
Ebn Thaher le consolaba y le exhortaba a tener valor.
__Pensad __le dijo__ que, cuando hayamos desembarcado, tendremos mucho camino que recorrer antes de llegar a mi casa, puesto que es imposible llevaros a esta ahora y en el estado en que os halláis hasta la vuestra, corriendo el riesgo de tropezar con la patrulla Desembarcaron por fin; pero el Príncipe tenía tan escasas fuerzas que no podía andar, lo que fue de gran impedimento para Ebn Thaher.
Recordando que en aquellos alrededores vivía uno de sus amigos, arrastró hasta allí al Príncipe con mucho trabajo.
El amigo les recibió con gran alegría, y después de haberles invitado a sentarse, les preguntó de dónde venían a aquellas horas.
Ebn Thaher le contestó: __He sabido esta noche que uno de mis deudores iba a partir para un largo viaje, y no queriendo perder la suma.
he ido a su casa y por la calle encontré a este señor, a quien debo muchas obligaciones, puesto que conociendo a mi deudor, ha querido hacerme la merced de acompañarme.
Nos ha costado mucho persuadir a aquel hombre; pero al fin hemos logrado reducirle, y por eso regresamos tan tarde.
De vuelta, poco lejos de aquí, mi buen amigo, por quien tengo toda la posible consideración, de repente se ha sentido atacado de un mal, por lo que me he tomado la libertad de llamar a vuestra puerta.
Me persuado de que le ofreceréis con gusto un asilo por esta noche.
El amigo de Thaher se tragó esta fábula y contestó que fuesen bien llegados, ofreciendo al Príncipe toda la asistencia que necesitaba.
Pero Ebn Thaher, hablando por el Príncipe, dijo que su mal no necesitaba mas que descanso.
El amigo le llevó entonces a un aposento, donde le dejó en plena libertad de acomodarse.
Si bien el Príncipe durmió, lo hizo turbado por tristes sueños que le representaban a Schesnselnihar desmayada a los pies del Califa y lo sumergían en su aflicción.
Ebn Thaher tenia gran prisa por volver a su morada.
Temía, y con razón, que su familia estuviese en mortal inquietud, no teniendo por costumbre pasar la noche fuera de su casa, y así, se levantó de la cama y partió a la madrugada, después de despedirse del amigo, que se había levantado ya también para rezar la plegaria de la aurora.
Finalmente llegó a casa, y la primera cosa que hizo el príncipe de Persia, que le había seguido, fue echarse sobre un sofá, cansado como si hubiese hecho un largo viaje.
No encontrándose en estado de marchar a, su casa.
Ebn Thaher le hizo preparar una habitación, y para que no estuvieran en cuidado por él mandó decir a los suyos el estado y el sitio en que se encontraba.
Después, rogó al príncipe de Persia que se tranquilizase y dispusiera a su gusto de todo.
__Acepto gustoso vuestras leales ofertas le dijo el Príncipe, pero ¡ah! no quiero serviros de estorbo, y os conjuro que obréis como si yo no estuviera aquí.
No me quedaría ni un solo momento si pudiera suponer que os causo la más pequeña molestia.
En cuanto Ebn Thaher se vio libre, contó a su familia cuanto le había ocurrido en el palacio de Schesnselnihar, y terminó dando gracias al Cielo de haberle librado del riesgo corrido.
Los familiares del príncipe de Persia se trasladaron a casa de Ebn Thaher a recibir las órdenes de su amo y se marcharon otros a advertir a varios de sus amigos de su indisposición.
Estos pasaron la mayor parte del día junto a él, y si su compañía no pudo desvanecer las ideas tristes que ocasionaban sus penas, le sirvieron de algún alivio por lo menos, concediéndole una tregua.
El quería despedirse de Ebn Thaher a la caída de la tarde; pero este fiel amigo le encontró todavía muy débil y le obligó a aguardar al día siguiente.
Para conseguirlo le obsequió con cantares y músicas.
Pero esto sirvió solamente para traer a la memoria del Príncipe lo ocurrido la noche anterior y aumentó sus sufrimientos en vez de aliviarlos.
Entonces, Ebn Thaher no opuso dificultad al deseo del Príncipe de retirarse a su habitación.
Se encargó él mismo de acompañarle a ella; y cuando se vio solo con él en su aposento, le expuso las infinitas razones de hacer un esfuerzo generoso para vencer una pasión que a la postre no podía conducir a nada bueno para él ni para la favorita.
¡Ah, querido Ebn Thaher! __exclamó el Príncipe__.
es fácil dar consejos, pero a mi me es difícil seguirlos. Conozco toda su importancia sin que me sea dado poder aprovecharme de ellos.
Lo he dicho ya: llevaré conmigo a la tumba el amor que alimento por Schesnselnihar.
Ebn Thaher que nada podía influìr sobre el espíritu del príncipe se despidió de él para marcharse.
El príncipe de Persia le retuvo diciéndole: Ebn Thaher, si os he declarado que no esta en mi mano seguir vuestros consejos, os suplico que no me lo imputéis como un delito y que no os abstengáis de darme pruebas de vuestra amistad.
Ninguna podríais darme mayor que hacerme conocer destino de mi amada Schesnselnihar, si tenéis noticias de ella.
La incertidumbre en que estoy respecto de su suerte; y las inquietudes mortales que me ha causado su desmayo, me impiden salir de ese estado de languidez que me echáis en cara, __Señor le contestó Ebn Thaher__, podéis estar cierto de que se desvanecimiento no ha tenido consecuencias funestas, y que la confidente vendrá seguramente a informarme de cuanto ocurra.
En cuanto lo sepa no dejaré de ir a participároslo.
Ebn Thaher dejó al Príncipe con esta esperanza y volvió a su casa, donde esperó inútilmente durante todo el resto del día a la confidente de Schesnselnihar; y al día siguiente tampoco la vio.
La inquietud de saber cómo estaba el príncipe, de Persia no le permitió estar mas tiempo sin verle.
Marchó a casa de él con el objeto de animarle a tener paciencia.
Lo encontró en cama, en el mismo estado que antes, rodeado de muchos amigos y de muchos médicos que empleaban todos los secretos de su arte para descubrir la causa de su enfermedad.
Al ver a Ebn Thaher, le miró sonriendo para expresarle dos cosas: una, que le alegraba.
muchísimo en verle, y otra, cuanto se equivocaban los médicos en sus razonamientos.
Los amigos y los médicos se marcharon unos después de otros, hasta dejar solo a Ebn Thaher con el enfermo.
Aquel se acercó a la cama de éste para preguntarle cómo se encontraba desde que no le había visto.
__Os diré __le respondió el Príncipe__ que mi amor, que toma de continuo nuevas fuerzas, y la incertidumbre del destino de la amable Schesnselnihar, aumentan a cada momento mi mal, poniéndome en un estado que aflige a mis amigos y desconcierta.
a los médicos, que nada entienden.
No podéis figuraros, añadió, cuanto sufro al ver tantas personas que me importunan y que yo no puedo despedir correctamente.
Vos sois el único cuya compañía me alivia: pero ¡ah! no me ocultéis cosa alguna.
¿Qué nuevas me traéis de Schesnselnihar? ¿Habéis visto a su confidente? ¿Qué os ha dicho? Ebn Thaher contestó que no la había visto, y apenas hubo dicho esto, el Príncipe prorrumpió en llanto abundante, no pudiendo articular una palabra, según tenía el corazón de apenado.
Príncipe, repuso entonces Ebn Thaher, permitidme que os diga que no debéis atormentaros así: En nombre del Cielo, enjugad vuestras lagrimas; alguno de los vuestros puede entrar en este momento, y vos sabéis con cuánto cuidado debéis ocultar vuestros sentimientos, que de ese modo vendrían a descubrirse.
A pesar de cuanto le decía el sabio amigo, no le fue posible al Príncipe sofocar sus lagrimas.
Sabio Ebn Thaher, dijo, en cuanto recobró el uso de sus facultades, puedo ciertamente impedir que mi lengua revele el secreto de mi corazón, pero no tengo ningún poder sobre mis lágrimas en el grandísimo temor que abrigo para con Schesnselnihar.
Si ese adorable y único objeto de mis deseos no viviese ya en este mundo, no le sobreviviría ni un instante.
Rechazad un pensamiento tan triste, replicó Ebn Thaher.
Schesnselnihar vive aún, y no podéis dudar de ello; si no os ha hecho saber noticias suyas, habrá sido por no habérsele presentado ocasión para ello, y espero que no pasará.
el día de hoy sin que yo sepa algo.
Añadió a esto muchos otros consuelos, después de lo cual se retiró.
Apenas llegó Ebn Thaher a su casa, se presentó la confidente de Schesnselnihar.
Tenia un aspecto triste, del cual concibió el tendero un mal presagio.
Pidió noticias de su ama.
Dadme antes las vuestras, le respondió la confidente, puesto que he quedado muy ansiosa al veros partir en el estado en que estaba el príncipe de Persia.
Ebn Thaher le refirió cuanto deseaba saber, y al terminar, la esclava dijo: Si el príncipe de Persia ha sufrido y sufre todavía por mi ama, ella no ha sufrido menos por él.
Después que os dejé, prosiguió, al regresar a la cámara, encontré a.
Schesnselnihar todavía no repuesta de su desmayo, a pesar de los remedios que se le prodigaron.
El Califa estaba junto a ella, sentado y presa de acerbísimo dolor, y preguntaba a todas las mujeres y a mi especialmente si conocía la causa de su mal.
Pero guardamos el secreto y le contamos una cosa distinta.
Todas lloraban al verla sufrir tanto, no dejando nada por probar para aliviarla.
Por fin, después de media hora, volvió en si.
El Califa, que había tenido la paciencia de aguardar hasta aquel momento, tuvo una grande alegría, preguntando después Schesnselnihar cuál había podido ser la causa de su mal.
Cuando ella oyó la voz del soberano, hizo un esfuerzo para incorporarse, y después de besarle los pies antes de que él hubiese podido impedirlo.
__Señor -dijo-, tengo que quejarme al Cielo por no haberme concedido la gracia de expirar a los pies de Vuestra Majestad para demostraros hasta qué punto me conmueven vuestras bondades.
__Estoy bien persuadido de que me amáis; le dijo el Califa, pero os mando que os conservéis por amor mío.
A lo que parece, habéis hecho algún exceso que os ha causado esta indisposición; cuidaos; y os ruego que os abstengáis otra vez.
Estoy muy contento de veros en mejor estado, y os aconsejo que paséis aquí la noche en lugar de ir a vuestro aposento, por el temor de que el movimiento os perjudique.
Esto dicho, ordenó traer vino, que le hizo beber para darle fuerzas.
Después de esto, se despidió de ella y se retiró a sus habitaciones.
Tan pronto como hubo partido el Califa, mi ama me hizo señas de queme acercase a ella y me preguntó noticias vuestras con inquietud.
Yo le aseguré que hacía ya largo rato que no estabais en el palacio y la tranquilicé sobre este punto.
Guarde para otra ocasión hablarle del desmayo del príncipe de Persia, por temor de volver a verla en el estado de que nuestros cuidados acababan de sacarla con tanto trabajo, pero mi precaución fue inútil, como sabréis.
Príncipe, exclamó ella entonces, renuncio desde ahora a cualquier placer, mientras esté privada de verte.
Si yo herí tu corazón, no hice más que seguir tu ejemplo.
Tú no dejaras de verter lágrimas hasta que te sea dado verme de nuevo, y es justo que yo llore y me aflija hasta que tú me seas devuelto.
Dichas estas palabras, se desvaneció otra vez en mis brazos La confidente de Schesnselnihar prosiguió refiriendo a Ebn Thaher cuanto le había ocurrido a su ama después del primer desmayo.
Nos costó grandes fatigas, dijo, a mí y a mis compañeras hacerla volver en sí.
Lo logramos al fin, y entonces yo le dije: Señora, ¿estáis, pues, resuelta a morir y a hacemos morir a todas con vos? Os suplico en nombre del príncipe de Persia, que es el único lazo que os une a la vida, que penséis en conservar vuestra vida.
¡Ah! dejaos persuadir y esforzaos en considerar cuánto os debéis a vos misma, al amor del Príncipe y a vuestro afecto para con nosotras.
Os estoy muy obligada, respondió ella, por vuestros cuidados, por vuestro celo y por vuestros consejos.
Pero, ¡ay de mí! ¿De qué pueden servirme? No podemos abrigar la ilusión de ninguna esperanza y únicamente en la tumba encontraremos el fin de nuestros tormentos.
Una de mis compañeras trató de distraerle de sus tristes pensamientos cantando un aria con el laúd, pero ella le impuso silencio, ordenando a todas que se retirasen, reteniéndome a mí sola para pasar la noche con ella.
¡Qué noche, oh cielos! La pasó en llantos y gemidos, y llamando incesantemente al príncipe de Persia; se lamentaba de la suerte que la había destinado al Califa a quien no podía amar, en vez de aquél a quien amaba entrañablemente.
Al día siguiente, no encontrándose a su placer en aquella cámara, la ayudé a trasladarse a la suya propia, donde apenas hubo llegado, todos los médicos de Palacio vinieron a visitarla por orden del Califa, y este Príncipe poco después se presentó en persona.
Los remedios prescriptos a Schesnselnihar produjeron tanto menos efecto cuanto que ignoraban la causa de su mal, y la sugestión en que la colocaba la presencia del Califa no servía sino para agravarlo.
Sin embargo, ha descansado algo esta noche, y en cuanto ha despertado me ha encargado que viniese a veros para tener noticias del Príncipe.
Ya os he informado del estado en que se halla, le dijo Ebn Thaher, por lo tanto, volved a vuestra ama y aseguradle que el Príncipe esperaba con impaciencia noticias de ella, como ella de él Exhortándola sobre todo a moderarse y contenerse, no sea que en presencia del Califa se le escape alguna palabra que podría perdemos a todos.
Yo añadió la confidente, os lo confieso, temo mucho sus transportes; me he tomado la libertad de exponerle mi modo de pensar y estoy persuadida de que no lo tomará a mal si le hablo de esto mismo de vuestra parte.
Ebn Thaher, que acababa de llegar entonces de visitar al príncipe de Persia, no estimó a propósito volver tan pronto, descuidando algunos negocios importantes, y fue allá al caer el día. El príncipe estaba solo y en el mismo estado que por la mañana.
Ebn Thaher le dijo al verle aparecer, tenéis sin duda muchos amigos; pero ésos no saben cuanto valéis. Yo estoy avergonzado de cuanto hacéis por mi con tanto cariño, y no sé cómo poder pagároslo.
Príncipe, contestó Ebn Thaher, dejemos a un lado este discursos, os lo suplico.
Estoy dispuesto, no sólo a dar uno de mis ojos por conservaros el otro, sino hasta a, sacrificar mi vida por la vuestra. No es eso de lo que se trata por ahora.
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