10. Historia del durmiente despierto (parte 2)

Algunos meses vivió Abou-Hassan con su mujer en perfecta dicha, pero uno y otro, confiados en la bondad de sus soberanos, gastaron gruesas sumas en el lujo y en los placeres, hasta que llegó un día en que se vieron reducidos al último extremo. No sabían que partido tomar para salir de aquella precaria situación, porque ni el marido quería abusar del Califa, ni la mujer recurrir a la Sultana en demanda de dinero, cuando le era deudora de tantos favores.
Después de formar mil planes disparatados, dijo- Abou-Hassan, dándose un golpe en la frente:
Ya he imaginado el medio que nos va a sacar del conflicto, y que consiste en una farsa que no será. infructuosa; es decir, que nos muramos los dos.
Muérete tú solo si quieres, replicó Nuzat, porque lo que es yo no estoy de humor para abandonar la vida por ahora.
Deja que me explique, mujer, y oye hasta que concluya mi pensamiento. No se trata de una muerte verdadera, sino fingida. Yo me moriré primero, tú me amortajarás; luego comenzaras a gritos, a arrancarte el pelo y hacer todo lo que se acostumbra en tales casos. Vendrá aquí la Sultana cuando sepa que estas viuda, y entonces le pides una gran cantidad para los gastos de mi entierro. Luego te mueres tú, te amortajo yo, y llorando como un niño voy al momento a ver al Califa, le pido dinero, juntamos después ambas partidas y negocio concluido;
Nuzat aprobó el pensamiento, y marido mujer se pusieron a la obra con verdadero ardor. Así que Abou-Hassan estuvo amortajado, la supuesta viuda lanzó unos ayes y unos lamentos capaces de conmover a las piedras; Zobeida, al oírlos, se apresuró a averiguar la causa del dolor de su esclava favorita, y en presencia del fingido cadáver de Abou-Hassan unió sus lágrimas a las de Nuzat, haciendo el elogio fúnebre del difunto y consolando en lo posible a la afligida esposa, a quien mandó dar en el acto una pieza de brocado y cien monedas de oro. Recibió Nuzat el generoso donativo con muestras de gratitud, y al verse sola fue en busca de su marido a participarle alegremente el buen resultado de la estratagema.
Levántate añadió, que ahora me toca a. mi hacer la muerta.. Abou-Hassan envolvió a su mujer en un sudario, la puso en el mismo sitio que él antes ocupaba, y con la barba revuelta y el turbante en desorden, como un hombre dominado por la pena, fue en busca del Califa, quien, en aquel momento, celebraba Consejo con el gran Visir y los emires de la corte. Al ver a Abou-Hassan, de ordinario tan risueño, en aquel estado de desolación, le preguntó alarmado el motivo de su quebranto, y el supuesto viudo dijo con palabras entrecortadas por los sollozos que acababa de perder para siempre a la mas bella y virtuosa de las mujeres
El Califa, el Visir y los emires no pudieron contener sus lágrimas, y todos a coro lloraron la muerte de la hermosa esclava Nuzat.
El Califa, luego que se hubo serenado un poco, mandó que se diesen a Abou-Hassan cien monedas de oro para el gasto de los funerales y una pieza de brocado que serviría de mortaja a la difunta.
Abou-Hassan dio las gracias al Califa, y, en seguida, fue a celebrar con su mujer el buen éxito de su doble mentira. Apenas concluyó el Consejo se dirigió Haroun, acompañado de Mesrour, jefe de los eunucos, al departamento de la princesa Zobeida, con objeto de manifestarle su dolor por la muerte de la esclava favorita. Encontró, en efecto, a Zobeida muy afiigida por la muerte de Abou-Hassan y no por la de su mujer, que gozaba de excelente salud, según había podido comprobar con sus propios ojos, por lo cual dijo al Califa que estaba completamente equivocado.
Vos sois la que os equivocáis, señora replicó el soberano; Abou-Hassan es quien esta bueno y sano, y acabo de verle hace un momento en el salón del Consejo, adonde ha ido a noticiarme la nueva fatal. De manera que he mandado se le entreguen cien monedas de oro para cubrir los gastos de los funerales y una pieza de brocado para envolver el cadáver de la que fue vuestra favorita. Zobeida se obstino en asegurar lo contrario.
El Califa no cedía, por su parte.
A las palabras tranquilas y serenas sobrevino la irritación y en la imposibilidad absoluta de entenderse ni de convencerse el uno al otro, enviaron a Mesrour a que se informase de lo cierto.
El jefe de los eunucos salió a ejecutar la orden.
Ya veréis, dijo el Califa a Zobeida, cómo soy yo quien tengo la razón.
Ya veréis, replicó Zobeida, cómo Abon-Hassan es el fallecido y no su mujer, mi antigua esclava.
Mientras disputaban con tanto calor, Abou-Hassan, dispuesto para lo que pudiera suceder, vio a Mesrour ir hacia su habitación, y no dudó un momento acerca del objeto de la visita. así es que hizo sin demora que Nuzat se pusiese en el suelo, cubierta con el brocado, sentándose en seguida junto a ella a llorar desconsoladamente. Luego que Mesrour entró en el aposento, le dijo:
Señor, me halláis en el trance más amargo que pudiera ocurrirme con la muerte de mi querida esposa Nuzat, a quien tanto apreciaba en vida la Sultana.
Enternecido Mesrour al oír estas palabras, alzó un poco el paño mortuorio para ver el rostro de la difunta, dejándolo caer en seguida.
No hay otro Dios sino Dios, exclamó dando un suspiro, y todos debemos acatar su voluntad suprema. He venido a convencerme por mis propios ojos de la desgracia que os ocurre, por que nuestra señora Zobeida sostiene que vos sois el muerto y no vuestra esposa, por mas que el Califa se empeña en persuadirla de lo contrario.
Pues ya veis que no engañó a Su Majestad, y que es real y verdadero el pesar que me destroza el alma.
No os dejéis, sin embargo, dominar por el dolor y acordaos de que es preciso vivir para rogar a Dios por la difunta.
Mesrour salió a dar cuenta de su mensaje.
Entonces, Abou-Hassan, temeroso de que volviera, echó el cerrojo a la puerta.
Ya hemos representado una nueva escena dijo a su mujer, pero no será la última, porque la Sultana enviará, por su parte a otro emisario para que se cerciore de la verdad. Esperemos detrás de las celosías.
Y marido y mujer se pusieron en acecho. Entretanto, el Califa llevado de la fogosidad de su carácter, exclamó al ver entrar a Mesrour:
Habla pronto: ¿quién es el que ha muerto? ¿La mujer o el marido?
Señor, respondió Mesrour, el cadáver es de Nuzat Vlaudat, y su esposo Abou-Hassan sigue tan inconsolable como cuando fue hace poco a presentarse a Vuestra Majestad.
Yo no doy crédito a este hombre ¿que es un necio y no sabe lo que se dice, exclamó irritada Zobeida.
Señora replicó Mesrour, os juro por vuestra vida que no miento ni hay falsedad en mis palabras. Ahora lo veremos dijo la Princesa enfurecida.
Y llamó a su anciana nodriza para que fuese al momento a la habitación de Abou-Hassan a fin de enterarse bien de lo ocurrido.
Abou-Hassan, que continuaba de centinela, vio a la nodriza de Zobeida, y sin titubear un solo instante se dispuso a hacer el muerto.
Así es que cuando la buena mujer entró en el aposento, ya estaba Nuzat llorando a lagrima viva junto al cuerpo de su esposo tendido en el suelo. La nodriza, enternecida y contenta al mismo tiempo al ver que su señora tenía razón cuando aseguraba que el muerto era Abou-Hassan, se apresuró a volver a las habitaciones del Califa, no sin haber alzado un poquito el turbante que cubría el rostro del supuesto difunto y vertido algunas lágrimas en unión de la viuda. Zobeida oyó con aire de triunfo la relación de su nodriza, y Mesrour quedó anonadado al verse desmentido de aquel modo tan explicito y terminante.
Esa vieja dijo al fin es una embustera y esta chocheando.
Vos sí que sois un mentiroso y un falsario rematado, replicó la nodriza llena de cólera.
Zobeida pidió justicia contra el insolente que así se atrevía a insultar a una anciana. El Califa estaba perplejo, sin tomar resolución ninguna, cuando dijo de pronto:
Ya veo que todos mentimos, y lo mejor es que vayamos nosotros a convencemos por nuestros propios ojos de la verdad del caso. No veo otro medio de aclarar las dudas.
Pusiéronse en marcha los soberanos seguidos de Mesrour, de la nodriza Y de una gran comitiva, y Nuzat, que los vio por la celosía, dio un grito de espanto.
__¡Estamos perdidos __! exclamó.
__Nada temas __respondió Abou-Hassan con la mayor calma. Finjámonos muertos los dos, como ya lo hicimos por separado, y todo saldrá perfectamente. Al paso que traen estaremos listos antes de que lleguen a la puerta.
En efecto, envueltos en el brocado del mejor modo posible, aguardaron la esclarecida visita que se acercaba. Quedaronse atónitos los recién venidos a la vista del fúnebre espectáculo que se les ofrecía.
Luego que hubo pasado la primera explosión de dolor, comenzaron de nuevo las disputas entre la nodriza y el jefe de los eunucos y el Califa y Zobeida, sobre quién de los dos, marido o mujer había muerto antes. Pasaron algunos momentos de inexplicable confusión, y el Califa, deseoso de aclarar el misterio y de vencer a su esposa, se acercó a los cadáveres y dijo con gran oportunidad y sabiduría:
Juro por el santo nombre de Dios que daré mil monedas de oro a la persona que me diga cual murió primero de los dos.
Apenas hubo el Califa pronunciado estas palabras, cuando Abou-Hassan pasó la mano por debajo del brocado y exclamó:
__Señor, yo fui quien murió primero; dadme las mil monedas ofrecidas.
Y en unión de su esposa Nuzat se postraron a los pies del Califa y de Zobeida, los cuales prorrumpieron en una ruidosa carcajada al verlos desenvolviéndose a escape del ropaje que les cubría.
Después de perdonarles el susto, y todas las inquietudes pasadas, exigió el Califa que Abou-Hassan se explicase, y éste refirió con su gracia característica que, estrechados por la escasez, habían imaginado aquel medio para sacar el dinero que les hacía falta.
Lejos de manifestarse enojados el Califa y Zobeida, y contentos tos por ver buenos y sanos a sus respectivos favoritos, dieron a cada uno mil monedas de oro y magníficos regalos, para que otra vez no se les ocurriese ni en broma aparecer como difuntos.
Por este medio, Abou-Hassan y su esposa, Nuzat Vlaudat, conservaron largo tiempo la privanza del Califa y de Zobeida, viviendo por consiguiente en la abundancia durante el resto de sus días.
Mucho complació a Schariar el cuento del Durmiente despierto, y Scheznarda dio principio en la siguiente noche a la historia de aladino.
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