8.2. Historia de los Príncipes Asad y Ambiad hijos del Príncipe Camaralzamán

Salvados por el eunuco de la muerte a la que les había sentenciado su padre, los jóvenes príncipes caminaron a la ventura, y al cabo de un mes llegaron. a la vista de una ciudad; pero Asad estaba de tal modo rendido por el cansancio, que no pudo dar un paso mas.
Hermano mío, le dijo entonces Ambiad, mientras tú te repones, iré yo a la ciudad, y cuando sepa en qué país nos encontramos y haya preparado nuestro alojamiento, volveré para recogerte.
Así lo hicieron, pero en cuanto Assad hubo llegado a las puertas de la ciudad, le salió al encuentro un anciano que le ofreció hospitalidad en su propia casa. El Príncipe aceptó el ofrecimiento y siguió al viejo; pero apenas entró en la casa de éste y vio otros cuarenta ancianos sentados en torno de un hogar, comprendió que había caído en poder de los Adoradores del Fuego y se dio por perdido.
Hoy es un gran día para nosotros dijo el anciano que había engañado al Príncipe, porque tenemos una victima que sacrificar a nuestra divinidad.
Y añadió dirigiéndose a un esclavo:
Acompaña a ese hombre y di a mis hijas que cumplan con su deber.
Obedeció el esclavo y Assad fue conducido a una cárcel subterránea, donde las hijas del anciano, ayudadas por el esclavo, le desnudaron y comenzaron a azotarle hasta que el pobre joven perdió el sentido.
Cambiad, lleno de zozobra por la tardanza de su hermano, pasó una noche horrorosa en el lugar en que le había dejado, y apenas despuntó el día, no pudiendo contener su ansiedad, se encaminó a la ciudad y recorrió al azar varias calles, sorprendido de ver tan escaso número de musulmanes. _
Esta es la ciudad de los Magos, le contestó un sastre, satisfaciendo su curiosidad, llamada así porque abundan mucho los Adoradores del Fuego. Prosiguió su camino y al llegar a la plaza pública fue detenido por el Juez de policía, sospechando que fuese el autor de un asesinato cometido en la persona de una joven, perpetrado por un extranjero.
Ambiad hizo tan vehementes protestas de su inocencia, que el Juez de policía se creyó obligado a conducirlo al palacio del rey de los Magos, y una vez en presencia del monarca, Ambiad le contó su historia y la de su hermano.
Príncipe, le dijo el rey de los Magos cuando éste hubo terminado, me alegro de haberos conocido, y para reparar en parte el mal que os ha hecho vuestro padre os nombro mi gran Visir. En cuanto al príncipe Assad, os permito que uséis de toda la autoridad que os concede para encontrarlo.
Entretanto, Assad había sido conducido a bordo de un buque que se hizo a la mar con rumbo a la Montaña del Fuego, donde debía ser sacrificado a la divinidad de sus aprehensores.
Mas a los pocos días de navegación, se desencadenó una furiosa tempestad y el buque fue impelido hacia la costa y tuvo que echar el ancla en la capital de la reina Margiana, la cual, como musulmana, era enemiga de los Adoradores del Fuego.
Apenas hubo fondeado el barco, la reina Margiana envió a decir al capitán que se presentase en seguida en Palacio, y aquél que no era otro que el anciano adorador que engañó al Príncipe), bajó a tierra acompañado de Assad, que iba vestido de esclavo y obligado a decir que era secretario de Bheran, su amo.
Margiana se quedó al punto prendada de Assad, y sabiendo que era esclavo se propuso comprarlo.
¿Cómo te llamas? preguntó al Príncipe.
¡Ay! En otro tiempo me llamaban Assad el Gloríosísimo; ahora soy Matar y me destinan al sacrificio.
La Reina no comprendió el significado de aquellas palabras, y agregó: ,
Puesto que sois secretario, debéis saber escribir; quiero ver vuestra letra.
Assad tomó una pluma y escribió en un pergamino lo siguiente: ‘
«El ciego se aparta del abismo, en que cae el clarividente.
«La ignorancia triunfa con frases que no dicen nada.
«E1 sabio yace en el polvo a pesar de su elocuencia.
«E1 musulmán es miserable con todas sus riquezas.
«El infiel triunfa en medio de sus bienes.
«Es inútil esperar que cambien las cosas porque el Omnipotente ha decretado que permanezcan del mismo modo.»
Assad presentó el pergamino a la Reina, la cual se quedó sorprendida, no sólo de la letra, sino de la moralidad de la sentencia, e insistió en su deseo de comprar al esclavo. .
Pero como Bheran opusiera alguna dificultad, replicó airadamente la Reina: Puesto que no me lo queréis vender, entiendo que me lo regaláis. Así, pues, marchaos en seguida si no queréis que confisque el cargamento y mande quemar el buque.
Bheran obedeció, rebosante de ira, y proyectando su venganza. Margiana condujo a Assad a sus habitaciones y le obligó a sentarse a su lado en el mismo sofá, diciéndole:
Ya no sois esclavo; sentaos, pues, y contadme vuestra historia.
Assad obedeció y le hizo un relato fiel de toda su vida.
Príncipe, le dijo la Reina cuando éste terminó, a pesar de la aversión que siento por los Adoradores del Fuego, siempre los he tratado con humanidad; pero, en vista de los bárbaros tratamientos de que os han hecho objeto, les declaro desde este momento una guerra despiadada.
Margiana sentó al Príncipe a su mesa, y cuando terminó la comida, Assad salió a pasear por los alrededores del palacio y descuidadamente se durmió junto a una fuente, donde le sorprendió no sólo la noche sino los hombres de Bheran, que se apoderaron de él y lo condujeron a bordo. El buque se hizo a la vela inmediatamente, y Assad, cargado de cadenas, fue depositado en la bodega.
Sorprendida la Reina por la ausencia de Assad, ordenó a sus esclavos que registrasen el palacio, los jardines y los alrededores: pero el resultado de estas pesquisas no fue otro que el hallazgo de una babucha del Príncipe junto a la fuente.
Sospechó Margiana la verdad de lo ocurrido y mandó que, sin pérdida de tiempo, saliesen ‘diez buques en persecución de Bheran;
Al cabo de tres días de navegación, lograron dar alcance al barco fugitivo, y Bherán, sabiendo cual era el objeto de aquella persecución mandó que quitaran las cadenas a Assad y le arrojasen al mar.
Así lo hicieron, pero como el Príncipe sabia nadar, ganó fácilmente la costa, y en cuanto puso el pie en tierra observó con terror que se hallaba a la puerta de la ciudad de los Magos, en la que había sido encarcelado y bárbaramente atormentado por las hijas del anciano adorador.
Como ya era tarde, tomó el partido de refugiarse en uno de los mausoleos del cementerio; pero habiendo desembarcado también Behrán y sus marineros, y no pudiendo entrar en la ciudad por estar las puertas cerradas, se le ocurrió la misma idea que a Assad, y habiéndole descubierto en el cementerio, se apoderaron nuevamente de él.
A la mañana siguiente el desventurado Príncipe fue conducido a la casa de los Adoradores, y, encerrado de nuevo en la cárcel, las hijas del viejo volvieron a azotarlo con feroz crueldad.
Sus lamentos, empero, sus lágrimas, su juventud y su belleza movieron a piedad a una de las hijas del Adorador, y, de verdugo que era, convirtióse repentinamente en protectora de Assad.
Algunos días después, la joven oyó al pregonero vocear el siguiente bando:
«El excelente e ilustre gran Visir busca personalmente a su hermano Assad, que desapareció hace un año. La persona que pueda decir su paradero será. largamente recompensada; pero si alguno lo oculta o retiene preso, serán decapitados el secuestrador y su familia y demolidas sus casas».
La joven corrió presurosa, quitó las cadenas a Assad y le dijo:
Ha terminado vuestro martirio: seguidme sin perder momento.
El Príncipe obedeció y la hija del adorador le llevó a la calle, indicándole al Visir en el que reconoció a su hermano Ambiad. Este le reconoció a su vez y, después de abrazarle repetidas veces, le condujo a Palacio, donde el rey le nombró también Visir.
Celebraronse grandes festejos y se pensó en armar una nave para transportar a los dos príncipes al reino de su padre; pero en el momento que se disponían a partir, llegó un oficial anunciando que avanzaba contra la ciudad un poderoso ejército.
Ambiad montó en un caballo y se dirigió al encuentro del supuesto invasor.
Era el ejército de la reina Margiana, mandado por ésta en persona, que iba con el propósito de rescatar a Assad del poder de los Adoradores y de saludar, al mismo tiempo, al rey de los Magos.
Amgiad informó a la Reina de la liberación de su hermano y la condujo a Palacio.
Pero no había tenido tiempo el Visir de echar pie a tierra cuando le anunciaron que otro ejército, mas poderoso aun que el primero, avanzaba contra la ciudad.
Salió Amgiad a su encuentro, y cuando se halló en presencia del que lo mandaba le preguntó cuales eran sus designios acerca del rey de los Magos.
Me llamo Gaiur repuso el jefe del ejercito, y soy rey de la China. El deseo de tener nuevas de mi hija Badoure, casada con el Príncipe Camaralzan, hijo del rey de la isla de los Niños Calendas, me ha obligado a salir de mis Estados. Yo permití al Príncipe que fuese a reunirse con su padre a condición, empero, de hacerme una visita anual, acompañado de mi hija; y hace ya muchos años que ni siquiera he oído hablar de ellos.
¡Señor y abuelo mío __exclamó Amgiad__. Yo soy hijo de Camaralzaman, hoy rey de la isla de Ébano, y de la reina Badoure.
El rey de la China abrazó enternecido a su nieto, dando por bien empleado el largo viaje que había hecho, y se trasladó al palacio del rey de los Magos.
Al poco rato anunciaron la llegada de otro ejército y de nuevo salió Amgiad a su encuentro, esta vez acompañado de Assad, y supieron, por algunos exploradores, que era el ejército del rey Camaralzamán.
El eunuco que había recibido la orden de matarlos, compadecido del dolor de su señor, le confesó la verdad, y Camaralzamán se puso en seguida a la cabeza de un poderoso ejército con objeto de hallar a sus hijos, llegando a la capital del rey de los Magos el mismo día que el rey de la China, su suegro, y la reina Margiana.
Entregados estaban aún a sus transportes de alegría el padre y los hijos, cuando llegó también otro ejército, mandado por el anciano rey de la isla de los Niños Calendas, que iba en busca de su hijo Camaralzamán.
Permanecieron los tres reyes y la reina Margiana varios días en el palacio del rey de los Magos, al que hicieron riquísimos presentes, luego regresaron todos a sus reinos respectivos.    volver a índice

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