14. Historia de Codadac y de sus hermanos (parte 1)

Los que han escrito la historia del reino de Diabekir refieren que en la ciudad de Harán vivía, en tiempos remotos, un excelente rey, sabio, poderoso y muy amado de sus vasallos. El monarca tenía la pena de verse sin heredero, y día y noche rogaba al Cielo que le diese un hijo, porque en esto consistía el colmo de su ventura. Apareciósele una noche, en sueños, cierto anciano de aspecto venerable, el cual le dijo que la Reina tendría seis hijos, y que, por consiguiente, se verían cumplidos sus deseos. Despertóse el soberano muy gozoso y satisfecho, y al poco rato fueron a anunciarle que ya era padre de cinco hijos varones. El Rey, que esperaba seis, mostró gran enojo, y envió a la Reina, sin querer verla, a los dominios de su primo, el príncipe Lamer. Cuando la Reina, llamada Pirouze, llegó a aquel país, es decir, a los pocos días, fue madre de otro niño, hermoso como un sol, a quien, por orden de su padre, se le puso por nombre Codadac, debiendo educarse, hasta que el dispusiese otra cosa, en el reino de Samaria.
Este buen Príncipe se esmero con su sobrino, de tal modo, que el joven, a los dieciocho años de edad, era un portento en los ejercicios guerreros.
Madre mía dijo un día Codadac, me cansa permanecer aquí ocioso; tengo ambición de gloria, y quisiera que me dejarais ir a ganarle a los campos de batalla., El Rey, mi padre, tiene muchos enemigos, y yo estoy mano sobre mano, cuando mis hermanos combaten al lado suyo; esto es insoportable y vergonzoso.
Hijo’ mío le respondió Pirouze, nadie desea como yo verte sobresalir; pero es preciso aguardar a que lo mande tu padre.
Pues deseo distinguirme al momento y merecer el aprecio de mi padre antes de que me conozca.
Aprobó Pirouze tan noble determinación, y el joven salió de Samaria sin decir nada al Príncipe su tío, y con pretexto de ir a una partida de caza.
Montaba caballo blanco con brida y bocado de oro, y gualdrapa de raso azul salpicada de perlas; el puño del sale era un solo diamante; la vaina, de sándalo, incrustada de esmeraldas y de rubíes; y con tan lujosos atavíos, pero sin darse a conocer, se presentó al Rey, quien, prendado de su gallarda presencia, lo colocó al punto en el ejército. No tardó Codadac en distinguirse por su valor y sus proezas, y al poco tiempo, no sólo fue favorito del Rey, sino ayo de sus propios hermanos. Enfurecidos éstos al verse bajo la tutela de un advenedizo extranjero., como le llamaban, imaginaron el ardid de salir de la ciudad con pretexto de una partida de caza y permanecer ocultos en alguna aldea, a fin de que, alarmado el Rey con tan larga ausencia, mandase matar a Codadac por haber dado permiso a los jóvenes para alejarse de Palacio
Así lo verificaron; Codadac cayó en el lazo, y el Rey, inquieto a los tres días por la tardanza de los príncipes, ordenó a Codadac que los buscase por todas partes, porque de no encontrarlos pagaría con su cabeza la imprudencia cometida.
Codadac salió desconsolado en busca de sus hermanos, sin que en pueblo alguno le diesen noticia de los príncipes. Al cabo de muchos días de inútiles pesquisas, llegó a una gran llanura donde había un palacio de mármol negro, y asomada a la ventana una joven de extraordinaria belleza, pero rasgadas sus vestiduras y pintado el dolor en su semblante.
¡Oh! exclamó al ver a Codadac aléjate pronto de este funesto palacio si no quieres ser victima del monstruo que lo habita. Es un negro hambriento de carne humana, que detiene, como hizo conmigo ayer, a los viajeros que encuentra, encerrándolos en obscuras mazmorras, de donde no los saca sino para devorarlos. Apenas hubo la joven pronunciado estas palabras, apareció el negro.
Era horrible, de gigantesca estatura, montaba un fogoso caballo tártaro e iba armado de una enorme cimitarra. El príncipe Codadac, sin intimidarse al aspecto del monstruo desenvainó el alfanje y le esperó a pie firme; el negro le intimó con desprecio que se rindiera, pero Codadac se adelantó e hirió le la rodilla en señal de desafío. El negro dio un grito horroroso, y echando espumarajos de rabia por la boca, se lanzó hacia el joven para aniquilarlo con su cimitarra. Iba el golpe descargado con terrible violencia, pero Codadac pudo evitarlo y tiró a su enemigo tan tremenda cuchillada, que le cortó el brazo derecho de un solo tajo. Cayó a tierra el negro, y el Príncipe, ligero como una flecha, se arrojó sobre él y le separó instantáneamente la cabeza del tronco, registrándole los bolsillos para apoderarse de las llaves de los calabozos.
La joven, que había presenciado el formidable combate, se postró a los pies de Codadac, en señal de entusiasmo y gratitud, luego que el Príncipe entró en el palacio, y ambos se dirigieron sin pérdida de tiempo a los calabozos para dar libertad a los infelices prisioneros. Estos, al oír el ruido de las llaves, creyeron que se acercaba el negro y prorrumpieron en lamentos desgarradores, así es que al convencerse de la realidad, y libres ya en el patio del edificio, dieron gracias al Cielo y al valiente guerrero que les había salvado de la muerte.
¡Cuál no fue el asombro de Codadac al ver a sus hermanos entre los prisioneros! Los príncipes no hallaban palabras bastante expresivas para manifestar a Codadac su reconocimiento; abrazaronse mutuamente, visitaron el palacio, que contenía inmensas riquezas, recogió cada cual las que le pertenecían, y partieron todos de aquel lugar funesto, a excepción de la hermosa joven, de Codadac y de sus hermanos. Preguntó el valiente mancebo a la ,dama adónde quería que la condujese, y ella le respondió:
Príncipe, soy hija de rey, de, un país muy distante, y me he alejado de mi patria para siempre. Un usurpador infame asesinó a mi infeliz padre, apoderándose del trono, y me he visto precisada a huir para librarme de la muerte.
Estas palabras excitaron la curiosidad de Codadac y de sus hermanos, y a instancia de éstos, la Princesa comenzó así la relación de sus aventuras: Historia de la princesa de Deribar
Apenas hubo concluido la Princesa la relación de sus aventuras, le ofreció Codadac su mano de esposo y un asilo seguro en la corte del rey de Harán. Consintió la Princesa, y aquella misma noche se celebró la boda en el castillo del negro, con asistencia de los príncipes, a quienes Codadac confió al fin el secreto de su nacimiento revelándoles que era su propio hermano. Los príncipes demostraron sumo alborozo con la noticia, pero allá. en lo intimo de sus corazones se aumentó el odio que tenían al generoso Codadac. Iban ya todos de camino de regreso a la Corte, cuando una noche se reunieron los ingratos hermanos, mientras Codadac dormía, para acordar los medios de asesinarle.
Es el único partido que nos queda dijo uno de ellos, pues así que nuestro padre sepa que este extranjero a quien quiere tanto es su hijo, y que ha tenido valor para dar muerte a un monstruo a quien nosotros juntos no hemos podido vencerle prodigará mil caricias y le nombrará su heredero, menospreciándonos a nosotros que tendremos que postrarnos ante Codadac.
A estas expresiones añadió otras que produjeron tal efecto en el animo celoso de los demás príncipes, que en el acto fueron en busca de Codadac, que se hallaba durmiendo. Diéronle muchas puñaladas, dejándolo sin sentido en brazos de la Princesa, y tomaron el camino de la capital, a donde llegaron al siguiente día.
El Rey se alegró infinito al verlos, porque había perdido ya toda esperanza; preguntóles el motivo de su desaparición, pero los príncipes tuvieron buen cuidado de no decir la verdad, sin nombrar siquiera a Codadac ni al negro, contentándose con asegurar que, movidos por la curiosidad de ver el país, se habían detenido en algunas ciudades inmediatas.
Entretanto, Codadac, anegado en sangre y moribundo, se hallaba en la tienda de campaña de la Princesa, que gemía y sollozaba con la mayor desesperación y desconsuelo. Sin embargo, el Príncipe no estaba difunto, y su esposa, notando. que respiraba aún, corrió a una aldea vecina en busca de un médico. Dirigieron la a uno que marchó al punto con ella, pero cuando llegaron a la tienda, había desaparecido Codadac, lo cual les hizo creer que alguna fiera lo habría devorado. El médico, compadecido al oír los lamentos de la Princesa, le ofreció un asilo en su propia casa. así se verificó, y la Princesa le refirió sus aventuras.
Luego que hubo concluido, el médico le dijo:
Señora, puesto que vuestra situación es tan triste, permitidme os manifieste que por lo mismo no debéis entregaros por completo al dolor. Debéis vengar a vuestro esposo, y si queréis os acompañará a la corte del rey de Harán; este, Príncipe es muy bondadoso y justiciero, y cuando sepa la infame conducta de sus hijos, les impondrá el mas severo castigo.
Continua en  Historia de Codadac y de sus hermanos   parte 2
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