14.1. Historia de la Princesa de Deribar

Hay en una isla una populosa ciudad llamada Deriabar, que durante largo tiempo fue gobernada por el rey virtuoso de quien soy la única hija. Un día que mi padre se entregaba a los placeres de la caza, vio un asno salvaje, y separándose de los demás, le persiguió con -tal obstinación que sobrevino la noche y se encontró perdido en medio del bosque. Echó pie a tierra, y a poco divisó una luz hacia la cual se dirigió en busca de asilo donde pasar la noche. La luz procedía de la hoguera encendida en una cabaña; un negro de gigantesca estatura estaba sentado delante de una enorme vasija llena de vino, asando en la llama de la hoguera un buey que acababa de degollar. En el fondo de la cabaña yacía tendida una mujer hermosísima sumida en la mas lóbrega tristeza, y a sus pies tenia un niño de tres años que lloraba sin consuelo. El gigante engulló casi la mitad del buey, apuró todo el vino, y en seguida se dispuso a cortar la cabeza a la pobre mujer a pesar de sus súplicas y lamentos. Mi padre entonces disparó desde la puerta una flecha al negro, que cayó al suelo sin vida. Supo mi padre luego que aquella dama era la esposa de un príncipe de Sarracenos, y el gigante uno de los oficiales de su ejército, y que por resentimientos personales con su jefe había robado a la Princesa y a su hijo a fin de asesinarlos y satisfacer su sed de venganza.
Al amanecer salieron del bosque la dama sarracena, el niño y el Rey mi padre, el cual encontró a los servidores y cortesanos que le buscaban con ansia por todas partes. La Princesa fue conducida a Deriabar, sin que su esposo se acordase nunca de enviar por ella; el niño se educó con esmero, mi padre le cobró mucho afecto por su talento y gentil apostura, y ya hombre, tuvo un día el atrevimiento de pedir mi mano. El Rey le contestó con frialdad que tenía otras miras respecto a mi persona, y el orgulloso joven, herido en su amor propio, amotinó a la plebe, asesinó en venganza a mi padre, que era su libertador, y se ciñó la corona. Yo emprendí la fuga en un bajel dispuesto con toda reserva, pero después de tres días de navegación se levantó una furiosa tormenta, y el buque se hizo pedazos contra un peñasco. Perdí ,el sentido, y al volver en mi me encontré sola en una playa desierta cuando oí ruidos de voces y de caballos ; uno de los jinetes vestía un riquísimo traje bordado de plata y de pedrería; era hermoso y joven, y adelantándose hacia mí, me preguntó que quién era. Le referí mi desgraciada historia entre lágrimas y sollozos, que le conmovieron mucho y me dijo:
Soy soberano de un gran pueblo: venid conmigo a mi palacio; viviréis al lado de mi madre, y ambos procuraremos mitigar vuestras penas.
Di las gracias al generoso Rey, quien, tras, de algún tiempo de residencia en la capital, se enamoró de mi, verificandose nuestro enlace con gran solemnidad y fastuoso aparato.
Pero un Príncipe enemigo fue a atacar a mi esposo a la cabeza de un formidable ejército; sorprendió la ciudad, pasó a cuchillo a sus habitantes, y por un milagro pudimos escapar en la barca de un pescador. A los dos días de ser juguete de los vientos y de las olas, divisamos un buque, icémosle señas para que nos socorriese, y era un corsario, cuya feroz tripulación se apoderó de nosotros después de una porfiada lucha, en la que pereció el Rey mi querido esposo. El jefe de los piratas me declaró su presa para llevarme como esclava de regalo a un amigo suyo residente en el Cairo.
Caminamos durante algún tiempo. Yo iba traspasada de dolor, y ayer, al pasar por esta llanura, vimos al negro, que al pronto nos pareció una torre; larga fue la pelea entre el monstruo, el pirata y sus esclavos, hasta que al fin todos perecieron, y el negro me condujo a este castillo, a donde arrastró el cadáver del pirata, que le sirvió anoche de cena. Esta mañana vio viajeros a lo lejos, y preciso es que se le hayan escapado, pues volvía solo y sin ningún despojo cuando le acometisteis con tan valeroso denuedo.

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