13. Historia del caballo encantado (Parte 2)

El indio, que el mismo día de su salida llegó temprano a un bosque inmediato a la capital del reino de Cachemira.
Dejó a la Princesa al pie de un árbol para ir a procurarse algún alimento.
Estaban comiendo algunas manzanas, cuando la joven, que anhelaba salir del poder de su infame raptor, comenzó a dar agudos gritos al ver pasar una partida de jinetes que al momento los rodearon.
Era el sultán de Cachemira que volvía de caza con brillante séquito.
Interpeló al indio, éste dijo que aquella joven eras su mujer y que nadie tenia derecho a mezclarse en sus asuntos, pero la Princesa se apresuró a desmentirlo con tales lagrimas y tanta elocuencia, que el Sultán, persuadido de la verdad de sus palabras, mandó a sus soldados que sujetasen al indio y le cortasen la cabeza. Ejecutóse fielmente esta orden, con tanta mayor facilidad cuanto que no tenia armas para defenderse.
Libre la Princesa de un peligro, cayó en otro ,mayor todavía, porque cuando esperaba que el Sultán de Cachemira la enviase a la capital de Persia, toda vez que por el camino del bosque le refirió su historia y sus amores, le dijo el soberano que, lejos de eso, estaba prendado de su hermosura que había resuelto casarse inmediatamente con ella. La Princesa, ya en Palacio, oyó el ruido de los atabales y trompetas que anunciaban al pueblo los desposorios del Sultán, y le dio un horrible desmayo, rodando al suelo sin sentido.
Las esclavas todas se apresuraron a auxiliarla, y al volver en sí, decidida a ser fiel a los juramentos hechos a Firuz, fingió que había perdido la razón, y en presencia del Sultán prorrumpió en palabras y ademanes que revelaron a todos el triste estado de la desdichada joven. La Princesa continuó más furiosa cada día, y el Sultán, perdida la esperanza. de salvarla, juntó a los médicos célebres de su corte, quienes no pudieron acercarse a reconocer a la princesa de Bengala porque ésta declaró que si se aproximaban los ahogaría a todos entre sus manos. Ninguno de dichos médicos ni de los demás pueblos del reino que el Sultán hizo ir a la capital se atrevió a entrar en la habitación de la demente, y recetaron específicos y drogas que no podían hacer ni bien ni mal a la enferma.
El Sultán estaba desesperado.
En este intervalo el príncipe Firuz había recorrido con el traje de derviche varias provincias y ciudades, sin encontrar en ninguna a su querida Princesa, hasta que llegó a un gran pueblo de la India donde le contaron con todos sus pormenores la muerte del indio, la locura de la joven, el amor del Sultán, y cuanto acabamos de referir, en una palabra. Encaminase, pues, a Cachemira, se vistió de médico, y con este traje y la barba larga que se había dejado crecer por el camino, fue a. Palacio, se presentó al Sultán, y le dijo que poseía remedios inestimables y milagrosos para que la infeliz Princesa recobrase la perdida razón.
El Sultán le contestó que la joven no podía soportar la vista de un médico sin entregarse a furiosos arrebatos que agravaban su dolencia, y le condujo a un gabinete con objeto de que la contemplase a través de una celosía.
Firuz reconoció a su adorada Princesa sentada y cantando, con los ojos arrasados en lágrimas, una triste canción lamentándose de su suerte, puesto que quizás no volvería a ver al Príncipe su prometido esposo.
Firuz comprendió al punto que era fingida aquella locura, aseguró al Sultán que la demencia no era incurable, pero que tenía precisión absoluta de hablar a solas con la enferma para conseguir buenos resultados.
En lo tocante a los arrebatos esperaba que desapareciesen instantáneamente.
El Sultán dispuso abrir la puerta del aposento de la loca, y entró en él, el supuesto médico. La Princesa, tomándole por tal, prorrumpió en gritos y denuestos, pero Firuz se acercó a ella y en voz casi imperceptible le dijo, sin que nadie pudiera escucharle: Princesa, no soy medico, sino el Príncipe de Persia que viene a devolveros la vida, la dicha y la libertad.
La Princesa reconoció a Firuz y al punto se iluminó su semblante de extraordinario júbilo, sin poder pronunciar por de pronto ni una palabra. Refirió el Príncipe su angustia, su dolor al ver que el indio le arrebataba la dicha, la resolución que había tomado de abandonarlo todo para buscarla en lo mas recóndito. del Universo, y por qué coincidencia, en fin, tenia la dicha de encontrarla en la corte de Cachemira. La Princesa, repuesta un poco del sobresalto, contó a Firuz los incidentes de su viaje, y el amor del Sultán, que estaba dispuesto a todo trance a desposarse con ella.
¿Sabéis dónde está el caballo encantado? preguntó el joven precipitadamente
Lo ignoro respondió la Princesa, pero supongo que el Sultán lo tendrá. guardado en alguna habitación secreta.
Firuz no dudaba que el Sultán tendría guardado el caballo y comunicó a la Princesa su proyecto de valerse de dicho instrumento para regresar a Persia, y ambos convinieron en lo que había de hacerse para llevar a buen termino la empresa, empezando porque la Princesa se ataviaría al día siguiente con objeto de recibir al Sultán, pero sin pronunciar una palabra.
Mucho se regocijo el Sultán de Cachemira luego que el príncipe de Persia le refirió el efecto de su primera visita, y le conceptuó como el primer médico del mundo al saber que la Princesa le había recibido en calma.
Firuz preguntó al Sultán los pormenores de la llegada a Cachemira de la princesa de Bengala, con el único objeto de averiguar el paradero del caballo encantado.
El Sultán, sin comprender la verdadera idea del Príncipe, le contó lo sucedido, y añadió que el caballo le había hecho conservar entre sus tesoros como una preciosidad, si bien ignoraba el modo de usarlo.
Señor, dijo el Príncipe, lo que Vuestra Majestad acaba de decirme me proporciona el medio de completar la curación de esa hermosa y desgraciada joven. Transportada aquí por un caballo encantado, participa ella. del encantamiento, que puede desaparecer con el auxilio de ciertos perfumes que yo tengo. Si Vuestra Majestad lo desea, y al mismo tiempo quiere proporcionar un magnífico espectáculo a los habitantes de su capital, disponga que el caballo este mañana en medio de la plaza delante de Palacio, y prometo demostrar a la faz de todos que la princesa de Bengala está completamente sana de cuerpo y alma. A fin de que la ceremonia se verifique con la mayor pompa, conviene que la Princesa se presente adornada de las joyas mas preciosas que posee Vuestra Majestad.
El Sultán hubiera accedido, no sólo a estas fáciles condiciones sino a otras mas difíciles, con tal de conseguir la realización de su deseo.
Así es que prometió cuanto se le pedía. Sacaron en efecto el caballo encantado, colocándolo en el centro de la plaza del palacio. Pronto circuló en la ciudad la noticia de que se hacían preparativos para una gran fiesta, y la gente acudió atropelladamente de todos los barrios de la capital.
Cuando el Sultán se hubo sentado bajo el solio en medio de los cortesanos, la princesa de Bengala, ayudada por sus esclavas, montó en el caballo, y entonces el fingiido médico colocó a su alrededor varios pebeteros con fuego, en los que arrojó unas drogas que después de quemadas exhalaban exquisito perfume.
Luego, con los ojos bajos y las manos cruzadas en el pecho, dio tres veces la vuelta alrededor del caballo, haciendo como que pronunciaba misteriosas palabras; en el momento mismo en que los pebeteros despedían una densa nube, la Princesa, envuelta en humo, desapareció de la vista de los demás, y el príncipe Firuz aprovechó la ocasión para saltar a la grupa detrás de la Princesa y dar vuelta a la clavija de partida.
Cuando el caballo se remontaba rápidamente por los aires, pronunció Firuz estas palabras, que fueron oídas distintamente por el soberano:
Sultán de Cachemira: cuando quieras casarte con alguna princesa, procura lograr antes su corazón que su consentimiento.
El príncipe de Persia llegó aquel mismo día con su prometida esposa a Chiraz, y fue a detenerse, no en el alcazar de recreo, sino en el alcázar del Rey, quien dispuso en el acto que se celebrasen con la mayor pompa y solemnidad los desposorios de su hijo con la hermosa Princesa.
Pasados los regocijos, fue el primer cuidado del soberano de Persia enviar un embajador al rey de Bengala para darle cuenta de lo sucedido, pidiéndole la aprobación del matrimonio, que el monarca dio con alegría al saber clamor y las buenas prendas del príncipe de Persia.
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