13. Historia del caballo encantado (Parte 1)

El día primero del año es una festividad antigua y solemne en todo el ámbito de la Persia, cuyos habitantes le designan con el nombre del Nevrur, y no sólo en las ciudades populosas, sino en todos los lugares y aldeas, se celebra con extraordinarios regocijos.
Pero los que se verifican en la Corte, sobresalen entre los demás por la variedad de peregrinas diversiones y por la concurrencia de los extranjeros, atraídos por los premios y la liberalidad de los reyes, que nada omiten a fin de revestir el acto de sin igual pompa y magnificencia. En una de aquellas festividades se presentó en Chiraz, que era la capital del reino, un hombre indio con un caballo tan galanamente enjaezado y con tanta maestría concluido, que el Rey y todos los cortesanos lo creyeron al pronto un caballo verdadero.
Postróse el indio delante del trono, y dijo al soberano:
¡Señor! Puedo asegurar a Vuestra Majestad que no ha visto nunca nada tan portentoso como este caballo, no por lo perfecto de su construcción, sino por el uso maravilloso que se hace de él, cuando se posee mi secreto. Montado en él, si quiero trasladarme a la región del aire, a cualquier paraje de la tierra por distante que esté, lo ejecuto al momento. En esto consiste el mérito del caballo, y estoy pronto a probarlo en presencía de Vuestra Majestad si así se digna disponerlo.
El rey de Persia, asombrado de aquel portento y deseoso de convencerse de él por sus propios ojos, contestó que desde luego quería ver el experimento.
El indio puso el pie en el estribo, montó con suma ligereza, y una vez en la silla, preguntó al soberano el lugar a donde se. dignaba enviarle.
A tres leguas de Chiraz había un bosque que se descubría desde el palacio de Rey y desde la plaza en que se celebraba la fiesta, llena entonces de gran muchedumbre.
Deseo que vayas a aquel bosque, dijo el Rey: la distancia no es grande: pero como mi vista no puede seguirte hasta allí, en prueba de que has ido, te mando que me traigas una pluma cortada de la gran palmera que encontraras en la falda del monte.
Inclinó el indio la cabeza en señal de obediencia, dio vuelta a una clavija que sobresalía un poco en el cuello del animal, cerca. del arzón de la silla, y el caballo se remontó como un relámpago, dejando atónitos al Rey y a los palaciegos, que no podían explicarse la causa de portento.
Al cuarto de hora escaso divisaron de nuevo por los aires al indio que volvía con una palma en la mano. Dio muchas vueltas sobre la plaza en medio de los gritos entusiastas del pueblo, y luego fue a detenerse ante el trono del Rey, en el mismo lugar de donde había partido. Echó pie a tierra, depositando la palma a los pies del monarca, quien entró en deseos de ser dueño del caballo maravilloso, e hizo en el acto proposiciones al indio para comprarle.
Señor, respondió este, ¡no dudé jamás de que Vuestra Majestad, al persuadirse del mérito de mi cabalgadura, querría poseerla, como acaba de manifestarme. Desde luego estoy conforme en cedérsela con una condición; pero antes es forzoso que me explique. Yo no he comprado este caballo; me lo regaló el inventor y fabricante a cambio de la mano de mi hija, hoy su esposa, y me exigió que si alguna vez lo vendía fuese con gran ventaja.
Estoy pronto, repuso el Rey, a concederte lo que apetezcas de cuanto mi reino encierra de rico y poderoso.
Esta oferta, por dilatada que fuese, era sin embargo inferior a la que el indio meditaba. Así es que replicó:
Señor, doy las gracias a Vuestra Majestad por el ofrecimiento que me hace; pero no puedo cederle mi caballo si no me otorga en cambio la mano de la Princesa vuestra hija. Sólo a este precio seréis dueño del portento.
Los cortesanos, al oír estas palabras, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas, y .el príncipes Firuz, hijo mayor del Rey y heredero de la corona, se enfureció con el atrevimiento de aquel hombre.
Sin embargo, el Rey se mostró indeciso acerca del partido que debería tornar, y el Príncipe, viendo que su padre titubeaba, exclamó con ira:
Os ruego, Señor, que rechacéis inmediatamente la proposición de ese hombre desconocido e insolente que aspira nada menos que a enlazarse con una de las familias poderosas de la tierra.
Hijo mío, dijo el Rey, acepto tus indicaciones; pero sin duda no tienes en cuenta el mérito del caballo ni que el indio hará, si yo lo desecho, la misma demanda a otro rey, el cual puede excederme en generosidad, haciéndose dueño de una maravilla que yo quiero poseer a toda costa. Antes de prometer nada, desearía que probaras el caballo y examinases sus condiciones, si lo permite su dueño.
El indio, que notó el benévolo acento del Rey, lo cual indicaba casi su decisión de admitirle por yerno, se apresuró a ayudar al Príncipe a montar en el caballo. Firuz subió a el con soltura y elegante gallardía, y apenas puso los pies en los estribos, cuando, sin esperar las instrucciones ni los consejos del indio, dio vuelta a la clavija que había visto tocar, y el caballo le arrebató con la misma velocidad que una saeta disparada por la mano de un robusto flechero.
Perdióse el Príncipe de vista a los pocos minutos, y el indio lleno de sobresalto, dijo al Rey que no le hiciese responsable de las desgracias que pudieran ocurrir al Príncipe, puesto que había marchado sin enterarse del procedimiento necesario para dar dirección al caballo en el aire, y que consistía en apretar otra clavija situada en el lado contrario, con ayuda de la que se bajaba de nuevo hacia la tierra.
Comprendió el Rey al punto el grave peligro en que estaba su hijo, y se desconsoló mucho al pensar que aun descubriendo la clavija podría caer en el mar o en algunos peñascos, donde era segura su muerte.
No temáis por eso, señor replicó el indio, porque mi caballo cruza los mares y los sitios peligrosos sin ningún riesgo del jinete, y le conduce al sitio a que éste desea dirigirse. De todos modos, exclamó el Rey, me respondes con tu cabeza de la vida de mi hijo, si dentro de tres meses no le veo volver sano y salvo o adquiero noticias positivas de su suerte.
Y dispuso en seguida que se apoderasen del indio para encerrarle en una obscura prisión. La fiesta del Nevrur había concluido de un modo aciago para la corte de Persia.
Entretanto, el príncipe Firuz perdió la tierra de vista a la hora escasa de su elevación al espacio, y medio trastornado dio vueltas a la misma clavija en sentido inverso, tirando al caballo de la brida; pero este le arrebataba con la misma o mayor rapidez, hasta que al fin descubrió la otra clavija, la oprimió, el caballo comenzó a bajar, puesto ya el sol, y, a las doce de la noche, en medio de una gran obscuridad, se detuvo en tierra. El Príncipe reconoció el lugar donde estaba y vio que era la azotea de un magnífico palacio, guarnecido con balaustrada de mármol. Luego vio una puerta con su escalera, por la cual bajó, encontrándose de repente en una sala, Allí, a la luz de un farol, vio a varios eunucos negros que dormían, cada uno con el. alfanje desenvainado junto a sí, y supuso que seria la guardia de alguna reina, como así era efectivamente. El aposento de la Princesa comunicaba con la sala, y Firuz, sin titubear, entró en la habitación donde reposaba la Princesa rodeada de muchas esclavas. Acercóse de puntillas, y al ver la deslumbrante belleza de la dama quedó prendado de su sin igual hermosura.
Despertóse la Princesa y permaneció un momento sobrecogida delante del joven, pero sin dar muestras de terror ni de asombro.
Era la hija mayor del rey de Bengala, y aquél el palacio que le destinaba su padre para que disfrutase de las delicias del campo.
El Príncipe le dio a conocer su estirpe algo de la aventura por medio de la cual se encontraba a sus plantas, rogándole. que le tratase sin enojo en su extraña situación,
Príncipe, dijo la joven, la hospitalidad y la cortesía reinan en Bengala como en Persia; nada tenéis que temer, y mi palacio y mi reino están a disposición vuestra. Firuz dio las gracias de un modo expresivo a la Princesa, por la acogida que le dispensaba, y la joven, a pesar del deseo que tenia de saber los medios extraordinarios de que el gallardo mancebo se había valido para penetrar en el edificio y llegar hasta ella, dispuso que las esclavas le condujesen a otra habitación con objeto de darle de cenar y prepararle un suntuoso lecho, como en efecto lo verificaron.
Al día siguiente la Princesa, prendada también por su parte de la apostura y gentileza de Firuz, se adornó la cabeza con gruesos diamantes, el cuello y los brazos con ricas joyas, y se vistió un magnífico traje de una tela de las Indias que sólo se fabricaba para los monarcas en aquel tiempo. Envió en seguida a buscar al príncipe persa, el cual se presentó en el salón y refirió minuciosamente a la joven cuanto había ocurrido el día de la fiesta del Nevrur y los peligros que corriera en su viaje aéreo y al atravesar luego la cámara donde estaban dormidos los guardas eunucos.
El Príncipe, al concluir su relato, no dejó pasar la ocasión de decir a la princesa de Bengala que todos los riesgos los daba por bien empleados a cambio de haber visto su peregrina hermosura, y que le ofrecía su corazón y su mano. Iba ya la joven a contestar a las halagüeñas palabras de Firuz, cuando una esclava fue a anunciar que la comida estaba dispuesta. Terminado el suntuoso banquete, al eco de dulcisímas voces y de sonoros instrumentos, recorrieron los Príncipes todos los jardines y departamentos del palacio, que Firuz calificó de maravilloso y espléndido hasta lo infinito.
Aun es mejor el del, Rey mi padre dijo la joven, y vos seréis de mi opinión luego que le hayáis visto, porque no dudo que desearéis conocer a mi padre para que os trate con los honores debidos a vuestro mérito y rango.
Con gran placer admitiría la oferta que me hacéis, Princesa, y no encuentro palabras con que expresaros mi gratitud; pero reflexionad la angustia y la zozobra en que estará mi padre desde que desaparecí en el caballo, y sería en mi un crimen imperdonable el no sacarle pronto de su aflicción. Si me permitís y me juzgáis digno de la dicha de ser esposo vuestro, dejadme ir a mi pais a participar al Rey los proyectos que tengo, y estoy seguro de que se apresurará a pedir para mi vuestra mano al rey de Bengala.
La joven era harto discreta para negarse a los deseos de Firuz, y lo mas que pudo conseguir fue retenerle dos meses a su lado para que disfrutara de los bailes, los banquetes, las partidas de caza y cuantas fiestas inventó en honor de su huésped. Pasado este tiempo, decidió Firuz su viaje y rogó a la Princesa que le acompañase a Chiraz para presentarla al rey de Persia, pagándole en su capital la generosa hospitalidad que de ella había recibido.
La joven vaciló en un principio; pero, después, y sin arredrarse por las molestias del viaje, se decidió a salir sigilosamente del palacio con objeto de que nadie penetrase su intento. ‘
Hechos los preparativos, y mientras todos dormían, al amanecer del siguiente día subieron los jóvenes a la azotea, él volvió el caballo hacia el rumbo de Persia, montó después de acomodar a la Princesa, dio vuelta a la clavija , y el caballo los arrebató con la celeridad. del rayo.
Iba el animal atravesando los aires con su acostumbrada rapidez; y el Príncipe lo gobernaba de tal modo, que a las dos horas y media de marcha descubrieron los viajeros la capital de Persia.
No fueron a detenerse a la plaza ni al palacio del, Rey, sino a un alcázar de recreo situado a poca distancia de la ciudad. Allí dejó Firuz a la Princesa, y fue a avisar a su padre de fausta nueva de su regreso.
_ El pueblo le recibió con mil demostraciones de entusiasmo. y el Rey, que vestía de luto por su hijo, a quien tenia por muerto creyó perder la razón según el júbilo que le causó el abrazar a su querido Príncipe.
Pasados los primeros transportes, le preguntó con afán lo que había sido del caballo del indio. Firuz refirió entonces al monarca los apuros sufridos al verse a tan considerable altura sin saber dar dirección al caballo, y luego contó su aventura con la Princesa y cuanto sucediera, en fin, en los dos meses de ausencia. El Rey no sólo consintió que Firuz se casase con la princesa de Bengala, sino que dio inmediatamente las órdenes oportunas para ir a recibirla con pompa al alcázar de recreo y celebrar después los desposorios en la capital. En seguida mandó que fueran a la cárcel en busca del indio. Presentóse el prisionero, y el soberano le dijo:
Te había encerrado para que me respondieses con tu cabeza de la vida de mi hijo. Da gracias a Dios que le he vuelto a ver, y que te perdono el quebranto que me has hecho sufrir. Recobra tu caballo y no vuelvas nunca más a presentarte delante de mi vista. Cuando el indio se vio libre, como los que habían ido a sacarle de la cárcel le contaron la vuelta de Firuz con la Princesa en el caballo encantado, el lugar en que habían echado pie a tierra y que el Sultán se aprestaba a ir en su busca y conducirla a Palacio, no vaciló en adelantarse, y sin pérdida de tiempo llegó al palacio de recreo diciendo que iba en nombre del rey de Persia a conducir a la princesa de Bengala en la grupa de su caballo por los aires hasta la plaza de la ciudad, donde le esperaba la Corte, que quería dar al pueblo tan magnifico espectáculo. El jefe de la guardia conocía al indio, y sin sospechar de él, puesto que le veía ya en libertad, le presentó a la Princesa, quien no tuvo inconveniente en acceder por su parte a lo que creyó una orden del Rey.
El indio, satisfecho de la facilidad con que iba a llevar a cabo su pérfida alevosía, montó a caballo, colocó a la Princesa en la grupal, y dando vuelta a la clavija, se lanzó al espacio con su presa. En seguida pasó por encima del Sultán y de toda la suntuosa comitiva que se dirigía al alcázar en busca de la joven.
Es imposible describir el enojo del Sultán y la aflicción del Príncipe al convencerse de la infame tropelía del indio y de su horrible venganza. Firuz creyó morir de dolor pero modero en lo posible su profunda pena y se dirigió solo al alcázar donde había sido robada la princesa de Bengala. Una vez allí ordenó a uno de sus servidores que con la mayor reserva le llevase un traje de derviche.
Cerca del palacio había un convento de estos monjes, de donde, a fuerza de astucia, se pudo, conseguir el vestido completo.
Disfrazado el Príncipe y provisto de una caja. de perlas y piedras preciosas para atender a las necesidades del viaje, salió una noche del palacio, sin plan fijo, pero resuelto a buscar a la Princesa, aunque fuese en el centro de la tierra.
Continua en Historia del caballo encantado (Parte 2)
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