Los tres hijos del rey

«en L. Lectura Alvaro Marín»

Tres hijos tenía un rey moro y, próximo a su muerte, no sabía a cual debía designar para sucederle en el trono.

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Los príncipes vivían fuera de la capital, en un magnífico palacio. En cierta ocasión el rey resolvió pasar por la noche allá. Antes de acostarse llamo al mayor y le dijo que deseaba salir al día siguiente a pasear en su compañía, por esa razón le pedía despertarlo muy temprano.

El presunto heredero se quedó dormido y fue menester que el propio rey mandara a uno de sus criados en su busca.
Cuando se presentó en la alcoba de su padre éste le dijo:
__Díle al camarero que me traiga la ropa.
Salió el príncipe y le comunicó al camarero la orden.
__¿Qué ropa quiere el rey. replicó el camarero.
Volvió a preguntarle que ropa quería.
__Quiero la aljuba manifestó el monarca.
¿Quiere la aljuba, regresó el príncipe a decirle al camarero.
__¿Cuál de ellas? anotó el camarero.
Regreso de nuevo el príncipe y le preguntó a su padre qué aljuba deseaba.
__La verde bordada con rosas, respondió él.
__La verde bordada con rosas, repitió el príncipe al camarero.
__Ahora traedme las botas, ordenó el rey a su hijo.
__Ahora desea las botas, manifestó nuevamente el príncipe, de regreso donde el camarero.
__¿cuáles botas? pregunto éste.
Volvió el príncipe donde el rey y le preguntó:
__¿Cuáles botas?
__Las de cordobán, respondió él.
Por fin, después de estas y muchas otras idas y venidas, el rey se vistió.

A continuación el rey le dijo al príncipe:

__Dile al caballerizo que ensille al caballo.
Salió el príncipe a llevar la razón. El caballerizo le pregunto:
__¿Cuál caballo?
__¿Cuál caballo? vino a preguntarle el príncipe al rey.
__El caballo negro, manifestó el rey
Salió de nuevo el príncipe y le dijo al caballerizo:
__El caballo negro.
__¿Qué silla le pongo? preguntó el caballerizo.
__Que silla desea que se le ponga? se presentó a preguntar de regreso, el príncipe al rey.
__La de cuero tunecino, dijo él.
__La de cuero tunecino, repitió el príncipe al caballerizo

Hubo aún de volver a preguntar por el freno, por la espada, por las espuelas y por la escolta que lo acompañaría.

Cuando todo estuvo listo, el rey manifestó a su hijo que ya era tarde para salir; que fuera él por la ciudad, se fijara mucho en lo que viera y, de regreso, le rindiera un informe verbal.

El príncipe montó a caballo y, al son de clarines y timbales, con muchos pendones y estandartes, se dirigió a correr las calles.
Por la tarde manifestó a su padre que todo estaba muy bien.

El monarca regresó a su palacio. Diez días después volvió a visitar a sus hijos. Llamó al segundo hijo y le dijo que deseaba salir a dar un paseo en su compañía por lo cual le pedía el favor de estar listo al amanecer.

Con su segundo hijo le ocurrió, punto más, punto menos, como con el mayor. El rey regresó nuevamente a la capital.

En el tercero y último de sus viajes, antes de entregarse al sueño, hizo a su hijo menor la misma recomendación que a los dos anteriores, Oyó él con mucha atención cuanto dijo su padre y se retiró.

Al día siguiente, antes de que el monarca despertara ya estaba él al pie de su cama, esperando a que el reloj señalara la hora convenida.

El rey le ordenó que pidiera al camarero llevarle la ropa. El más joven de los príncipes le preguntó detalladamente lo que deseaba ponerse, desde la camisa al capellar, del turbante a las babuchas y en picos minutos todo estaba al alcance de su mano.

Lo mismo que las veces anteriores, el soberano le dijo que alistara el caballo. El príncipe se informó previamente que animal deseaba cabalgar y con qué silla y arneses. Ya a punto de salir, el rey le manifestó lo mismo que a los anteriores, es decir, que le era imposible ir, pero que fuera él en su reemplazo, observara la ciudad y luego le contara cuanto creyera conveniente.

Partió el menor de los príncipes con la misma lucida escolta que habían llevado sus hermanos. Observó las calles, los parques, los almacenes, el funcionamiento de las oficinas públicas, los mercados, las escuelas, preguntó por los servicios de agua y luz, se hizo conducir a los barrios más pobres, a los cuarteles, y en éstos ordenó a los soldados hacer maniobras para darse cuenta de la disciplina. Indagó también por qué había tantos mendigos por todas partes y si no existía una institución que los recogiera.
Ya por la noche, regresó al alcázar. Su padre le hizo las mismas preguntas que a sus otros dos hijos sobre la ciudad.

__Con mucho respeto, manifestó él, os diré que me pareció muy mal gobernada y ahora creo que no eres tan buen mandatario como la fama lo anuncia.

El rey se sorprendió, frunció el ceño por un momento y luego con una ligera sonrisa exclamó:

__¿Cómo es eso?

__Yo deseo, padre, explicó él, seáis el mejor monarca de la tierra y para que así ocurra hay que corregir muchas cosas.

__¡Dímelas!

__Las calles, empezó el príncipe, están sucias. ¿Es que no hay un alcalde que las haga barrer?

__Debe ser muy malo el que tengo, murmuró el rey,

__Los parque están descuidados y en vez de ser ejemplo de aseo son de mugre. A los mercados públicos da asco entrar y son focos permanentes de infección. Por otra parte, a los dueños de las casas no se les obliga a enlucir las fachadas. las escuelas son insuficientes. Marchan bien los servicios de agua y luz, pero en los barrios la gente vive sin ninguna higiene. Hacen falta habitaciones limpias y modernas.

Basta hijo interrumpió el rey. En realidad, nadie me había dicho eso anteriormente; cuantos informes recibía eran satisfactorios, Os hago una propuesta o, mejor, os doy una orden. Desde mañana os encargareís de la administración de la ciudad para que corrijaís todas las anomalías por vos anotadas.

El menor de los hermanos se encargo del gobierno municipal y en menos tiempo del que era presumible, subsano las deficiencias. Y, como consecuencia, el rey recibió, ahora sí, merecida fama de gobernante. Y ya en su lecho de muerte lo nombró heredero del trono.

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4 comentarios en “Los tres hijos del rey”

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