Yo fuí una esbelta espiga

 Yo el trigo nací en el campo. Soy hijo de las doradas espigas. su suave vaivén me arrulló cuando pequeño, mientras ellas cantaban acompañadas por el viento. Cuando las espigas se mecían, semejaban un inmenso mar de oro…  El sol, la lluvia y el viento caían sobre mí para acariciarme, y en veces para azotarme.

          Poco a poco, mi cuerpo fue tomando el color del oro, y las espigas, al chocar unas con otras, producían un ruido casi metálico, como pidiendo a gritos que llegara pronto la hoz que había de destrozar las gargantas.
Pronto llegaron los segadores cantando y, ris … ras … ris … los hoces arrancaron las espigas sin piedad. Y hélas ahí primero en forma de gavillas y luégo tendidas al sol, antes de ser trilladas.

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          Más tarde las espigas pasaron por debajo del casco feroz de los animales, pues en la región donde yo vengo no hay maquinaria agrícola moderna, y los granos de trigo quedamos desnudos, listos para ser convertidos en harina.

         Me llevaron de un lado para otro y, al fin al molino. Me despedazaron hasta convertirme en polvo. Me hicieron polvillo fino. harina!

           Cuando salí del molino me pusieron en sacos. He cambiado mucho en muy poco tiempo. Primero fui grano en una espiga de trigo que formaba parte de un campo de oro; más tarde un montón de harina; ahora … aquí viene los más interesante.

           Llegué a una panadería metido en un enorme saco. Pero no duré mucho allí. Me vaciaron en una gran artesa. Ya fuera, pude darme cuenta del lugar donde estaba: era un cuarto oscuro, lleno de mesas, de grandes bateas y alargados armarios. En el cuarto había un tibio caos que me recordó las tardes de verano pasadas en el campo. Pero apenas empezaba a revisar el cuarto, cuando me revolvieron con agua.

           Huuuum, haaam … huuum, haaaam … y cada vez más me veía mezclado con el agua y la levadura. Al fin se cansaron de estrujarme y me dejaron tendido sobre una mesa. Poco a poco sentí que engordaba … Sí … engordaba! … y de una manera escandalosa! … Yo, que por madre había tenido una esbelta espiga de trigo, tan menuda y delgadita, sentía que engordaba … Ah! la levadura la bendita  levadura! …

          Pasado un rato, volvieron sobre mí. No sé cuántas cosas más me revolvieron; recuerdo la sal, la manteca, el azúcar … Me estrujaron una y otra vez, y muchas veces más hasta convertirme en suave masa. Con negros y filosos cuchillos me hicieron pedacitos… Pero no acabaron allí mis tormentos … poco después me colocaron en un recipiente de hojalata y me metieron al horno.

Después … tiemblo al recordarlo! sentí un calor sofocante, tremendo … Por poco me chamusco. Ya empezaba a tostarme cuando me sacaron. Había aumentado de tamaño; era ya un sabrosos pan dorado. Otra vez dorado como las espigas de trigo maduro!

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