Sangre fría ante las fieras

«l. lectura Alvaro Marin»

     

        _Cuanto tiempo hace que usted trabaja  con leones? le pregunto el director del circo a Boris , Un muchacho de apenas 18 años de edad. 
       _Nunca he trabajado con fieras, respondió él, con franqueza pero deseo hacerlo cuanto antes.
      _Considero esta conversación poco seria, replico el áspero Director, pues en la práctica, nadie puede entrar a una jaula de leones sin previo entrenamiento de años. No peque de de frívolo e ingenuo jovencito! agregó.

    Boris le argumento que comprendía perfectamente su situación pero que estaba resuelto a ensayar, si se le daba una oportunidad.
     _Le repito, insistió el director, que para llegar a ser domador hace falta haber vivido cinco o seis años al lado de los leones, cuidándolos, estudiando sus costumbres y, después de todo, usted mismo no sabe si llegará a ser domador o no.
      _Terminé ya mi carrera de acróbata y no tengo nada más que aprender en ese campo.
     _Lo sé replicó el director del circo frunciendo el clion-721836_1280eño. Pero no es lo mismo dar volantines en el aire que enfrentarse a cinco o mas leones, listos a lanzarse sobre usted y despedazarlo, al primer descuido. Sin embargo, si usted insiste, lo recibiré en calidad de aprendiz, con la promesa de permitirle entrar en la jaula más tarde, si así lo juzgo conveniente.
     Y dándole la mano añadió
   _ El trabajo principia a las nueve
    No otra cosa quería Boris y al día siguiente estuvo no a las nueve si no a las ocho.
     Cuidar los leones era algo que a Boris le gustaba mucho. Le parecían majestuosos e inteligentes y le indignaba que el domador los tratara con crueldad.
     Al principio creyó que todos eran iguales pero, a medida que transcurrieron los meses, empezó a encontrar las diferencias fundamentales. De los cinco. había dos muy listos; uno sencillo y abierto y los otros dos buenos para el trabajo, pero peligrosamente traicioneros.
Boris reflexionó: a cada uno hay que educarlo de acuerdo con las modalidades de su carácter. Después empezó a pensar si él, realmente, tenía las condiciones necesarias para llegar a ser un buen domador, es decir, sangre fría, fuerza de voluntad, paciencia, energía, seguridad y audacia. Y al cabo de un detenido análisis encontró que sí.
Pasado un año, Boris resolvió manifestarle al director que se consideraba capaz de entrar en la jaula, por vía de ensayo. _Muy bien joven pero antes firme este papel.
En ese documento se dejaba constancia de que si algo le pasaba el circo no asumía ninguna responsabilidad. Boris firmó sin decir una palabra.
Se acercaron a la jaula. Los leones rugían furiosos daban grandes saltos y continuamente atacaban los barrotes de acero.
Al llegar el director le dijo:
_Vamos a ver; ¿Desea entrar usted?
_Entraré, contesto Boris
El director levantó el travesaño de hierro y a continuación expresó:
_siga ¡lo esperan!
Boris empujó la puerta y avanzó. No habría caminado tres pasos cuando los leones se lanzaron violentamente sobre él. Boris quedo afuera de un salto.
Al día siguiente, Boris , entre humillado y soberbio, volvió a manifestar sus deseos de enfrentarse a las fieras. Y agregó:
_En esta vez no daré ni un paso atrás.
Palpitándole el corazón abrió la puerta. Los leones se lanzaron sobre él tan agresivos como la primera vez. Boris esperó a pie firme. Llevaba un revólver en la mano derecha y en la izquierda un palo de metro y medio, indispensable para mantener las fieras a prudente distancia del domador.
Vino la lucha. Boris manejaba sus armas con seguridad y rapidez. Los leones arreciaban sus ataques, pero Boris, se defendió admirablemente. Algunas veces les disparaba su revólver con cartuchos de fogueo, directamente a las fauces, pues atacan y rugen simultáneamente. El sabor acre de la pólvora los hace retroceder.
Cuando abandonó la jaula, sudoroso profundamente conmovido y cansado, el director lo felicito y brindó una copa de champaña en su honor. ceremonia que es algo como el grado de domador.
Siguieron las funciones, públicas en las que Boris prácticamente jugaba con los leones, pues logró dominarlos en forma impresionante; los hacia escuchar la radio, mostrar los dientes, se acostaba sobre ellos. Nadie recordaba haber visto algo semejante. Boris adquirió fama internacional.
Pero, como se lo habían advertido desde el principio, un domador nunca puede descuidarse.
Cierto día Boris ensayaba su próxima representación cuando fue súbitamente atacado por dos leones. El primero le echó la garra al brazo donde tenía el palo e inmediatamente el otro cayó sobre él, agarrándole por el hombro derecho. Después de derribarlo empezaron a arrastrarlo hacia la cueva.
Los empleados dispararon sus mangueras de agua fria a los hocicos de los embravecidos animales y lograron salvarlo. Boris fue llevado al hospital, gravemente herido y allá permaneció varios meses.
El intrépido domador recibió una dura lección: no hay que descuidarse ni por un momento!
Sin embargo, dos años después, una tarde, uno de los leones lo atacó. Inmediatamente se lanzó otro, hermano del primero pues actuaban en combinación, según se había podido observar. Boris logró sujetarse las barras de la jaula, pero los leones lo tiraron a tierra. Nadie podía ayudarle desde afuera porque las mangueras estaban descompuestas. Su muerte era cuestión de segundos.
Ocurrió entonces algo increíble: el más fuerte de los leones saltó de su pedestal e interponiéndose entre ellos y Boris repelió a los asaltantes, con feroces manotazos. Y paseándose de un sitio a otro, como quien monta guardia, cubrió la retirada del domador hasta que logró ganar puerta, muy mal herido.
Después de todo, este ejemplar dejó claro algo discutido y dudoso: la nobleza del león

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